Ecos

26. Demasiado dentro

Lía intentó moverse, pero no sabía hacia dónde. No había dirección, no había referencia, no había arriba ni abajo. Solo una oscuridad que no era exactamente negra, sino profunda… infinita.

—¿Dónde estoy…? —susurró, aunque su voz no sonó como esperaba.

No hubo eco.

No hubo respuesta inmediata.

Y entonces comenzaron las imágenes.

No aparecieron como recuerdos normales. No eran escenas claras ni lineales. Eran fragmentos que se superponían, que se rompían y se reconstruían al mismo tiempo.

Un lugar que no podía identificar.
Sombras moviéndose sin forma definida.
Ecos… pero no como los que había visto antes.

Estos se sentían distintos.

Más densos.

Más conscientes.

—Dentro.

La voz apareció sin dirección.

No venía de un punto específico.

Venía de todas partes.

Lía giró, aunque no había nada que girar.

—¿Quién está ahí?

Silencio.

Luego—

—Tú entraste.

El aire vibró ligeramente, o al menos eso fue lo que sintió. Como si algo invisible estuviera reaccionando a su presencia.

—No deberías estar aquí.

El miedo llegó entonces.

No de golpe.

Sino lento.

Profundo.

—¡Kael! —gritó.

Nada.

La ausencia de respuesta fue peor que el silencio.

Porque confirmaba que estaba sola.

O eso creía.

Algo se movió.

No fue un sonido.

No fue una imagen clara.

Fue una presencia.

Lía sintió cómo su cuerpo se tensaba automáticamente. Su respiración se volvió más corta, más rápida, mientras intentaba enfocar la vista en algo que no terminaba de definirse.

Y entonces lo vio.

Una figura.

No completamente formada.

No completamente real.

Distorsionada.

Como si estuviera hecha de fragmentos que no encajaban entre sí.

Pero había algo en ella…

algo familiar.

—No… —susurró.

La figura se movió.

No caminó.

No avanzó.

Simplemente… cambió de lugar.

Y por un instante—

pareció mirarla.

El contacto no fue visual.

Fue directo.

Como si algo atravesara la distancia y la tocara desde dentro.

El mundo reaccionó.

Las imágenes comenzaron a romperse más rápido.

Las sombras se agitaron.

El espacio tembló.

Lía sintió que algo la jalaba de regreso.

O tal vez hacia otro lado.

No lo sabía.

Y entonces—

todo colapsó.

El sonido regresó de golpe.

El aire volvió a llenar sus pulmones.

El suelo apareció bajo sus pies.

Lía cayó.

El parque.

Kael.

Su mano sujetándola con fuerza, como si no la fuera a soltar nunca.

—¡Lía!

Respiró de golpe, como si hubiera estado conteniendo el aire por demasiado tiempo.

—Yo… yo estaba— —intentó hablar, pero las palabras no salían bien.

—Lo sé —dijo Kael, con la voz más tensa de lo que ella había escuchado antes—. Entraste demasiado profundo.

Lía lo miró, todavía intentando estabilizarse.

—Había alguien ahí…

Kael se tensó.

—¿Qué viste?

Lía dudó.

No porque no quisiera responder.

Sino porque no sabía cómo describirlo.

—No sé… —dijo finalmente—. Pero no era un recuerdo.

El Eco vibró detrás de ellos.

Más fuerte que nunca.

Kael no soltó su mano.

Pero su expresión cambió.

—Entonces ya es peor de lo que pensé.

Lía sintió un nudo en el pecho.

—¿Por qué?

Kael la miró.

Y esta vez…

no suavizó nada.

—Porque ahora… ellos también pueden verte.

El mundo siguió moviéndose.

El viento, las hojas, los sonidos…

todo parecía normal.

Pero Lía ya sabía la verdad.

No estaba observando los Ecos.

Ahora…

los Ecos la estaban observando a ella.




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