Los días siguientes fueron extraños para Lía.
La escuela, sus amigos, la biblioteca… todo parecía igual, pero nada lo era. Cada sonido, cada gesto, cada rincón del lugar parecía resonar con algo que ella no podía ver, pero sí sentir.
Incluso al caminar por los pasillos, sentía que algo la seguía, como si el segundo Eco que había tocado aún flotara a su alrededor. No podía verlo, pero podía sentir su presencia, ligera y persistente, como un susurro que nadie más escuchaba.
—Lía… ¿te pasa algo? —preguntó Mara durante la clase de matemáticas, mientras pasaban hojas y lápices.
—Nada —respondió, aunque Mara notó su tono extraño. No insistió.
Al llegar a casa, se dio cuenta de que incluso en su habitación algo había cambiado. Los objetos parecían un poco fuera de lugar, aunque no podía señalar cuál exactamente. Su cuaderno, su lápiz, incluso la lámpara de su escritorio… todos parecían ligeramente diferentes.
Intentó ignorarlo, pensando que tal vez solo era su mente jugándole trucos después de tocar los Ecos.
Pero no era eso.
Mientras repasaba sus apuntes, un pequeño resplandor apareció frente a su ventana. No era tan intenso como el Eco del parque, pero lo suficiente para llamar su atención.
—¿Otra vez tú? —murmuró, levantándose lentamente.
El resplandor parecía moverse, flotando entre la luz de la calle y las sombras de su cuarto. Lía sintió que su respiración se aceleraba. No podía tocarlo todavía, no estaba lista… pero algo dentro de ella quería acercarse.
Se quedó observando, paralizada, hasta que el resplandor desapareció de golpe.
El corazón le dio un salto.
—Esto… me está siguiendo —susurró, con un hilo de voz.
Esa noche, en la cena, apenas comió. Cada vez que cerraba los ojos, veía fragmentos de aquel Eco: luces temblorosas, imágenes fugaces, voces que no reconocía.
Sabía que debía ser cuidadosa. Kael le había advertido, y los libros también. Pero ignorar algo que llamaba su atención era imposible.
Al acostarse, miró por la ventana de su habitación. La calle estaba tranquila, silenciosa.
Y aun así, Lía sintió que alguien, o algo, la observaba desde la sombra.
Algo dentro de ella le decía que los Ecos no eran simples fragmentos de recuerdos… eran piezas que podían alterar la realidad, y que su vida cotidiana ya empezaba a cambiar sin que ella lo comprendiera del todo.
Y mientras cerraba los ojos para dormir, no podía evitar preguntarse:
—¿Qué más va a cambiar mañana?