El día no volvió a sentirse normal después de eso.
Aunque las clases continuaron, aunque los estudiantes hablaron y rieron como siempre… para Lía todo se había vuelto distante.
Como si estuviera viendo su propia vida desde lejos.
No dejó de pensar en las palabras de Kael:
"Lo que se pierde… no regresa."
Se repetían una y otra vez en su mente, como un eco imposible de ignorar.
Al salir de la escuela, no fue al parque.
No quería.
Pero sus pasos la llevaron ahí de todos modos.
Como si algo dentro de ella ya no le perteneciera del todo.
El aire estaba quieto.
Demasiado quieto.
Lía caminó lentamente entre los árboles, sintiendo esa presencia invisible… más cercana que antes.
Y entonces lo vio.
Un Eco.
Pero no como los otros.
Este no flotaba.
Estaba… adherido a un banco.
Como si fuera parte de él.
Lía se detuvo.
No se acercó de inmediato.
Recordó lo que Kael había dicho.
"No los controles."
Pero algo en ese Eco era distinto.
No la llamaba.
No la atraía.
Solo… estaba.
Dio un paso.
Luego otro.
Se sentó lentamente en el banco.
Cerca.
Pero sin tocarlo.
Y entonces—
Una sensación suave.
No invasiva.
No violenta.
Solo… un recuerdo.
Una voz.
Tranquila.
Una conversación.
Un momento cotidiano.
Lía cerró los ojos.
No lo tocó.
Solo lo sintió.
Y por primera vez…
no dolió.
—Ese es un Eco estable.
La voz de Kael.
Cerca.
Demasiado cerca.
Lía abrió los ojos.
Él estaba sentado a su lado.
—¿Estabas ahí todo el tiempo? —preguntó.
—No.
—Entonces deja de aparecer así.
—No puedo.
Lía suspiró levemente.
Pero no se movió.
—¿Qué lo hace diferente? —preguntó, mirando el Eco.
—No todos los recuerdos quieren cambiar algo —explicó Kael—. Algunos solo… permanecen.
Silencio.
—Como si no quisieran desaparecer —dijo Lía.
Kael la miró.
—Exacto.
El aire se sintió más tranquilo.
Más estable.
—¿Entonces no todo está… roto? —preguntó ella.
Kael no respondió de inmediato.
—No todo —dijo al final.
Y por primera vez…
eso fue suficiente.