Al día siguiente, se percató de que llevaba un par de días sin hablar con su familia y creyó recordar que, cuando volvía de la tienda, su hermana había intentado llamarla, por lo que decidió llamar a Ana, asimilando que seguramente tendría que aguantar sus quejas por haber tardado tanto.
Sin embargo, cuando extendió el brazo a la mesilla de noche para alcanzar su móvil, descubrió que no estaba.
Sandra se vistió y bajó para preparase el desayuno, deteniéndose primero para revisar su bolso en busca de su teléfono. Al no tener éxito nuevamente, decidió buscarlo por toda la casa. Después de subir y bajar por las tres plantas, terminó encontrándolo en el suelo, bajo el borde del sofá, apagado y con la pantalla rota. Pulsó el botón para encenderlo, pero no hubo resultado.
—Mierda —maldijo.
Frustrada, tiró el móvil al sofá, preguntándose qué hacer. ¿Habría alguna tienda de reparación en el pueblo? Pero incluso si era así, tardaría unos días en estar arreglado y ella necesitaba llamar a Ana. Si había intentado llamarla dos días atrás, y lo había seguido intentando el día anterior sin conseguirlo, debía de estar preocupada. Se sabía el número de la casa de sus padres, así que pensó en llamarles desde el fijo de la casa. Sin embargo, después de buscar, se dio cuenta de que no había teléfono fijo. Sandra volvió a maldecir, preguntándose cómo no se había dado cuenta hasta ahora.
Decidió salir al pueblo a buscar algún sitio de reparación, así que se tomó un café y comió algo rápido antes de salir.
Junto a la puerta principal, se miró un momento en el gran espejo de cuerpo entero que había frente al aparador, para comprobar que no estuviera muy despeinada. Tras colocarse detrás de la oreja un mechón rebelde, comprobó su aspecto general, decidiendo que estaba lo bastante decente para dejarse ver, pero la amplia sonrisa que le mostraba su reflejo le llamó la atención por algún motivo, y se quedó examinándola. Las comisuras de su boca estaban estiradas, mostrando la fila superior de sus dientes. No había nada raro, pero Sandra se quedó mirando porque tenía la sensación de que había algo en la imagen que no estaba bien. Sandra vio cómo el espejo reflejaba el movimiento de su brazo, que estaba llevando su mano hacia su boca, y se alejó rápidamente de él cuando, palpando sus labios, comprobó que ella no estaba sonriendo.
En su rápida retirada, chocó con el aparador de la entrada, haciéndose daño en la cadera y, cuando volvió a mirar al espejo, la imagen sonriente había desaparecido. En su lugar, el reflejo le devolvía su imagen espantada y reclinada sobre el aparador.
Sandra se quedó un momento ahí, con la mano en el pecho, recuperando el aliento y sin perder de vista el espejo. Cuando consiguió tranquilizar su respiración y calmarse, movió los brazos frente a la superficie reflectante y palpó su propia cara para comprobar su expresión, asegurándose de que la imagen era un reflejo exacto de sí misma.
Lo que es lógico, tonta, se reprendió a sí misma.
Sandra salió de la casa y se metió en el coche. Decidió pasar primero por la zona comercial, y después tratar de encontrar algo dentro del pueblo. Se pasó toda la mañana dando vueltas a veinte por hora, intentando ver los carteles de los comercios para no pasar por alto ninguno, pero no tuvo suerte. O no había ningún lugar para reparar aparatos electrónicos, o no lo encontraba. Cuando volvió a la casa, entró sin mirar el espejo de la entrada.
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—¿Me podrías prestar un momento tu móvil?
Marcos la miró sorprendido por su pregunta, pero Sandra no había conseguido pensar en ninguna otra forma de comunicarse con su familia.
—No me importaría —respondió él—, pero no lo tengo encima. Nunca lo llevo cuando paseo con Oso.
—Oh —respondió ella.
En su fuero interno, Sandra maldijo su suerte por la que sería la quinta vez del día.
—¿Para qué lo necesitas? —preguntó Marcos—. ¿Has perdido el tuyo?
—Quería llamar a mi familia, pero se me ha roto el mío—contestó Sandra—. Se me debió de caer el otro día, cuando me quedé dormida en el sofá.
—Vaya, qué mal —dijo Marcos con cara de lástima—. Te va a costar encontrar un lugar para repararlo, en el pueblo no hay.
—Lo he notado, he estado dando vueltas a todo el pueblo esta mañana, buscando. —Sandra caminó unos pasos, antes de que una duda la asaltara—. ¿Cómo es que no lo llevas encima cuando paseas con Oso? ¿Y si pasa algún accidente?
Teniendo en cuenta lo insistente que era Marcos y lo mucho que le preocupaban los accidentes en el bosque, Sandra se sorprendió mucho al saber que no llevaba nunca el móvil encima.
—No me serviría de nada llevarlo, en el bosque no hay cobertura. Si me pasara algo, Oso sería capaz de llevar hasta mí a la primera persona viva que encontrara. —Marcos habló con una sonrisa confiada y una mirada de cariño dirigida hacia el perro que caminaba delante de ellos—. Él es mi salvavidas.
De repente, el afable cánido se quedó inmóvil en el camino. Todo su cuerpo se tensó como la cuerda de un piano y el pelaje de su lomo se erizó a la vez que sus labios se retrajeron, mostrando sus imponentes colmillos con la amenaza de un gruñido, en dirección hacia el bosque a su izquierda.
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Editado: 26.01.2026