Sandra se despertó con un fuerte dolor de cabeza. Cuando se incorporó del sofá, se dio cuenta de que no recordaba haberse dormido, ni nada de lo que había hecho al llegar a la casa el día anterior. Después de tratar de encontrar algún recuerdo en su memoria, decidió que seguramente se había acostado un rato y se había quedado dormida. Al buscar algo que desayunar en la despensa, vio que la compra estaba guardada, así que dio por confirmada su sospecha.
No vio a Lucía en el jardín, pero salió a desayunar al porche igualmente. No sabía por qué, pero la atmósfera dentro de la casa se sentía más sofocante que antes, por lo que se encontró pensando en cualquier excusa que le hiciera pasar tiempo fuera. Aún no se sentía lo bastante confiada con su tobillo como para caminar por el bosque, así que consideró la idea de bajar al pueblo. Sin embargo, el día anterior ya había estado paseando y no encontraba ninguna razón para volver a bajar tan pronto.
Después de terminar su desayuno, se preparó para volver a entrar, pero cuando giró por la esquina de la casa y vio el pozo al pasar, algo la hizo detenerse. Sandra se quedó mirando fijamente el pozo, con el vago susurro de un recuerdo lejano queriendo asomarse por su mente.
Sin poder evitarlo, sus pies comenzaron a llevarla hacia él con lentitud. Sentía una urgente necesidad de avanzar, pero al mismo tiempo su pulso se aceleraba y sus músculos se tensaban con rechazo, provocando que un nudo se formara en su estómago. Cuando llegó al borde, estuvo a punto de darse la vuelta, pero le pareció una tontería irse estando ya allí, así que luchando contra la rigidez de su propio cuerpo, se asomó por el borde para mirar hacia la oscura profundidad del interior. Sandra trató de enfocar la vista para ver el fondo, con la sensación de que podría haber algo. El pozo debía de ser profundo, porque no era capaz de ver nada, ni siquiera el brillo del agua, si lo había. No obstante, le vino a la mente el recuerdo de estar asomada y que Lucía le dijera algo desde atrás. ¿Qué había sido?
“—No debes acercarte al pozo —repitió Lucía—, es peligroso.
[…]
—¿Por qué dices que es peligroso? —preguntó mientras caminaba.
—Podrías caer —respondió Lucía.”
¿Ese era un recuerdo real o lo estaba inventando? De alguna forma parecía estar ahí, en su mente, pero no recordaba nada relacionado con ello. ¿Por qué se había acercado al pozo esa vez?
Sandra decidió desechar el recuerdo y alejarse del pozo, volviendo a la casa con una persistente sensación de intranquilidad. Por algún motivo, su mente la traicionaba haciéndola imaginar una mirada invisible que la seguía por la espalda, haciendo que apretara el paso y se apresurara a cruzar la puerta de entrada y cerrar tras de sí. Quiso echar la llave a la puerta, pero no estaba puesta en la cerradura ni en el mueble junto a ella. Maldijo nuevamente su constante descuido con las llaves, las que no había dejado de perder en distintas habitaciones de la casa desde el primer día. Sandra decidió quedarse en dentro de la casa ese día.
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—¿Estás bien?
La voz de Marcos la sacó de sus pensamientos y consiguió que alejara la mirada del pozo para dirigirla hacia él.
Durante los días en que había tenido el tobillo inflamado, Marcos había pasado todos los días a visitarla y habían cogido la costumbre de quedarse en el porche mientras Oso correteaba por el jardín. Algunos días, como ese, Lucía se les unía y jugaba con el amigable perro.
—Estoy bien —respondió Sandra—, sólo con la cabeza un poco ida.
—¿Con la cabeza ida? —Marcos le preguntó con confusión—. ¿Te encuentras mal?
—No, no creo —le tranquilizó—. Sólo es como una sensación de que olvido algo.
—Oh —dijo él, entendiendo—, eso es normal. A todo el mundo le pasa a veces. Cuanto menos pienses en ello, antes te vendrá.
—Sí, supongo que sí —dijo, lanzando una última mirada al pozo antes de volver a concentrarse en la niña y el perro que jugaban frente a ellos.
Marcos se dio cuenta de a dónde se había dirigido la mirada de Sandra, y sonrió antes de hablar.
—¿Sabías que Lucía le tiene miedo? —Ante la mirada de confusión de Sandra, aclaró—. Al pozo. Nunca se acerca a él, tiene miedo de caer dentro.
La información le llamó mucho la atención a Sandra, que no pudo ignorar su curiosidad.
—¿Y eso? —preguntó—. ¿Es que alguien se ha caído dentro?
—No que yo sepa—respondió Marcos—, pero a todos nos parece bien que una niña pequeña tenga cuidado con esas cosas, así que no hemos tratado de quitarle el miedo. Además —añadió—, todo el mundo le tiene miedo a algo —comentó con una sonrisa divertida, para después añadir con un tono confidente—. No lo has sabido por mí, pero Rosa, y la mitad del pueblo en realidad, le tiene pánico a esta zona.
Sandra pensó en la mujer lanzada que trabajaba en el bar de la costa, y no pudo relacionarla con la imagen de alguien atemorizada de nada, así que se preguntó por el origen de ese miedo.
—¿Qué les da miedo de este lugar?
—Ni idea —respondió Marcos—. Todos eran asiduos de esta ruta. Rosa paseaba por aquí varias veces a la semana, pero un día dejó de hacerlo y comenzó a decir que el bosque le daba repelús.
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Editado: 26.01.2026