Esa noche, la ciudad no estaba tranquila. Lía cerró la puerta de su habitación con cuidado, como si el sonido de la cerradura pudiera mantener fuera algo que no entendía del todo. Se dejó caer en la cama, mirando sus manos. Se sentían extrañas, casi ajenas, como si fueran las de otra persona.
El recuerdo del chico desaparecido la perseguía. Su rostro, su voz, su forma de caminar… todo se le escapaba. Quiso aferrarse, pero era inútil. Era como si el mundo ya hubiera decidido borrarlo, y ella solo podía observar impotente.
—Lo vi… —murmuró, su voz quebrándose al decirlo en la penumbra.
No había respuesta, solo el eco de su propio susurro. El miedo comenzó a crecer, silencioso, profundo. No era un miedo repentino; era un frío que subía lentamente desde su estómago hasta el pecho, paralizando cada pensamiento.
Se levantó y caminó hasta el escritorio. Tomó su cuaderno. Las páginas parecían observarla, esperando algo que no podía dar. Empezó a escribir:
"Hoy alguien desapareció."
Pero no fue suficiente. La frase se sintió vacía. Intentó agregar más, pero sus manos temblaban:
"Era un chico…"
Se detuvo. No podía recordar detalles, no podía visualizar su rostro. Todo lo que había visto estaba desapareciendo incluso de su memoria.
El miedo se transformó en una sensación física: opresión en el pecho, calor en la cabeza, un hormigueo en los dedos. Cada recuerdo se sentía como un hilo que se rompía entre sus manos.
Un golpe suave en la ventana la sobresaltó. Kael estaba allí, en silencio, de pie, mirándola con los ojos cargados de algo que no podía definir: preocupación, miedo, algo más.
—No deberías estar aquí —dijo ella, tratando de sonar firme.
—Lo sé —respondió Kael, pero no se movió.
El silencio entre ellos era pesado, lleno de lo que no se decía. Lía lo miró, buscando alguna seguridad, alguna respuesta.
—Lo vi —susurró.
—Sí —contestó él, sin dejar de mirarla.
—Desapareció… —dijo Lía, con voz temblorosa.
—Sí —Kael asintió, como si admitirlo fuera tan doloroso como experimentarlo.
—¿Eso me puede pasar a mí? —preguntó ella, con el miedo creciendo en cada palabra.
Kael no respondió de inmediato. Su silencio fue pesado, casi tangible. Finalmente, bajó la mirada.
—Si sigues así… sí —dijo.
Lía sintió como si la tierra se hundiera bajo sus pies. El mundo que conocía ya no existía. La seguridad, la certeza, la normalidad… todo se desmoronaba.
—Entonces ayúdame —susurró, apenas audible.
—No sé cómo hacerlo sin empeorar todo —admitió Kael, por primera vez mostrando vulnerabilidad real—. No puedo protegerte de esto si te acercas demasiado.
Lía se quedó en silencio. Sentía su desesperación, su miedo, pero también una extraña conexión, más fuerte que antes. Kael no la soltaba, y aunque lo necesitaba para protegerse, también sabía que lo necesitaba por otra razón: por él.
El mundo parecía detenerse alrededor de ellos. Las sombras se alargaban y encogían, el Eco vibraba como un corazón herido, y cada sonido cotidiano se repetía, distorsionado, desfasado. Los objetos en su habitación parecían moverse ligeramente, como si respiraran.
—Kael… ¿qué va a pasar ahora? —susurró, con lágrimas formándose en sus ojos.
Kael respiró hondo y dio un paso hacia ella, acortando la distancia sin tocarla todavía.
—Nada volverá a ser igual —dijo—. Pero mientras estemos juntos, quizá podamos soportarlo.
Lía bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. Todo lo que conocía estaba desapareciendo, pero él estaba ahí. Él era lo único constante.
Se sentó lentamente en la cama. Kael permaneció de pie, vigilante, como un guardián silencioso. La tensión no disminuyó; solo cambió de forma. No era miedo de algo externo, sino de lo que estaba sucediendo dentro de su mundo, dentro de ellos.
Y entonces lo sintió: un cambio en el aire. Una vibración distinta, más intensa. El Eco había reaccionado a sus emociones. La habitación tembló suavemente. Las sombras se movieron más rápido. Los objetos parecían palpitar con luz propia.
—Va a pasar otra vez —murmuró Lía.
Kael se inclinó ligeramente hacia ella.
—Sí —dijo—. Pero esta vez, debemos estar listos.
Lía lo miró, respirando con dificultad. Sabía que lo que vino después no sería como antes. Lo que había comenzado con la desaparición del chico era solo el primer indicio.
El mundo ya no podía sostenerse tal como lo conocían, y ellos serían los testigos… y los responsables, de lo que sucediera.