Ana estaba cansada. Desde que su hermana Sandra se había ido a no sé qué pueblo perdido, le había tocado hacer sus tareas y las de ella en casa. No era que fueran tantas, porque su madre ya se encargaba de la mayoría, pero los trabajos de clase ya le quitaban bastante tiempo, así que entre una cosa y la otra, se había pasado la última semana y media sin vida social, lo que la ponía de mal humor. Sin embargo, había ideado un plan para el fin de semana.
Al parecer, los de correos no habían conseguido encontrar la dirección de entrega del paquete que le mandaron a Sandra, así que, pensando en ayudar a su pobre hermana sin ropa, tenía planeado pasar dos días en esa mansión con la excusa de llevárselo personalmente. Claro está, si el lento de su amigo aceptaba llevarla.
—¿Por qué se supone que te tengo que hacer de taxista?
Ana rodó los ojos, incapaz de entender cómo alguien podía ser tan inteligente y tan torpe a la vez. Dani estaba estudiando arquitectura, lo que era tremendamente complicado y significaba que el chico tenía algo valioso en la cabeza, pero en momentos como ese no se le notaba para nada. Ana creía firmemente que los estudios complicados les chupaban el cerebro a los alumnos.
—No me vas a hacer de taxista, me vas a acompañar —aclaró, por tercera vez.
—Normalmente —respondió Dani sin dejar de caminar—, “acompañarte” implica llevarte en mi coche a algún lugar, para que hagas algo que tú quieres mientras yo camino detrás de ti.
—Caminas detrás de mí porque vas muy despacio —replicó Ana—. Y siempre terminas divirtiéndote al final —añadió—. De todas formas, no importa. La cuestión es que te ofrezco dos noches y dos días en una auténtica mansión, en un precioso pueblecito costero, con una encantadora playa —terminó, con una sonrisa confiada.
—Estamos en octubre. Y odio la playa. —Dani se detuvo por fin y se giró para ponerse frente a Ana, mirándola con una ceja alzada en sospecha—. Todo esto me huele a trampa. ¿Por qué tendrías tú acceso a una mansión?
—Mi hermana la ha heredado y está pasando unos días allí —respondió Ana con la cabeza en alto y una sonrisa satisfecha—. La ropa que le mandamos fue devuelta, así que si se la llevamos. Seguro que mi amable hermana estará tan agradecida de no tener que pasear desnuda por el pueblo, que no le importará que pasemos el fin de semana.
A pesar de las palabras de Ana, la mirada de Dani no perdió ni un poco de la sospecha con la que la miraba.
—¿Y qué gano yo llevándote a incordiar a tu hermana? —preguntó, escéptico—. Tengo trabajos que hacer, no puedo pasarme el fin de semana jugando contigo.
—¿Lo dices enserio? —preguntó Ana, con cara de espanto—. Sólo tú dirías “no” a dos días en una mansión.
—Como he dicho, ¿qué gano? —insistió Dani.
—¿Te parece poco una aventura de fin de semana conmigo?
—Eso suena más a un castigo que a un incentivo —respondió, volviendo a caminar.
Ana se quedó quieta durante un momento, mirando con la boca abierta a Dani, mientras éste se alejaba de ella, en dirección al aparcamiento de la universidad.
—¿Te has puesto de acuerdo con Sandra? —preguntó—. ¡Vale! ¿Te he comentado que hay una biblioteca en la mansión?
Dani era un friki de los libros. Lo había sido cuando se conocieron a los cinco años y lo seguía siendo a día de hoy, por lo que la posibilidad de rebuscar entre libros viejos siempre le animaba, aunque Ana no podía ni empezar a entender el por qué. Como suponía, la mención de la palabra “biblioteca” hizo que Dani detuviera su caminar y se girara de nuevo hacia ella, dándola tiempo a alcanzarle.
—¿Qué tipo de biblioteca?
—¡Y yo que sé! —exclamó Ana—. Vas a tener que descubrirlo tú —añadió con un deje de burla.
Dani le dirigió una última mirada de desconfianza, pero Ana sabía que le tenía. Ahora, sólo le quedaba avisar a sus padres.
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—¿Y cómo piensas ir hasta allí por tu cuenta?
En cuanto había mencionado su idea, tanto su madre como su padre habían reaccionado con mucho menos entusiasmo del que esperaba, teniendo en cuenta que se estaba ofreciendo a ayudar a su hermana.
—Voy a ir con Dani —respondió Ana—. Y teniendo en cuenta la falta de ropa de Sandra, no esperaba esas reacciones por vuestra parte.
—Tu hermana ya nos ha dicho que tiene una tienda barata cerca, y no es que se vaya a mudar ya, así que puede aguantar sin problema —respondió su padre.
—Ya sabes lo que le cuesta a Sandra relajarse —intervino su madre—. Ahora está divirtiéndose en un sitio precioso y con buena compañía.
—Eso está por ver… —susurró su padre.
—Lo que quiero decir —continuó su madre—, es que tal vez deberíamos dejarla un poco a su aire esta vez.
—Sandra puede seguir divirtiéndose con el señor vecino sexy, Dani y yo nos entretendremos por nuestra cuenta —dijo Ana, tratando de redirigir la conversación—. Además, no vamos a quedarnos ahí, volveremos el domingo.
Su plan funcionó a medias, porque su padre soltó un sonido grave de su garganta, como sabía que haría ante la mención del nuevo amigo de Sandra, pero su madre la miró con ojos conocedores. Con todo lo buena, amable y alegre que era su madre, cualquiera caería en el error de pensar que sería fácilmente engatusada por la labia de su hija menor. Sin embargo, una de las verdades absolutas del universo, era que María Sacristán conocía perfectamente a sus dos hijas, por lo que Ana nunca conseguía liarla en ninguno de sus enredos.
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Editado: 26.01.2026