La revelación no trajo claridad.
Trajo peso.
Un peso que no se iba con el silencio, ni con el paso del tiempo, ni siquiera con la distancia. Lía sentía que cada palabra que Kael había dicho seguía suspendida en el aire, como si el mundo mismo se negara a dejarlas caer.
Intentó ordenar todo en su mente, pero no era sencillo. Nada de esto lo era. Si lo que él decía era cierto, entonces los Ecos no eran solo un fenómeno extraño… eran el resultado de algo que alguien había hecho. Algo que no debía hacerse.
Y ese alguien… era Kael.
—Eso no tiene sentido… —dijo finalmente, llevándose una mano a la cabeza, intentando sostener un pensamiento que no dejaba de romperse—. Si solo intentaste cambiar algo… ¿por qué todo está así? ¿Por qué se está rompiendo todo?
Kael no respondió de inmediato. Su mirada estaba fija en el Eco frente a ellos, como si ahí estuviera la respuesta que no podía explicar con palabras.
—Porque no puedes cambiar una cosa sin afectar todo lo demás —dijo al fin, con una calma que no encajaba con lo que estaba diciendo—. No existe una modificación aislada. Todo está conectado… y cuando alteras una parte, el resto intenta ajustarse. Pero a veces… no puede.
El Eco vibró con más fuerza, como si reaccionara a la conversación. La luz que emitía se volvió más irregular, más intensa, y por un instante Lía tuvo la sensación de que no solo estaba observando… sino escuchando.
—Cuando intenté hacerlo… —continuó Kael, bajando ligeramente la voz— no falló de inmediato. Al principio pensé que había funcionado. Que lo había logrado.
Lía sintió que su respiración se hacía más lenta, como si su cuerpo intentara prepararse para lo que venía.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Kael cerró los ojos un segundo antes de responder, como si necesitara reunir el valor para decirlo.
—No volvió.
El silencio que siguió fue distinto. Más pesado. Más definitivo.
—Pero algo más sí —añadió.
Un escalofrío recorrió a Lía desde la nuca hasta la espalda. No necesitaba preguntar para saber que eso no era bueno.
—¿Qué…?
Kael abrió los ojos y miró directamente al Eco.
—Esto.
La palabra no fue una explicación.
Fue una sentencia.
El aire alrededor de ellos vibró con mayor intensidad, y Lía sintió cómo algo dentro de su pecho respondía a ese movimiento, como si su propio cuerpo estuviera conectado a esa inestabilidad.
—Los Ecos cambiaron —continuó Kael—. Dejaron de ser solo recuerdos… dejaron de ser pasivos. Empezaron a reaccionar, a expandirse, a interferir con lo que está pasando ahora.
Lía lo miró, intentando entender la magnitud de lo que eso implicaba.
—¿A mí? —preguntó.
Kael dudó apenas un instante.
—A ti… y a todo lo demás.
La respuesta no la tranquilizó. Todo lo contrario.
Lía bajó la mirada, sintiendo cómo las piezas encajaban lentamente en algo que no quería comprender del todo.
—Entonces todo esto… —miró a su alrededor, al parque, al aire, al Eco vibrando— es una consecuencia de eso.
Kael asintió.
—Sí.
—Y no se puede arreglar.
No fue una pregunta.
Fue una conclusión.
Kael no respondió.
Y ese silencio fue peor que cualquier palabra.
Lía apretó los puños.
—¡Dime que sí! —insistió, con la voz temblando más por desesperación que por enojo—. Tiene que haber una forma.
Kael tensó la mandíbula, como si estuviera luchando con algo interno.
—No sé cómo —admitió finalmente.
La respuesta fue honesta.
Y eso la hizo más difícil de aceptar.
El Eco vibró con fuerza detrás de ellos, y esta vez no fue solo un efecto visual. Lía lo sintió en el cuerpo, como un tirón invisible, una presión que crecía en su pecho y se extendía hacia afuera.
—Kael… —susurró, sin apartar la mirada del fenómeno.
—No —dijo él de inmediato, reconociendo el cambio—. No te acerques.
Pero no era cuestión de acercarse.
Algo la estaba jalando.
No físicamente.
Más profundo.
Como si una parte de ella perteneciera ahí.
—No lo estoy haciendo… —murmuró—. Me está llamando.
El Eco pulsó.
Y el mundo respondió.