Ana sintió de nuevo cómo su sangre desaparecía de su rostro y, cuando miró a Dani, le encontró tan mortalmente pálido como seguramente se había quedado ella. Sin embargo, tuvo mucho más éxito que ella en recuperarse para poder hablar.
—¿Qué? —preguntó.
—Marcos era del pueblo —explicó el camarero—, siempre iba a pasear a su perro a esa zona…
—Recuerdo a Alfonso rogándole que dejara de hacerlo —comentó el tercer anciano.
—Hasta que un día no volvió —terminó de decir el hombre tras la barra.
—Seguramente se perdió y cayó en algún lugar —comentó el cliente del medio.
—¡¿Y por qué su perro no buscó ayuda?! —preguntó exasperado el hombre enfadado—. Ese perro podría haber guiado a la policía hacia allí, ¿por qué no lo hizo?
Dani ignoró el nuevo intercambio entre los clientes y se dirigió hacia el camarero, mientras Ana se perdía en su propia cabeza.
—¿Entonces está seguro de que no hay otro lugar parecido? ¿Tal vez lo han construido hace poco?
—Imposible —negó el hombre—, nadie de por aquí querría que su jardín se pareciera a ese. Y los edificios que construyen ahora son todo bloques de pisos.
Ana y Dani tomaron unos tragos de las cervezas antes de irse, aunque tuvieron que forzarlas a atravesar el nudo que ambos tenían en sus gargantas.
—¡No vayáis a ese lugar!
El hombre malhumorado del bar les gritó esas palabras de despedida mientras se dirigían a la puerta, pero ninguno respondió nada. Dani fue el único capaz de hacer una mueca de media sonrisa antes de salir a la calle. Una vez fuera, los dos se quedaron de pie en mitad de la calle, sin saber a dónde ir.
—Pues no nos ha servido de nada —comentó Dani.
Ana no estaba de acuerdo, porque lo que esos hombres habían dicho sobre Marcos le había resultado espeluznante.
—¿Qué crees que signifique lo del chico? —preguntó con incertidumbre.
—No lo sé —respondió Dani—, tal vez es una conspiración, pero no tiene sentido —Después de un rato, propuso lo único en lo que pudo pensar—. Tal vez deberíamos ir ya a la policía.
Seguramente era la mejor idea, pero algo dentro de Ana se resistía a ello. Simplemente no creía que la policía fuera a encontrar más que ellos.
—Tengo otra idea —comentó Ana de pronto.
Dani sintió un escalofrío que le recorrió toda su columna. Durante toda su vida, el que Ana pronunciara esas palabras, solía ser siempre el preludio de algún problema.
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—Repíteme por qué estamos haciendo esto.
En lugar de acudir a la policía, como quería Dani, Ana había preferido registrar la verdadera vivienda de Alfonso y, por supuesto, le había convencido de acompañarla. Los hombres del bar habían comentado que Alfonso se había ido a vivir al pueblo y, de hecho, la segunda dirección que aparecía en el testamento era un apartamento en la zona nueva, por lo que el instinto de Ana la había conducido a ese lugar en busca de respuestas. Sin embargo, no tenían las llaves, por lo que en ese momento ambos se encontraban enfrente de la puerta del portal del bloque de pisos, listos para llamar al telefonillo de algún vecino. Ni que decír había que Dani no estaba nada emocionado con la idea.
—Porque te he convencido de que es mejor idea que ir a la policía con lo poco que sabemos —respondió Ana.
—Sí, nunca entenderé cómo lo haces… —musitó Dani.
Con un profundo respiro de valor, Dani pulsó el botón de llamada del primer piso. Los dos esperaron en tensión a que una voz saliese del altavoz, pero se desinflaron por igual cuando, pasado un minuto, nadie contestó.
—Prueba otro —le instó Ana a su amigo.
En el segundo piso tuvo un mejor resultado, ya que una voz masculina sonó casi al instante de apretar el timbre.
—¿Sí?
—¡Hola! —saludó Ana con toda la naturalidad que pudo reunir—. Perdona, me acabo de mudar al edificio, pero me he dejado las llaves del portal en casa.
—No va a colar —susurró Dani, preparándose para terminar el día dando explicaciones a la policía igualmente.
Ana le dio un golpe con el codo para que se callara, mientras respondía a las dudas del vecino.
—¿En el edificio? ¿En qué piso?
—En el sexto B —respondió, antes de añadir—. Soy familiar del antiguo dueño.
Tras un segundo de silencio, el hombre del otro lado del telefonillo simplemente emitió un sonido de entendimiento y les abrió la puerta. Como Ana había esperado, la gente nunca hacía preguntas sobre algo relacionado con la muerte.
—Te lo dije —dijo con orgullo a Dani mientras se adentraban en el portal y caminaban en dirección al ascensor.
—Sí, pero el trabajo de verdad me toca hacerlo a mí —respondió él.
—Tú eres el que sabe hacerlo —respondió ella—, y además eres el que ha traído las herramientas.
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Editado: 26.01.2026