Sandra tardó unos minutos en calmarse lo suficiente como para dejar de llorar y levantarse del suelo, pero, cuando lo hizo, se notó agotada. Notaba sus extremidades pesadas y sin fuerza, el cuello agarrotado y le dolía la cabeza.
Estuvo unos minutos preguntándose qué hacer. No creía que fuera capaz de comer nada, ya que notaba el estómago cerrado, pero tal vez podría coger uno de los libros de la biblioteca y leer hasta que le diera sueño. Encerrada en el dormitorio principal, tendría una vista despejada de todo el espacio y nada podría alcanzarla desde fuera.
Con esa decisión tomada, se dirigió a la habitación llena de estanterías que se encontraba en el extremo izquierdo de la planta principal, junto a la escalera. El primer día había mirado por encima los muebles en busca de objetos personales, pero no se había detenido a estudiar la colección de libros que había tenido Alfonso. Al parecer, había novelas de aventura y misterio, así como libros de poesía, manuales de diferentes tipos y libros sobre historia, geografía y arte. Sandra se preguntó si Alfonso tenía gustos muy variados, o si estaba contemplando la colección recopilada de toda la familia durante diferentes generaciones. Por el tiempo que algunos volúmenes parecían tener, todo apuntaba a la segunda opción. Sandra decidió llevarse una de las novelas de aventura, de las que parecían menos viejas, y se apresuró a subir las escaleras.
Cerró la puerta del dormitorio tras de sí y, después de comprobar que la del almacén también estuviera cerrada, se dirigió al baño. Decidió darse un baño con la esperanza de que el agua caliente la ayudara a relajarse, pero se veía incapaz de estar tumbada, así que descartó la bañera y se metió en la cabina de ducha. Por desgracia, no pareció funcionar demasiado. Sandra cerró la puerta del baño al salir y se acomodó en la cama para leer.
Desde que no tenía teléfono, a Sandra se le hacía aún más difícil seguir el paso del tiempo, así que no sabía cuánto tiempo pasó leyendo, antes de que un ruido la distrajera. Era como un fino golpeteo contra un cristal, como de una uña o un pico pequeño, así que pensó que tal vez un pájaro estaría picoteando una ventana.
Tras posar el libro en una de las mesitas, se levantó de la cama para mirar a través de los cristales. Afuera estaba oscuro, como cada noche, por lo que se pasó varios minutos tratando de vislumbrar el aleteo de algún animal, pero no vio ni una sola cosa, sin importar a qué ventana se asomara. Ni siquiera podía percibirse el movimiento de las hojas de los árboles o la luz de ninguna estrella. Era como si al otro lado del cristal hubiese una profunda y oscura nada. Con una sensación de turbación naciendo en su pecho, Sandra se alejó de las ventanas y volvió a la cama.
Sólo debió de pasar un instante antes de que se volviera a oír el mismo ruido. Esta vez, se quedó en la cama y prestó atención. Como le había parecido, era un golpeteo, y sonaba en una sucesión de tres golpes cada diez segundos. Sandra sintió un escalofrío por su cuerpo cuando se dio cuenta de que el ruido venía del baño.
Con el sudor comenzando a formarse en su frente, y rápidamente extendiéndose por el resto de su cuerpo junto al escalofrío, se quedó en la cama, tratando de adivinar qué podía ser, con su mente saltando de una teoría a otra.
¿Había dejado algo colgando de la mampara de la ducha, tal vez un pantalón, y un botón estuviera golpeando el cristal? Pero eso no sería posible en un cuarto cerrado. ¿Había dejado la ventana abierta? ¿Habría entrado un pájaro por ella? Los pájaros podían seguir ritmos, ¿no? Creía haberlo leído en algún lugar.
Sandra sabía que debía ir a comprobarlo, pero tuvo que forzar a su cuerpo a que se moviera. Con pasos lentos, y prestando atención a la frecuencia de los golpes, se situó frente a la puerta cerrada del cuarto de baño. Antes de abrir, presionó el interruptor en la pared, viendo por debajo de la madera cómo se encendía un haz de luz al otro lado. Sandra esperó unos segundos, con esperanza de que el golpeteo desapareciera por arte de magia, pero supo que no tendría más opción que abrir la puerta al volver a oír los golpes.
Lentamente, giró el pomo hasta alcanzar el tope y empujó suavemente, vigilando el suelo por si algo salía corriendo. A medida que el iluminado interior fue quedando a la vista, Sandra elevó la mirada, contemplando lentamente toda la superficie y estudiado todos los rincones. Cuando comprobó que no había nada en el interior, no supo si sentirse aliviada o preocuparse más. Si no había nada, ¿qué era el ruido?
Tic, tic, tic.
Sandra dirigió la mirada hacia la ventana del baño cuando el golpeteo volvió a sonar y se acercó para ver mejor por el cristal, pero sin atreverse a abrirla. Seguía sin ver nada.
Tic, tic, tic.
No venía de la ventana.
Lentamente, aguantando la respiración, se giró para encarar el lavabo..., y el espejo que colgaba sobre él.
Sandra sintió que algo la movía hacia el mueble, así que vio cómo sus pasos la llevaban en esa dirección, aunque ella quisiera correr en sentido contrario. Frente al lavabo, miró su propio reflejo y el reflejo del baño. Después contempló los bordes del espejo, pensando que tal vez estaba mal colgado. Con el miedo corriendo libre por sus venas, acercó lentamente la mano al espejo, vigilando en todo momento su reflejo. Cuando los golpes volvieron a sonar desde su interior, se echó hacia atrás con un grito, pero permaneció en el baño, inmóvil y contando.
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Editado: 26.01.2026