Ecos

Capítulo 23

Le ardía la garganta. Los desgarradores gritos que emitía le estaban raspando las paredes de músculo.

Le dolía el cuerpo. Todo. Mientras se sacudía desesperada, el dolor del brazo y de la pierna se habían trasladado al resto del cuerpo por los bruscos movimientos.

No veía nada. Entre la oscuridad a su alrededor y las lágrimas que le nublaban la vista, no podía distinguir en dónde estaba ni contra qué estaba luchando.

No oía nada. Nada salvo sus propios gritos, que rebotaban en las paredes, inundando los alrededores.

—¡Sandra! ¡Para!

El grito que se hizo oír por encima de los suyos, llevaba consigo una voz que conocía bien. Inmóvil por la sorpresa, Sandra detuvo sus gritos y se tranquilizó lo suficiente para poder reconocer a su hermana Ana junto a ella, conteniéndola con sus propios brazos mientras ambas estaban tiradas en el suelo.

—¿Ana? —preguntó, sin creerse lo que veían sus ojos.

Antes de que su hermana contestara, resonó un fuerte ruido de cristales rompiéndose. Frente a ambas, el amigo de toda la vida de su hermana, Daniel, hacía añicos un espejo de tamaño mediano que había reposado contra el muro, ayudándose de una barra de metal. No paró de golpear hasta que no quedó un solo fragmento de cristal más grande que una uña.

—Tenemos que irnos de aquí —declaró el chico—. Ahora, Ana. No podemos esperar.

—Lo siento hermana —dijo Ana—, no tenemos tiempo para explicaciones.

Levantándola entre los dos, la arrastraron a través de una destartalada puerta de madera, hacia la calle, y la subieron a la parte trasera del coche de Daniel.

Sandra estaba demasiado aturdida para poder entender lo que pasaba. Se dio cuenta, mientras Daniel conducía el coche, de que habían estado en el interior de una ruinosa casa de tres plantas, en medio de un bosque. Cuando atravesaron la puerta de la verja de entrada, Sandra reconoció el diseño y sólo pudo mirar con incredulidad hacia atrás, por la ventana del maletero, hacia la casa en la que había estado viviendo las últimas semanas.

—Tranquila, hermana —oyó decir a Ana, con una voz suave—, ya estás a salvo.

Sandra volvió a llorar.

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No habían hablado durante el trayecto en coche. Sandra sólo había sido capaz de llorar en los brazos de Ana, quien se dedicó a sostenerla contra ella, anclándola a la realidad y dándole consuelo. Por su parte, Daniel se limitó a conducir.

Cuando Sandra les pudo hablar de lo mucho que le dolían la pierna y el hombro, y ante el desastroso aspecto que tenía, los dos temieron que tuviera algo roto o dislocado, así que se dirigieron al hospital más cercano para que la atendieran en urgencias. Debía de tener realmente una pinta horrible, porque el personal la hizo pasar adentro en cuanto la vieron.

Sandra agradeció haber acordado una historia en el coche, porque se sintió tan abrumada por todas las atenciones y las constantes preguntas que, de no haberlo preparado, se le habría escapado la verdad y habría terminado ingresada de manera forzosa en el ala de psiquiatría. Resultó que no tenía nada roto, pero su hombro sí se había dislocado y tenía un esguince bastante feo en el tobillo. Unas horas después de haber entrado, Sandra salió del hospital con un cabestrillo en el brazo, una bota ortopédica y una receta de calmantes.

Estaba amaneciendo cuando la llevaron de vuelta al pueblo y la ayudaron a entrar a un apartamento de la zona nueva. Era un apartamento pequeño, de un único dormitorio, abarrotado y con un montón de cosas por el suelo.

—Voy a hacernos algo para tomar —dijo Daniel mientras se adentraba en la pequeña cocina—, desde luego yo lo necesito.

—Deja que te ayude —le dijo Ana, apartando las cosas del suelo para dejarle a Sandra el paso libre hacia el sofá.

—Gracias —respondió Sandra—. ¿Por qué estáis aquí? ¿Qué ha pasado?

—Esperábamos que tú nos explicaras eso último —contestó Daniel, volviendo con tres tazas de té caliente y una bolsa de magdalenas—. Aunque no te apetezca, come. El azúcar te vendrá bien.

Sandra le hizo caso, mientras su hermana comenzaba a hablar.

—Vinimos aquí el viernes pasado, cuando te llamé, para traerte la ropa que habían devuelto. Quería darte una sorpresa. —Sandra pensó que, seguramente, Ana había esperado pasar el fin de semana en la mansión, y habiéndose presentado por sorpresa, Sandra no habría podido echarla—. Cuando llegamos, vimos el estado de esa casa, así que te llamé para saber dónde estabas, pero soltaste un grito horrible y no pude volver a contactarme contigo.

Sandra recordaba la llamada, más o menos. Recordaba haber llegado a casa con la compra y haber oído el móvil sonando, pero no sabía qué había pasado después ni de qué grito hablaba su hermana. En su mente estaba el recuerdo de esos ojos en la oscuridad, pero no conseguía discernir si ese recuerdo era de lo que vio en el pozo, o de otro lugar. De alguna manera, su memoria se llenaba de la misma visión cada vez que trataba de recordar.

—No recuerdo qué pasó esa noche —dijo finalmente a su hermana—. Me desperté al día siguiente y mi móvil estaba roto.




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