Sandra se tomó un par de días asimilando lo que había leído. Se quedó en el piso de Alfonso, revisando los restos que había dejado tras su muerte, tratando de comprender a un hombre al que sólo había visto una vez y al que nunca había conocido. Sandra se preguntó si alguien lo habría hecho alguna vez, y sintió cierta simpatía por él, porque en ese momento tampoco estaba segura de conocerse a sí misma. Se sentía deshecha, como si acabara de notar que el puzle que había sido su vida, y que siempre había pensado que estaba completo, tuviera las piezas mal colocadas. Ahora se veía en la necesidad de sacarlas y colocarlas en sus lugares correctos, sin saber si quiera la imagen que debían formar.
Durante esos dos días, Ana y Daniel se habían quedado con ella, haciéndola compañía, ayudándola y animándola. Y ayudándola a decidir qué hacer con las dos propiedades.
—Tu plan inicial era vender, deberías seguir con él —comentó Ana.
Los tres estaban sentados en el sofá, viendo la tele y comiendo unas palomitas.
—¿Ahora estás de acuerdo? —preguntó Sandra sin desviar la vista de la pantalla y llevándose un puñado de palomitas a la boca—. Recuerdo vívidamente todas las quejas que tenías de ese plan.
—Eso era antes —respondió la hermana pequeña—. Nadie quiere quedarse en una casa con fantasmas.
—¿Y vais a dejar un aviso en la puerta para los nuevos propietarios? —intervino Daniel—. Para que las luces parpadeantes no les pillen por sorpresa.
La mención sobre las luces le trajo a Sandra recuerdos que se esforzó por mantener a raya, pero lo dicho por Daniel realmente la preocupaba.
Sandra no quería quedarse con las dos viviendas y tener que pagar los impuestos asociados durante toda la vida (tampoco estaba segura de que pudiera afrontarlo), pero no se sentía bien arrojando a otra persona a las garras de la cosa que ya vivía allí.
—Bueno —dijo Ana vacilante—, podemos dejar una nota, pero seguramente no van a creerlo.
—No voy a vender el terreno —declaró Sandra—. Al menos a un particular.
¿Era posible que, si se demolía la casa, la amenaza desapareciera? Para eso tendría que vender el terreno a alguna empresa o algo así pero, ¿cómo se podría evitar que la gente cayera por accidente en ese otro mundo?
Sólo ahora se le ocurría pensar en cómo la habían sacado a ella.
—Por cierto, ¿cómo se os ocurrió usar los espejos para rescatarme? —preguntó de repente.
—Eso fue idea de Dani —respondió su hermana.
—Lo ponía en el diario, que ese mundo vivía en los reflejos. También hay algunos folklores que hablan del “mundo espejo”, así que se me ocurrió intentar —explicó Daniel—. Cuando colocamos uno dentro de la casa, pudimos verte a ratos, pero tú a nosotros no.
—Eres una distraída —replicó su hermana—, me pasé días tratando de llamar tu atención para que te acercaras a algún espejo y poder agarrarte. Incluso me pasé noches dando golpecitos.
—Oí los golpes. —Sandra recordó el miedo que sintió por las cosas que había visto en los espejos—. Sólo a un perturbado se le ocurriría que verme a mí misma arrancándome la piel de la cara con un peine, me haría acercarme.
—¡Ey, eso no lo hice yo! —respondió Ana.
—Puede que esa cosa supiera lo que intentábamos —sugirió Daniel—, y quisiera que te alejaras de los espejos.
Con lo que había tenido éxito. Esa criatura, fuera lo que fuera, era bastante inteligente y astuta. Capaz de crear trampas y estrategias, lo que hacía aún más peligroso el que alguien se viera atrapado en ese mundo.
—¿Habría alguna manera de impedir el paso de la gente? —se preguntó Sandra en voz alta.
—Creo que para eso tendría que declararse una zona protegida, o algo así —dijo Daniel.
—¿Pero eso no lo tendría que hacer el ayuntamiento? —preguntó Ana.
—¿Se podría donar el terreno al ayuntamiento bajo la condición de que nadie pase por allí? —se le ocurrió a Sandra.
—No sé si eso se pueda hacer —respondió Daniel—. Deberías consultarlo con ese abogado cuando termine con el papeleo.
Sería lo mejor. Teniendo en cuenta que había gastado sus vacaciones anuales en esa espantosa aventura, podría directamente pedirle que se encargara de manejar la venta del piso y lo que fuera a hacer con la casa.
-----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
—Oye, acabo de pensar —dijo Ana de pronto, mientras los tres estaban cenando en la cocina—, ¿quién era ese supuesto ayudante? ¿Y cómo pudo llamarte al teléfono de casa?
Tano Sandra como Daniel se quedaron en silencio unos minutos.
—¿De verdad no te lo habías preguntado hasta ahora? —preguntó Daniel, con una mueca nada impresionada dirigida a Ana.
—¿Ya lo habías pensado? —preguntó Ana a su amigo, con tono sorprendido.
—Obviamente —respondió él—. Sandra estuvo hablando con vosotros con regularidad al principio, así que no es de extrañar que algo de allí también pudiera hacer llamadas—explicó—. Sin embargo, cómo consiguió el número, o si era uno de esos fantasmas, o esa criatura disfrazada, no lo sé.
#1709 en Fantasía
#204 en Paranormal
paranormal misterio fantasmas espiritus, fantasia misterio magia, novela ligera misterio fantasía
Editado: 26.01.2026