Ecos

Capítulo 13

—¿Tal vez es un secuestro? —sugirió Dani.

Ana quería llorar, porque ninguna de las explicaciones con las que daban para aclarar esa situación, eran más tranquilizadoras que la situación en sí.

—Pero hemos hablado con ella toda la semana —dijo ella—. Nos lo habría dicho.

—Hay cientos de razones por las que alguien secuestrado puede seguir manteniendo el contacto con sus parientes y amigos, pero sin hablar sobre su situación —razonó Dani—. Déjame ver de nuevo las fotos. —Ana le pasó el móvil y Dani estuvo pasando de un lado a otro de la pantalla durante varios minutos—. Mira.

Lo que le mostró eran las fotos que Sandra había mandado del pueblo. Se veía el paisaje de la costa, la zona del puerto, la playa y la zona de alrededor de un paseo.

—Son zonas muy particulares—dijo Dani—. Vamos a comprobar si este es el pueblo en donde se tomaron estas fotos, tal vez Sandra las mandó a propósito.

En un tenso silencio, los dos volvieron al coche y Dani condujo hacia el casco viejo del pueblo, guiándose por el GPS del móvil. Cuando encontraron una plaza libre dentro de la zona, dejaron el coche y continuaron a pie.

Ana sentía su cabeza embotada. Nunca había dudado al actuar, ni siquiera cuando escogió a qué dedicarse, pero en ese momento se sentía incapaz de hilar dos pensamientos juntos. Miró a Dani, quien caminaba frente a ella, con paso decidido y la vista afilada como la de un águila buscando presas entre la maleza, y se sintió aliviada con su presencia. Sabía que, si hubiera estado sola, aún se encontraría de pie en mitad del monte.

Cuando llegaron al borde de un acantilado, junto al que se encontraba un paseo peatonal, Dani se asomó por el borde y no tardó en llamarla para que se asomara también.

—Mira, es el mismo puerto. —Tanto Dani como Ana miraron el paisaje a su alrededor y no tardaron en notar que era el mismo que el de las fotos—. Sacó las fotos en este pueblo. Salen muchas personas también —dijo después de volver a comprobar la pantalla de móvil—, así que no son de una galería de internet. Tienen que ser auténticas.

—¿Y qué quieres decir con eso? —preguntó Ana.

—El lugar donde está Sandra es muy parecido al sitio en el que hemos estado —respondió Dani—. Demasiado como para pasar desapercibido en un pueblo pequeño, así que vamos a preguntar —terminó, mirando fijamente la línea de bares que había frente al paseo.

—¿Quieres preguntar en un bar?

Ana no estaba segura de que esa fuera una buena idea. ¿Simplemente preguntar si habían notado a una mujer secuestrada?

—Es la forma más rápida de conseguir información. Sólo necesitamos encontrar la casa. —Dani la miró un momento, antes de girarse para plantarse frente a ella y sujetarla firmemente de los hombros, tratando de hacer que se concentrara en él—. Necesitas tranquilizarte, Ana. Si hay alguien allí relacionado con el secuestro y te ven así mientras preguntamos, sabrán que algo va mal y será Sandra quien corra peligro. Tenemos que hacer ver que sólo nos hemos perdido y que no sospechamos nada.

Ana respiró profundamente y retuvo el aire en sus pulmones hasta notar la presión en el pecho cuando no podía más. Después, miró fijamente a Dani antes de asentir. Sabía que tenía razón, debía calmarse. No se movieron hasta que Ana fue capaz de mantener una cara relajada y moverse de la manera despreocupada con la que solía hacerlo. Sólo entonces, cruzaron la carretera.

Ana estaba dirigiéndose al primer bar de la calle, con un tamaño amplio y unos grandes ventanales a través de los que se veía el moderno e iluminado interior lleno de gente, cuando Dani la detuvo.

—Mejor vamos a ese —dijo, caminando hacia un pequeño bar más alejado, con una fachada de piedra y unas ventanas de madera bastante más pequeñas.

—¿Por qué a ese? Casi parece estar vacío.

—Pero es más viejo, lo que significa que los clientes habituales son gente lleva en el pueblo más tiempo. Los mayores son siempre los que tienen más información y los que hablan más —respondió Dani, sin dejar de caminar.

Cuando cruzaron la puerta, se encontraron en el interior de un bar pequeño, con una antigua barra de madera y unas pocas mesas a un lado. Estaba mayormente vacío, salvo por el camarero, que debía de estar en sus cincuenta, y tres hombres mayores que él, que estaban sentados en la barra, uno junto a otro. Todos se giraron a mirarles en cuanto oyeron moverse la puerta, pero enseguida volvieron a sus asuntos. Sólo el camarero se acercó a ellos.

—¿Qué os pongo?

—Un par de cervezas —pidió Dani.

En cuanto se las puso delante, Ana se apresuró a preguntarle.

—Perdona, nos hemos perdido. ¿Sabes dónde está este lugar? —preguntó, mostrándoles al camarero las fotos del jardín.

El hombre las miró un rato, con el ceño fruncido, antes de contestar.

—Esa…, parece la vieja casa de Alfonso ¿no?

—¿A ver?

Para sorpresa de ambos, el resto de hombres parecieron interesados en las fotos y el camarero no tardó en enseñarles las imágenes.

—¿No se parece? —les preguntó.

—Sí que se parece, pero como si estuviera arreglado —respondió el hombre que había preguntado antes.




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