Ecos

20. La primera ruptura

La mañana llegó, pero no trajo alivio. Lía caminó al salón con pasos lentos, aún atrapada en la sensación de vacío que la noche anterior había dejado. Cada sonido, cada movimiento, parecía amplificado, desfasado, como si el mundo respirara diferente solo para ella.

El profesor habló, pero antes de que pudiera procesar sus palabras, algo sucedió: el tiempo retrocedió. El libro que sostenían todos volvió a cerrarse solo, las manos de sus compañeros regresaron a sus posiciones anteriores. Todo ocurrió con una precisión inquietante.

—Abran el libro en la página cincuenta —repitió el profesor.

Exactamente igual.

Todos obedecieron sin darse cuenta, como autómatas, pero Lía permaneció inmóvil. Observó a su alrededor: nadie notaba la distorsión, nadie reaccionaba. Todo parecía normal para ellos… menos para ella.

—Kael… —susurró, con un hilo de voz que apenas existía.

—Lo sé —respondió él, de pie detrás de ella, firme, su mirada fija en cada movimiento extraño que ocurría alrededor.

—¿Eso fue real? —preguntó Lía, con el miedo que subía por su garganta.

—Sí —contestó Kael. Su voz era tranquila, pero en ella se percibía un matiz de alarma, una tensión contenida que ella podía sentir hasta en la punta de los dedos.

—Entonces qué es esto —insistió Lía, tragando saliva. Su corazón latía con fuerza, y cada respiración se sentía como un esfuerzo físico.

Kael dio un paso hacia ella. La distancia entre ellos se acortó, pero no la tocó todavía. Su voz, grave y baja, resonó en el espacio que compartían:

—La primera ruptura completa. El mundo ya no puede sostenerse.

El aire se volvió más pesado, más frío. Las paredes del salón parecían vibrar ligeramente. Lía sintió un vacío en el pecho que crecía con cada instante. Todo lo que conocía: su seguridad, sus recuerdos, su sensación de normalidad… estaba en peligro.

—¿Qué significa? —susurró ella, tratando de mantener la voz firme, pero temblaba.

—Que todo puede romperse —respondió Kael—. Y no hay nada que podamos hacer para detenerlo.

Lía cerró los ojos por un momento, intentando asimilarlo. Intentó sentir algo concreto, algo que le diera seguridad… pero no había nada. Solo el Eco detrás de ellos, latiendo, pulsando, recordándole que nada volvería a ser igual.

Cuando abrió los ojos, el mundo ya no se sentía igual. Todo estaba un poco desfasado. Las voces de los compañeros se repetían ligeramente, superpuestas; los objetos parecían vibrar; y la luz se sentía más dura, más fría, como si el sol también estuviera afectado por la ruptura.

Kael la tomó del brazo, y esta vez sí, con suavidad, pero con firmeza. Su contacto le dio una sensación de seguridad momentánea, aunque sabía que era frágil, temporal.

—Lía —dijo él, en un susurro—. Esto no es algo que podamos enfrentar solos. Tendremos que mantenernos juntos.

Ella asintió, comprendiendo que no había alternativa. Su miedo estaba ahí, pero también había algo más: una determinación naciendo dentro de ella. Si el mundo podía desmoronarse, si las personas podían desaparecer, al menos ellos tenían algo que el Eco no podía tocar: su conexión.

El Eco detrás de ellos vibró con fuerza, como respondiendo a sus emociones. La habitación tembló ligeramente, y Lía sintió un escalofrío recorrer su espalda. Cada sombra parecía moverse con vida propia, como si anticipara cada uno de sus movimientos.

—Va a empeorar —dijo Kael—. Lo que viste hoy es solo el principio.

Lía tragó saliva, con las manos apretadas sobre la mesa. Cada latido de su corazón parecía un tambor anunciando peligro. El Eco pulsaba más fuerte, más intenso, y por un momento, Lía sintió que su mundo podía colapsar en cualquier instante.

—¿Por qué yo? —susurró, su voz cargada de confusión y miedo—. ¿Por qué me está pasando esto?

Kael no respondió de inmediato. La miró, sus ojos llenos de algo que no podía describir: preocupación, miedo… y algo más profundo. Finalmente dijo:

—Porque estás conectada más de lo que nadie podría imaginar. Pero no estás sola. Estoy aquí.

Lía respiró hondo, tratando de calmarse. Su miedo seguía ahí, pero también había un hilo de esperanza. Mientras él estuviera a su lado, tal vez podrían soportarlo. Tal vez, juntos, podrían encontrar una forma de sobrevivir a la ruptura.

Pero incluso mientras lo pensaba, el Eco se agitó detrás de ellos, como recordándoles que la realidad era inestable, que nada era seguro. Cada segundo que pasaba era un riesgo. Cada movimiento, una posibilidad de perder algo más.

Lía tomó la mano de Kael. Él la miró, sorprendido, pero no la soltó. Ese contacto fue suficiente para que ambos comprendieran algo importante: mientras estuvieran juntos, tenían un ancla, algo real en medio del caos.

El mundo podía romperse, el tiempo podía distorsionarse, los recuerdos podían desaparecer… pero su vínculo era lo único que el Eco no podía tocar. Y eso, aunque mínimo, era suficiente para continuar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.