Ecos

1. Lo que nadie ve

El silencio de la mañana no era realmente silencio.

Lía Verne lo sabía desde pequeña.

Mientras otros escuchaban el viento, los autos a lo lejos o el murmullo de la gente, ella percibía algo más. Algo que no tenía forma exacta, pero que estaba ahí… flotando entre los espacios, escondido en los rincones donde nadie miraba.

Recuerdos.

No eran suyos.

Lía caminaba por la acera, con la mochila colgando de un hombro, sin prisa. El cielo estaba gris, como si el día no terminara de decidir si quería empezar o no. A su alrededor, la gente pasaba sin notar nada extraño.

Pero ella sí.

Siempre sí.

Al girar en la esquina de siempre, lo vio.

Un destello tenue, casi invisible, suspendido junto a la pared de una casa vieja. No era la primera vez que aparecía algo así, pero había algo distinto en ese.

Se detuvo.

No debería acercarse.

Nunca debía hacerlo.

Aun así, dio un paso.

Luego otro.

El aire se sentía más pesado mientras se aproximaba, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración. Extendió la mano lentamente, dudando apenas un segundo antes de tocarlo.

Y entonces—

Una risa.

No la suya.

La de un niño.

El sonido llenó su mente de golpe, acompañado de una imagen fugaz: un patio, luz dorada, alguien corriendo… felicidad pura, tan intensa que dolía.

Lía retiró la mano de inmediato.

El destello desapareció.

El ruido del mundo regresó de golpe: un auto pasando, una puerta cerrándose, voces lejanas.

Respiró hondo.

—Otra vez… —murmuró para sí misma.

No importaba cuánto intentara ignorarlo, siempre volvía a pasar. Esos fragmentos, esos momentos… aparecían sin aviso, como si el mundo estuviera roto en pedazos invisibles.

Y solo ella pudiera ver las grietas.

Siguió caminando, esta vez un poco más rápido.

No quería pensar en eso.

No quería recordar lo que su abuela le había dicho años atrás, en voz baja, como si temiera que alguien más escuchara:

"No todo lo que ves pertenece a este tiempo."

Lía apretó los labios.

No tenía sentido.

Nada de eso lo tenía.

Al llegar a la escuela, el ambiente era el de siempre: ruido, risas, conversaciones sin importancia. Todo tan normal que resultaba casi absurdo comparado con lo que acababa de pasar.

Entró al salón y se dejó caer en su asiento.

—Llegas temprano otra vez —dijo una voz a su lado.

Lía giró ligeramente la cabeza. Era Mara, su compañera de siempre, con una sonrisa tranquila que parecía no cambiar nunca.

—No tenía nada mejor que hacer —respondió Lía, encogiéndose de hombros.

—Claro… —Mara la observó un segundo más de lo normal—. ¿Otra vez viste algo, verdad?

Lía se tensó.

—No sé de qué hablas.

Mara no insistió, pero su mirada lo decía todo.

Lía apartó la vista.

A veces deseaba poder decirlo en voz alta, explicar lo que pasaba, que alguien más lo entendiera. Pero cada vez que lo intentaba, las palabras se sentían… insuficientes. Ridículas, incluso.

¿Cómo explicas algo que ni tú comprendes?

La clase comenzó, pero Lía apenas prestó atención. Su mente seguía atrapada en ese momento de la mañana.

Había sido diferente.

Más claro.

Más… real.

Como si no fuera solo un recuerdo cualquiera.

Como si alguien—

Se detuvo.

Un escalofrío recorrió su espalda.

Giró la cabeza lentamente hacia la ventana.

Y lo vio.

Al otro lado del patio, entre la multitud de estudiantes, había alguien mirándola directamente.

Un chico.

No estaba haciendo nada, no hablaba con nadie. Solo estaba ahí, quieto, como si todo a su alrededor no importara.

Sus ojos no se apartaban de ella.

Lía sintió que el aire se volvía pesado otra vez.

Diferente a los Ecos.

Más… presente.

Parpadeó.

Y él ya no estaba.




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