Lía no notó el cambio de inmediato.
No fue algo evidente, como un objeto moviéndose frente a sus ojos o una voz que surgiera de la nada. Fue… más sutil. Más silencioso.
Más peligroso.
Esa mañana despertó con la sensación de que algo no estaba bien. No podía explicarlo. Era como si su cuerpo supiera algo que su mente aún no alcanzaba a entender.
Se sentó en la cama, mirando su habitación.
Todo parecía normal.
La ventana.
El escritorio.
La mochila en la silla.
Todo en su lugar.
O eso pensó.
Se levantó lentamente y caminó hacia el escritorio. Su cuaderno estaba abierto… pero no recordaba haberlo dejado así.
Frunció el ceño.
—Yo lo cerré… —murmuró.
Lo recordaba perfectamente. La noche anterior, después de intentar estudiar sin éxito, lo había cerrado con frustración.
Pero ahora estaba abierto, justo en una página en blanco.
Se quedó inmóvil unos segundos.
Podía ser un error.
Podía.
Pero no lo sentía así.
Lo cerró con cuidado, como si al hacerlo pudiera “arreglar” lo que fuera que estaba pasando.
Pero la sensación no desapareció.
Durante el desayuno, el silencio de la casa era más pesado de lo normal.
El reloj en la pared seguía marcando el tiempo.
Tic.
Tac.
Tic.
Tac.
Pero ahora… sonaba más lento.
O tal vez era su percepción.
Lía lo observó fijamente.
Por un segundo, juraría que la aguja se detuvo.
Solo un segundo.
Luego continuó.
—Estoy imaginando cosas… —susurró.
Pero no estaba convencida.
Camino a la escuela, todo parecía igual.
La misma gente.
Los mismos sonidos.
El mismo cielo gris.
Pero algo estaba… desfasado.
Un hombre pasó junto a ella… y por un instante, Lía sintió que ya lo había visto hacer exactamente ese mismo movimiento segundos antes.
Se detuvo.
Miró hacia atrás.
El hombre siguió caminando como si nada.
—No… —negó con la cabeza.
No podía ser.
En el salón de clases, la sensación empeoró.
Intentó concentrarse, pero algo en el ambiente se sentía… quebrado.
No roto.
No todavía.
Pero sí agrietado.
Como si la realidad tuviera pequeñas fallas invisibles.
Entonces lo notó.
Su lápiz.
No estaba donde lo había dejado.
Lo había puesto a la derecha de su cuaderno.
Ahora estaba a la izquierda.
Lía lo miró fijamente.
No lo tocó.
No se movió.
—¿Lo moví yo…? —pensó.
Pero no recordaba haberlo hecho.
Y eso era lo peor.
—Lía.
La voz de Mara la sacó de sus pensamientos.
—¿Sí?
—Te ves pálida.
Lía dudó.
—¿Alguna vez has sentido que… algo no encaja? —preguntó.
Mara ladeó la cabeza.
—¿Cómo?
—Como si algo hubiera cambiado… pero no sabes qué.
Mara pensó unos segundos.
—No… —respondió—. ¿Por qué?
Lía bajó la mirada.
—Nada.
Claro.
Nadie más lo sentía.
Solo ella.
Al final del día, la sensación era innegable.
Algo estaba mal.
Y no era solo en su cabeza.
Cuando salió de la escuela, el aire se sentía más pesado.
Más denso.
Como antes de una tormenta.
Lía caminó lentamente, sintiendo cada paso como si estuviera entrando en un lugar desconocido.
Y entonces lo entendió.
No era solo que los Ecos existieran.
Era que ahora…
estaban dejando marcas.
Se detuvo en seco.
Miró sus manos.
Recordó el segundo Eco.
El tercero.
Las advertencias de Kael.
"Cada Eco tiene consecuencias."
Tragó saliva.
—Esto es… mi culpa —susurró.
El viento sopló suavemente.
Pero esta vez, no se sintió natural.
Y por primera vez, Lía tuvo una certeza que no pudo ignorar:
Los Ecos no solo mostraban el pasado.
Estaban empezando a cambiar el presente.