Ecos

21. Lo que empieza a romperse

Después de la ruptura, el mundo no volvió a encajar del todo, aunque nadie más pareciera notarlo. Para los demás, los pasillos seguían siendo los mismos: llenos de voces, pasos apresurados y conversaciones sin importancia. Pero para Lía… cada detalle se sentía ligeramente fuera de lugar, como si la realidad estuviera mal alineada.

Caminaba despacio, observando más de lo que avanzaba. Las paredes parecían demasiado quietas, los sonidos llegaban con un pequeño retraso, y los movimientos de las personas no coincidían exactamente con lo que ella escuchaba. Era sutil, casi imperceptible… pero constante.

Un grupo de estudiantes reía cerca de las ventanas. Lía los miró fijamente, tratando de entender qué era lo que no encajaba. Entonces lo notó: la risa llegó después de que sus bocas dejaron de moverse. Solo un segundo de diferencia… pero suficiente para que su estómago se apretara.

—Esto ya no es como antes… —murmuró, más para sí misma que para Kael.

—No —respondió él, caminando a su lado con una calma que contrastaba con todo lo demás—. Antes solo lo percibías. Ahora lo estás viendo.

Lía tragó saliva, sin apartar la vista del entorno. No quería aceptar lo que eso significaba, pero tampoco podía ignorarlo.

Siguieron avanzando en silencio, hasta que algo rompió completamente la ilusión de normalidad.

Un chico, unos pasos adelante, tropezó.

Fue un movimiento torpe, natural. Su pie se enganchó, su cuerpo se inclinó hacia adelante… pero no cayó.

El instante se repitió.

El mismo tropiezo.
El mismo movimiento.
La misma inclinación.

Otra vez.

Y otra.

Como si ese segundo estuviera atrapado en un ciclo invisible.

Lía se detuvo en seco, sintiendo cómo el miedo le subía lentamente por la espalda.

—Kael…

Él no reaccionó de inmediato. Solo observó, con los ojos fijos en la escena.

—No intervengas —dijo finalmente.

—Pero está atrapado—

—No puedes ayudarlo.

La firmeza en su voz hizo que Lía se quedara quieta, aunque todo en ella le gritaba que hiciera algo.

Después de unos segundos más, el ciclo se rompió. El chico recuperó el equilibrio, se enderezó y siguió caminando como si nada hubiera pasado. Ni siquiera parecía confundido.

Pero Lía lo había visto.

Y eso era suficiente.

El mundo ya no se estaba rompiendo en silencio.

Ahora lo hacía frente a ella… sin esconderse.

Y lo peor no era que estuviera pasando.

Era que nadie más parecía darse cuenta.




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