Ecos

Capítulo 19

Cuando Sandra volvió a despertar, no se sintió mucho mejor que antes de acostarse. Cuando miró el cielo, se fijó en que la luz estaba baja, así que supuso que estaría a punto de anochecer, y entendió que llevaba durmiendo todo el día.

Con un suspiro cansado, se levantó del sofá y se dirigió a la cocina, pensando que seguramente debería forzarse a comer algo. Cuando pasó por delante de la puerta principal, un golpe en la madera la hizo detenerse de golpe. De pronto, lo sucedido la noche anterior volvió a su memoria, y Sandra se encontró frente a la puerta, incapaz de avanzar e imaginando una figura oscura llamando desde el otro lado. Con la respiración comenzando a acelerársele, pensó que estaba entrando en un ataque de pánico, cuando un ladrido resonó a través de la madera.

—Shhh… calla —susurró una voz masculina—. ¿Sandra? ¿Estás ahí?

Sandra sintió que podría llorar otra vez. Con paso relajado (o más bien sin energía para ir más rápido), cerró la distancia que la separaba de la puerta. Para su sorpresa, las llaves estaban puestas en la cerradura, así que no tardó en girarlas y abrir, tratando por todos los medios de no cruzar miradas con el espejo junto a ella.

Al otro lado del marco, Marcos se veía con una cara avergonzada mientras Oso estaba sentado tranquilamente a su lado.

—Hola, Marcos —saludó Sandra, con voz pesada.

—Hola —respondió él, tímido—. Perdona si te he interrumpido.

Entonces, Sandra se dio cuenta de que llevaba puesta la ropa que usaba para dormir, que se había puesto la noche anterior tras salir de la ducha. Supuso que su pelo y su cara la terminaban de delatar como alguien recién levantado.

—No pasa nada —le aclaró con una sonrisa—, es que no he dormido bien esta noche. —Cayendo en cuenta de la hora, se apresuró a añadir—. No creo que pueda acompañaros hoy.

—No te preocupes, ya estamos volviendo, en realidad. —Marcos volvió a sonreír incómodo y se pasó una mano por la parte trasera del cuello antes de seguir hablando—. Cuando vine antes no estabas, así que quise pasarme a la vuelta para ver si estabas bien. Si habías llegado bien ayer, y eso.

Tal vez se debía a la noche de pesadilla que había pasado, pero Sandra se encontró sintiendo una repentina ola de cariño y alivio hacia el amable hombre que estaba frente a ella, una virtual desconocida, preocupado por su bienestar. Por suerte, pudo conservar la suficiente cabeza para recordarse que, seguramente, abrazarle sería demasiado raro, así que se limitó a mirarle con los ojos más sinceros que era capaz de poner.

—Muchas gracias, Marcos. Llegué bien, no tuve ningún problema.

—Me alegro… —Por un momento, Marcos la miró dubitativo, dudando en si decir algo más—. ¿Estás bien? No tienes buena cara.

—Es que he pasado una noche realmente mala —respondió ella. Tratando de aparentar normalidad—. Me acosté antes un rato y acabo de despertarme, como es evidente —terminó, con un poco de vergüenza por su aspecto. Desde luego, no creía que hubiese mostrado lo mejor de sí misma en ese viaje.

—Entonces te dejamos descansar.

Cuando vio a Marcos darse la vuelta, se percató de que cuando se fuera, estaría sola nuevamente. Apretó con fuerza el pomo de la puerta, conteniéndose de extender el brazo y aferrarse a la manga del hombre, pero no pudo frenar su boca.

—¡Espera! —exclamó en un impulso. Cuando Marcos la miró con la sorpresa escrita en toda la cara, trató de pensar algo deprisa para cubrir su desliz—. ¿Quieres tomar un café…, o algo? —preguntó, perdiendo el valor con cada palabra—. Quiero decir…, para agradecerte por preguntar. Aunque no tengo cafetera, así que sólo tengo café instantáneo. —Sandra siguió hablando, aunque ya no tenía ni idea de qué estaba diciendo—. Aunque igual no te gusta el café.

En lugar de llamarla loca desequilibrada, como era comprensible, Marcos la miró con una amplia sonrisa y respondió con una voz tierna.

—Me encantaría el café.

Normalmente habría sugerido ir al porche, pero Sandra no quería estar en la calle cuando oscureciera del todo, así que les invitó a pasar.

—¿Seguro? —preguntó Marcos, después de que Sandra invitara también a Oso—. Te va a poner el suelo perdido.

—No pasa nada, es azulejo —respondió ella, mientras se adelantaba a la cocina.

—Siempre tuve curiosidad por verla desde dentro —comentó Marcos—. Es…, llamativa.

Sandra se mordió la lengua para evitar decir lo que realmente pensaba de la casa.

—Es demasiado grande para una persona —dijo—. Demasiado vacío. No sé cómo lo hacía Alfonso para vivir aquí él sólo.

—Supongo que por eso nos dejaba merodear por aquí —dijo Marcos.

Sandra puso la tetera en el fuego y esperó hasta que hirviera. En su interior, se preguntaba si sincerarse con Marcos sería una buena idea. La perspectiva de que otra persona supiera lo que pasaba y compartiera sus preocupaciones era como encontrar un oasis en el desierto. Pero, en el fondo, Sandra sospechaba que, si hablaba, él simplemente pensaría que había perdido la cabeza, cosa comprensible, y puede que el poco alivio que conseguía con sus visitas desapareciera, dejándola realmente sola y a merced de las sombras.

Cuando la tetera comenzó a silbar, apagó el fuego y vertió en agua en las tazas para después vaciar en ellas el contenido de los sobres individuales que había comprado en la tienda. Decidió llevar el azucarero entero para que Marcos se sirviese la cantidad que quisiera, y rescató del fondo de la despensa los restos de galletas que le quedaban, rezando porque no se hubieran revenido.




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