Sandra no podía verse en ningún lugar, pero sabía que debía de tener unas bolsas y ojeras monumentales ocupándole la cara, para cuando llegó el amanecer.
Sintiéndose mínimamente a salvo de nuevo, se levantó del suelo con dificultad, notando la queja de todos sus músculos por haber pasado horas en el suelo. A la luz del día, su tobillo parecía haber recuperado la inflamación de la que había conseguido deshacerse tan sólo un par de días atrás. Caminar seguía resultando difícil y sufría una leve cojera, pero al menos su muñeca no parecía haber empeorado.
Sandra recorrió lentamente la casa mientras apagaba las luces, aferrándose con las dos manos a la barandilla de la escalera cuando subía, recordando el incidente de anoche.
Al demonio con la esquizofrenia, había notado claramente un empujón en su espalda, lo que significaba que, sin lugar a dudas, había algo real ahí. Aunque no tenía ni idea de el qué. Debía suponer que había estado allí desde el principio. Tal vez esa imagen, la de unos ojos en la oscuridad, que le seguía llenando la cabeza, era un recuerdo. Tal vez lo hubiese visto antes en algún momento sin darse cuenta. Sandra recordó su repentina intranquilidad con el pozo, y pensó que tal vez lo hubiese visto ahí.
Una vez que llegó al tercer piso, después de apagar las luces, se preparó para darse una ducha y tratar de despejarse para poder pensar un poco.
El comportamiento de esa cosa parecía algo arbitrario. De día parecía limitarse a acecharla desde lejos, en los lugares oscuros. Al parecer residía en la oscuridad, como una sombra, pero eso no le impedía tirar armarios en habitaciones iluminadas o bajar los fusibles, si es que eso era lo que hacía, así que tampoco podía entender el motivo por el que no se mostraba a la luz del día. Tampoco parecía que las puertas cerradas fueran un obstáculo, ya que anoche entró en la casa.
En base al miedo que la embargaba con su recuerdo y a lo ocurrido la noche anterior, parecía querer hacerla algún daño, pero no entendía por qué. Alfonso había vivido años en esa casa, así que Sandra suponía que esa cosa no le atacaba a él, porque no creía que el hombre se hubiera quedado allí de tener que estar constantemente luchando contra un ser sobrenatural. ¿Entonces por qué la atacaba a ella? ¿Y por qué no lo había hecho mientras dormía la primera noche que pasó en la casa? ¿Era eso lo que había confundido con Oso aquel día en el bosque? ¿Tal vez la atacaba porque le había visto? ¿Por eso no atacaba a nadie más?
¿Pero qué pasaba con los espejos?
Sandra le dio vueltas a las mismas preguntas una y otra vez, pero no consiguió ninguna respuesta. Sólo podía suponer que esa noche volvería, y que las horas de luz le darían un poco de tregua, así que decidió dormir unas horas para descansar y poder prepararse para la noche. Asegurándose de que los amplios ventanales estuviesen despejados y de que la luz entrara a raudales, se metió en la cama y cerró los ojos. A pesar de todas sus preocupaciones, no le costó dormirse, como si su cerebro hubiese estado deseando un descanso.
Con todas esas cuestiones pasando por su cabeza, Sandra pasó por alto un pequeño detalle: en ningún momento pensó en subir al coche y marcharse.
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Con la cabeza más despejada, después de unas horas de sueño, y el estómago lleno, Sandra se puso a pensar de nuevo en esa cosa. La información que sabía era escasa en el mejor de los casos, pero en una habitación de la casa había un montón de recuerdos, del anterior habitante, metidos en cajas. La última vez que estuvo ahí dedicó una atención superficial, pero ahora buscaba algo concreto. Con la resolución formada en su mente, Sandra se dirigió al almacén de la tercera planta.
Ignoró las cajas que ya sabía que contenían juguetes, y se centró directamente en revisar de nuevo los álbumes. En esta ocasión, se concentró en todas las fotografías, incluyendo las más antiguas, sacándolas todas de las hojas plastificadas para revisar si había algo escrito en la parte de atrás de cada una. Desgraciadamente, no había nada, salvo alguna anotación sobre el lugar donde se había tomado la foto y los nombres de los presentes.
Pasó las siguientes horas revisando en el resto de cajas que no había abierto la vez anterior. Estaban llenas de figuras decorativas, jarrones y diversos cachivaches, que supuso que serían recuerdos familiares, así como herramientas y distintos repuestos como bombillas y pilas, entre otras cosas. También encontró algunas linternas, que decidió llevarse junto con todas las pilas. Le sorprendió un poco encontrar una caja llena de periódicos viejos, así que leyó detenidamente cada titular en busca de pistas, porque pensó que Alfonso debía de haberlos guardado por algún motivo. Había algunos artículos sobre senderistas desaparecidos, algunos pescadores y, lo que más le perturbó, una niña pequeña, pero no se mencionaba ningún nombre y tampoco se explicaba mucho. Era posible que la cosa del bosque fuera la responsable de las desapariciones, pero no había ninguna anotación ni señal que indicara que Alfonso sospechara lo mismo.
Sandra se desanimó cuando, después de rebuscar por toda la habitación, no encontró nada que le diese la más mínima pista sobre lo que pasaba en la casa. No obstante, no pensaba darse por vencida, porque sabía que en cuanto cayera el sol, la criatura volvería.
Estaba en la biblioteca, revisando los volúmenes en busca de algún cuaderno o anotación, o tal vez un texto, relacionado con la criatura, cuando alguien llamó a la puerta. Al abrir, se encontró con Marcos y Oso, que se habían pasado a buscarla para su paseo diario. Sandra quería aceptar, las ganas de distraerse y despejarse un poco eran tentadoras, pero si estaban ya allí, significaba que le quedaban sólo unas horas de luz para prepararse, y no podía permitirse perder el tiempo. Tuvo que rechazar su invitación con verdadera lástima, pero como era de esperar, Marcos se mostró comprensivo.
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Editado: 26.01.2026