Ecos

Capítulo 22

Lamentablemente, una cosa era querer y estar dispuesto a hacer algo, y otra cosa era ser capaz de hacerlo. Sandra no había encontrado ninguna información útil, así que no sabía a qué se enfrentaba, más de lo que sabía la noche anterior. Sin embargo, eso no la detuvo de hacer todos los preparativos que se le ocurrieron.

La cosa parecía llamar a las puertas sólo para asustarla, porque podía acceder a la casa aunque Sandra no abriera. Por lo tanto, decidió mantener abiertas las puertas de las diferentes habitaciones. Si no la iban a proteger, al menos podría ver desde la distancia lo que pasaba al otro lado. Por otra parte, dejó encendidas las luces y pegó una gruesa capa de cinta adhesiva sobre los interruptores, para impedir que nadie los pulsara. Después, bloqueó la tapa del cuadro eléctrico, colocó pilas nuevas en todas las linternas que había cogido del almacén, y distribuyó algunas por diferentes partes de la casa, por si las necesitaba, manteniendo una con ella en todo momento.

Cuando la otra noche sintió el empujón en su espalda, notó la cantidad de fuerza que la criatura tenía, por lo que bajó todas las persianas de las ventanas para evitar que nada rompiera los cristales hacia el interior.

Esperaba que todo eso la mantuviera a salvo pero, en caso de necesitar correr o moverse con rapidez, se ató un apretado vendaje en el tobillo dañado, para tratar de ayudar a que soportara su peso y no se doblara de mala manera.

Por último, separó el mango del escobón que había en el armario de la limpieza, y que era de sólida madera, y se lo llevó con ella. Cuando vio al sol caer por el horizonte, pensó que estaba todo lo preparada que podía estar.

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Sandra no se había percatado hasta ese momento, pero todos los pájaros e insectos que cantaban durante el día en el jardín, desaparecían completamente por la noche, llenando la casa y los alrededores de un silencio sobrenatural que calaba hasta en los huesos. Por eso, a pesar de lo que iba a enfrentar, Sandra siguió con su rutina de poner vídeos en la televisión. Después de un par de películas, la calma seguía imperturbable y, por un momento, pensó que esa noche podría pasarla tranquila. Hasta que los golpes sonaron.

Como la noche anterior, llamadas a la puerta principal resonaron por la casa. En esa ocasión Sandra no se molestó en decir nada ni en ir al recibidor. Sabía que esa criatura no necesitaba que la abrieran, así que sólo quería asustarla. Sentada en el sofá, no pudo evitar que su cuerpo se tensara y que sus puños apretaran con fuerza el palo de madera que sostenían.

Sentía su pulso comenzar a acelerarse, pero confiaba en que, mientras se mantuviera en un entorno iluminado, estaría a salvo.

Los golpes pronto aumentaron en intensidad, terminando por hacer que la puerta rebotara dentro del marco con cada golpe. Sandra se temió que las bisagras no soportaran la fuerza de los impactos y terminaran cediendo, provocando que la puerta cayera al suelo, pero aguantaron. Y unos minutos después, tal y como la noche anterior, los golpes terminaron.

Sandra soltó un suspiro de alivio cuando todo el ajetreo paró, pero en seguida se volvió a tensar cuando otro sonido llegó a sus oídos, aunque estaba segura de que no podía estar oyendo bien. Sandra pausó la película para poder oír bien, y se sintió palidecer cuando confirmó que, efectivamente, estaba oyendo una risa infantil.

Con la incredulidad recorriendo sus venas, Sandra se levantó del sofá y trató de situar el origen de la risa. Sonaba en el jardín delantero. ¿Qué hacía un niño allí? ¿Podría ser otro truco de la criatura? Pero hasta el momento nunca había hecho ningún ruido. Tomando una decisión, se dirigió hacia la ventana del salón que daba al jardín delantero, levantando la persiana sólo lo suficiente para poder ver. Las noches anteriores no había sido capaz de ver absolutamente nada en la oscuridad, así que era muy probable que esa noche ocurriera lo mismo, pero tenía que salir de dudas. Aunque el sentido común le decía que era imposible que hubiera ningún niño a esas horas, su conciencia no le permitía ignorar la posibilidad de que así fuera.

Cuando asomó sus ojos por el espacio que había dejado, se encontró con la sorpresa de que, en el exterior, había una clara luz de luna que iluminaba el jardín con un suave resplandor plateado. Sandra abrió los ojos, pasmada por lo que estaba viendo frente a ella. Corriendo entre las flores, Lucía se reía mientras jugaba en el paisaje nocturno, con la luz iluminando sus mejillas. Algo captó la atención de la niña, que comenzó a caminar en dirección al pozo.

—No —susurró Sandra, prácticamente muda por el pánico.

¿Qué hacía Lucía allí? La niña vestía con un conjunto que nunca le había visto, y que le recordaba un poco a la ropa que se llevaba unos cuarenta años atrás. Inconsciente de que la estaba viendo, Lucía se acercó al muro de piedra del pozo y se asomó por el borde. Repentinamente, el cuerpo de la pequeña desapareció en una brusca caída por encima del muro, hacia el fondo.

—¡No! —Sandra gritó consternada y se apresuró a abrir la puerta.

No se paró a pensar. La posibilidad de que Lucía realmente acabara de caerse al pozo la llenaba de desesperación y hacía que su cuerpo se moviera por puro instinto.

Antes de cruzar el umbral encendió la linterna, y después salió corriendo en dirección al jardín, rezando porque la niña hubiese podido sujetarse a algo antes de caer al vacío. Sin embargo, cuando Sandra llegó al lugar y se asomó, no encontró ni rastro de Lucía, sólo una profunda oscuridad.




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