Había algo en las sombras.
La lógica y la razón le aseguraban a Sandra que en realidad no había nada y que estaba sola en la casa, pero su cuerpo reaccionaba por sí sólo, advirtiéndola de lo contrario. Cuando miraba hacia la penumbra, sus músculos se ponían completamente rígidos y su corazón comenzaba a latir de manera frenética, como cuando una presa enfrentaba la mirada de un depredador. Y esa era precisamente la imagen que le mandaba su cerebro, la de unos ojos brillantes que la miraban fijamente desde la oscuridad. No tenía ni idea de dónde venía esa imagen, ni de por qué su cerebro se la enviaba, pero Sandra se sentía incapaz de mantenerse tranquila a menos que todo a su alrededor estuviera inundado de luz.
Al principio pensó que durante el día estaría bien, pero luego veía una esquina que escapaba a los rayos de luz que entraban por las ventanas, o la sombra creada por los árboles del jardín, y de nuevo se veía incapaz de relajarse. El pozo le causaba rechazo incluso a pleno mediodía, cuando el sol se encontraba más alto e iluminaba ese pedacito de tierra oculta en una montaña en pleno invierno norteño.
Marcos, Oso y Lucía la mantenían distraída durante sus visitas, pero en cuanto se encontraba sola de nuevo, el vello de sus brazos y nuca se erizaba, y sólo mantenerse rodeada por las robustas paredes de ladrillo, con las luces encendidas, alejaban un poco ese estado de nerviosismo. No se había animado a compartir sus inquietudes con Marcos, segura de que el hombre sólo corroboraría sus propias suposiciones de que estaba perdiendo la cabeza. Había oído que algunas personas eran más sensibles al aislamiento que otras, y desarrollaban cierta paranoia o ansiedad, por lo que sólo podía suponer que ese era su caso.
Si no fuera por esos estúpidos papeles, podría montarse en su coche y volver a casa. Cada vez que jugueteaba con ese pensamiento, la imagen de Marcos se le venía a la mente, haciéndola dudar. Realmente le había cogido cariño y hubiera deseado haber heredado otra casa diferente, una más cerca del pueblo. Tal vez así no tendría estos problemas.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Por la tarde le había propuesto a Marcos pasear en dirección al pueblo, aunque él acababa de venir de ahí, en un intento de que, al estar rodeada de más personas, la ayudara a pasar unas horas tranquila, aunque eso no se lo dijo a él. Fue evidente que la propuesta le tomó por sorpresa, pero el carácter afable de Marcos le hizo aceptar sin hacer preguntas.
Por desgracia, el camino hacia el pueblo estaba igualmente rodeado de las sombras que creaban los árboles y, ya dentro del núcleo urbano, de las que creaban los edificios. Así que a pesar de sus intenciones, Sandra se encontró vigilando a su alrededor tal y como hacía en la casa.
—Te noto nerviosa.
La voz de Marcos la distrajo de la inspección a la que estaba sometiendo a un callejón oscuro que estaba al otro lado de la calle. Apenada y avergonzada, trató de disminuir el aspecto nervioso que mostraba dirigiéndole lo que esperaba que se viera como una sonrisa relajada.
—Perdona, hoy me he levantado un poco inquieta y llevo todo el día dispersa —respondió.
Era obvio que estaba inquieta, dado que Marcos ya lo había notado, así que negarlo habría resultado más sospechoso. En su lugar, decidió minimizar su nerviosismo.
—Ah, ¿por eso querías bajar al pueblo hoy? —le preguntó Marcos—. Es buena idea—dijo—. Siempre que me pasa, el aire fresco de la costa me despeja.
Sandra esperaba que el aire de la costa también la ayudara.
—Por cierto —volvió a decir Marcos—, ¿conseguiste llamar a tu familia? —ante el gesto de negación de Sandra, preguntó—. ¿Quieres probar a preguntar en el bar si alguien te presta un teléfono?
—¿Me lo prestarían? —preguntó con duda.
—Sólo es un momento, no pierdes nada por intentar.
Sandra sintió su ánimo elevarse un poco ante la perspectiva de poder, al menos, avisar a sus padres de que tenía el móvil estropeado. Con una sonrisa más amplia y sincera, se dirigieron hacia el bar de Rosa. Para su sorpresa, todos los clientes que les vieron llegar les saludaron, algunos con un reservado gesto de cabeza y otros con un efusivo clamor, lo que provocó un calorcito agradable en su pecho. Sandra se encontró devolviendo los saludos con alegría, pensando que era agradable estar con gente. Por desgracia, no parecía que fuera a conseguir resolver su problema de comunicación.
—No tengo teléfono fijo en el bar y nunca traigo el móvil al trabajo.
Las palabras de Rosa descolocaron por completo a Sandra, que no podía imaginar a nadie capaz de estar sin ningún tipo de medio de comunicación encima durante todo el día.
—¿Y cómo hablas con tus proveedores? —preguntó Marcos, tan sorprendido como ella.
—Obviamente lo hago desde casa —respondió la mujer tras la barra—. Como no tengo a nadie que me ayude aquí, no puedo dejar desatendida la barra —terminó, con un deje de reproche en la voz.
—Venga, mujer, cálmate —respondió Marcos mientras reía—. Seguro que enseguida engañas a alguien.
Las palabras de Marcos fueron seguidas por un coro de risas de todos los presentes, que le dirigían palabras parecidas una Rosa que les miraba con molestia.
#1709 en Fantasía
#204 en Paranormal
paranormal misterio fantasmas espiritus, fantasia misterio magia, novela ligera misterio fantasía
Editado: 26.01.2026