A la mañana siguiente, Lía se despertó con una sensación extraña. No era solo cansancio; era como si algo en el aire la empujara a moverse con cuidado, a mirar a su alrededor más de lo habitual.
Se vistió lentamente y bajó a desayunar. La casa estaba silenciosa, demasiado silenciosa. Ni siquiera los pequeños ruidos de siempre: la tetera silbando, el agua corriendo, el reloj marcando segundos. Todo parecía… apagado.
Al salir, notó algo que le heló la sangre: una hoja, moviéndose sola frente a su puerta, girando en círculos como un pequeño remolino.
—No… otra vez —susurró, con la voz temblando.
Caminó hacia el parque, sintiendo que algo estaba a punto de pasar. Su corazón latía rápido, y sus manos sudaban. Cada paso era pesado, como si el suelo mismo intentara detenerla.
Cuando llegó, vio algo que la hizo detenerse de golpe. Frente a ella, flotando entre las ramas de un árbol bajo, estaba el tercer Eco.
Más intenso que los dos anteriores. Su luz brillaba y parpadeaba, reflejando fragmentos que parecían vivos: rostros, manos, risas, gritos, lágrimas… imágenes que se mezclaban y cambiaban cada segundo.
—Esto… no es normal —murmuró, temblando.
Se acercó lentamente. Quería tocarlo, entenderlo… pero un miedo profundo la detuvo.
Y entonces lo sintió: un tirón en su interior, como si algo la llamara desde dentro del Eco, atrayéndola con fuerza. Su corazón se aceleró, y por un instante, el mundo a su alrededor pareció desvanecerse.
No podía mirar a ningún lado, no podía moverse… solo mirar el Eco.
De repente, una voz detrás de ella dijo, firme:
—¡Lía, detente!
Giró con rapidez y vio a Kael. Sus ojos brillaban con una mezcla de preocupación y advertencia.
—Te dije que no intentaras controlarlos —dijo, acercándose—. Este es diferente. No puedes tocarlo sola.
Lía tragó saliva. —¿Por qué… por qué es diferente?
Kael miró el Eco, su expresión tensa. —Porque este Eco puede afectar más que recuerdos. Puede afectar el presente… si te acercas demasiado.
Un estremecimiento recorrió a Lía. No podía apartar la mirada del resplandor. Cada fragmento parecía querer salir, mezclarse con la realidad, tocarla de alguna manera que ella no entendía.
—Entonces… ¿qué hago? —susurró, casi sin voz.
Kael dio un paso adelante, extendiendo la mano. —No lo toques. Solo obsérvalo. Y recuerda: nunca intentes controlarlo. Solo entiende lo que es.
Lía asintió lentamente. Su respiración todavía era rápida, pero logró alejarse un poco. Por primera vez, sintió que había un límite que debía respetar.
El tercer Eco continuó parpadeando entre las ramas, brillante y vivo, como si supiera que estaba siendo observado.
Kael se quedó un momento más, vigilante, antes de desaparecer entre las sombras de los árboles.
Lía permaneció allí, con el corazón latiendo con fuerza. Sabía algo con certeza: tocar este Eco no sería como los anteriores. Y que los fragmentos que empezaba a descubrir no solo estaban en los recuerdos… estaban entrando en su mundo.