Ecos

2. El que observa

El resto de la clase pasó sin que Lía pudiera concentrarse.

El profesor hablaba, las hojas se movían, alguien reía al fondo… pero todo sonaba lejano, como si estuviera ocurriendo detrás de una pared invisible.

Su mirada volvía una y otra vez hacia la ventana.

El lugar donde lo había visto.

Vacío.

Normal.

Como si nada hubiera pasado.

—Lía.

Parpadeó.

—¿Sí?

El profesor la observaba desde el frente del salón, con una ceja ligeramente levantada.

—¿Podrías repetir lo que acabo de explicar?

Silencio.

Lía abrió la boca, pero ninguna respuesta salió. Algunas risas suaves se escucharon alrededor.

—No —admitió finalmente.

—Entonces presta atención —dijo él, sin dureza, pero firme.

Lía asintió, bajando la mirada hacia su cuaderno.

Pero no escribió nada.

Porque sabía lo que había visto.

Y no había sido como los Ecos.

No había sensación de pasado.
No había fragmentos ni emociones ajenas.

Ese chico… estaba ahí.

Presente.

Real.

El timbre sonó más fuerte de lo habitual.

O tal vez solo lo sintió así.

Los estudiantes comenzaron a levantarse, arrastrando sillas, hablando entre ellos. Lía se tomó un segundo más antes de moverse, como si levantarse demasiado rápido pudiera romper algo invisible.

—Sigues rara —dijo Mara, cruzándose de brazos frente a su pupitre.

—Siempre estoy rara.

—No así.

Lía suspiró.

—Vi algo en la mañana.

Mara no se sorprendió.

—¿Otro de esos… recuerdos?

Lía dudó.

—Sí… pero no.

Mara frunció el ceño.

—Eso no ayuda mucho.

—Se sentía diferente —explicó Lía, bajando la voz—. Más fuerte. Y luego…

Se detuvo.

—¿Luego qué?

Lía miró hacia la ventana otra vez.

—Alguien me estaba viendo.

Mara giró ligeramente la cabeza, como si esperara encontrarlo ahí.

—¿Quién?

—No lo sé.

—¿De la escuela?

—No creo.

Mara la observó con más atención ahora.

—Lía… eso sí suena raro.

—Lo sé.

Y lo peor era que no podía explicarlo mejor.

No había forma de describir esa sensación. No era miedo exactamente… pero tampoco era normal.

Era como si algo hubiera cambiado.

Como si una línea invisible se hubiera movido.

Decidió salir al patio.

Necesitaba aire.

El cielo seguía gris, igual que en la mañana. Todo parecía suspendido en una calma extraña, como si el día estuviera esperando algo.

O a alguien.

Lía caminó sin rumbo claro, evitando grupos de personas, buscando un lugar más tranquilo.

Fue entonces cuando lo sintió.

Ese mismo peso en el aire.

Se detuvo.

No había ningún destello esta vez. Ningún Eco flotando cerca.

Pero la sensación estaba ahí.

Giró lentamente.

Nada.

Un par de estudiantes hablando. Alguien corriendo. Todo normal.

Aun así, su cuerpo no se relajó.

—No estás imaginando cosas.

La voz llegó desde atrás.

Grave. Tranquila.

Demasiado cerca.

Lía se dio la vuelta de golpe.

Era él.

El chico de la ventana.

Más cerca de lo que esperaba.

Mucho más.

Por un segundo, ninguno de los dos dijo nada.

Lía lo observó con atención: cabello oscuro, expresión seria, ojos que parecían analizar cada detalle como si nada se le escapara.

—Tú… —empezó ella, sin saber exactamente qué decir.

—Me viste —dijo él, como si confirmara algo importante.

No era una pregunta.

Lía frunció el ceño.

—¿Quién eres?

El chico ignoró la pregunta.

Su mirada se desvió ligeramente, como si estuviera evaluando el entorno.

—No deberías tocar los Ecos.

El corazón de Lía dio un salto.

—¿Qué dijiste?

Él volvió a mirarla.

—No es seguro.

—¿Cómo sabes eso?

Silencio.

—¿Quién eres? —repitió Lía, esta vez con más firmeza.

El chico la sostuvo la mirada un momento más.

Luego dijo, simplemente:

—Alguien que sabe lo que te va a pasar.

El aire pareció volverse más frío.

—¿Qué…?

Pero antes de que pudiera terminar, él dio un paso atrás.

—Deja de acercarte a ellos —continuó—. Si sigues, no vas a poder regresar.

—¿Regresar a dónde?

No respondió.

En cambio, la observó por última vez, con una expresión que Lía no supo interpretar.

¿Advertencia?

¿Preocupación?

¿Miedo?

Y entonces—

Se fue.

No corrió.

No se escondió.

Simplemente caminó entre la gente… y desapareció.

Como si nunca hubiera estado ahí.

Lía se quedó inmóvil.

El ruido del patio volvió poco a poco, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo.

Pero algo ya no encajaba.

Porque ahora sabía una cosa con certeza:

No era la única.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.