El Eco no se calmó.
Ni siquiera un poco.
Seguía vibrando detrás de ellos, como si estuviera vivo… como si respirara. La luz que emitía no era estable; pulsaba, crecía y se contraía, como un latido irregular.
Lía sentía ese ritmo en su pecho.
Como si estuviera sincronizándose con él.
La mano de Kael seguía sujetando su brazo.
Firme.
No la lastimaba… pero tampoco la dejaba moverse.
—No te acerques más —dijo él, en voz baja, tensa.
Pero Lía apenas lo escuchaba.
Su atención estaba en otra parte.
En el aire.
En la sensación.
En ese punto invisible donde algo estaba… ocurriendo.
—¿Lo sientes? —susurró.
Kael no respondió de inmediato.
Eso ya era una respuesta.
El viento dejó de moverse.
Las hojas de los árboles quedaron suspendidas, como si alguien hubiera detenido el mundo sin avisar.
Y entonces—
lo vio.
Un chico caminando a unos metros de ellos.
Normal.
Tranquilo.
Ajeno.
No parecía notar nada.
Ni el Eco.
Ni la tensión.
Ni el silencio.
—Kael… —dijo Lía, apenas respirando.
Él reaccionó al instante.
—No mires.
Pero ya era tarde.
El aire alrededor del chico empezó a distorsionarse.
Al principio fue leve.
Como el calor sobre el asfalto.
Ondas suaves.
Luego se intensificó.
La imagen del chico se volvió inestable.
Como si estuviera fuera de foco.
Como si no perteneciera completamente ahí.
El chico se detuvo.
Miró a su alrededor.
Confundido.
—¿Hola? —dijo.
Su voz no fue una.
Fueron dos.
—¿Hola…
—¿Hola…?
Desfasadas.
Superpuestas.
El sonido no encajaba con el momento.
Lía sintió que su respiración se rompía.
—Kael…
—No te muevas.
Pero su cuerpo no respondía.
El chico dio un paso.
Y entonces—
parpadeó.
Literalmente.
Un instante estaba ahí.
Completo.
Real.
Al siguiente—
no.
Vacío.
Nada.
Ni sonido.
Ni rastro.
Ni error visible.
El mundo no reaccionó.
Las hojas volvieron a moverse.
El viento regresó.
Un pájaro cruzó el cielo.
Todo continuó.
Como si ese chico nunca hubiera existido.
Lía sintió que algo dentro de ella se rompía.
—No… —susurró.
Intentó recordar su rostro.
No pudo.
Intentó recordar su voz.
Ya no estaba.
—Él estaba ahí… —dijo, con la voz quebrada.
Kael no la soltó.
—Lo sé.
—Yo lo vi…
—Sí.
Silencio.
—Entonces… ¿por qué…?
No terminó la frase.
Porque ya sabía la respuesta.
—Ya no está —dijo Kael.
Simple.
Directo.
Irreversible.
Lía retrocedió un paso.
Sus piernas temblaban.
—Eso… eso no es posible…
Pero lo era.
Lo acababa de ver.
—Los Ecos no solo muestran recuerdos —continuó Kael, más bajo—. También pueden borrar lo que existe.
Lía lo miró.
—¿Y tú… ya habías visto esto?
Silencio.
Kael no respondió.
Y eso fue suficiente.