Ecos

27. Lo que te observa

Después de salir del Eco, Lía dejó de sentirse sola… pero no de la forma en que cualquiera entendería esa frase. No era la presencia reconfortante de alguien cercano, ni la sensación de compañía que calma el silencio; era algo distinto, más sutil y perturbador, como una conciencia que existía justo fuera de su alcance, observando sin intervenir, esperando sin prisa. Al principio pensó que era su mente intentando adaptarse a lo que había vivido, una reacción tardía al miedo acumulado, pero con el paso de las horas comprendió que no era algo interno. Había algo más.

Esa noche, sentada en su cama, intentó distraerse repasando su cuaderno, leyendo una y otra vez las pocas frases que había logrado conservar, como si al hacerlo pudiera darles más peso, más permanencia. Pero ni siquiera las palabras parecían estables; a veces sentía que cambiaban de significado, o que no decían lo suficiente para sostener lo que realmente había pasado. Fue entonces cuando lo sintió con más claridad que nunca.

No fue un sonido.

No fue una imagen.

Fue una respuesta.

Como si algo, desde algún lugar que no podía ver, hubiera notado que ella estaba ahí… pensando, recordando, existiendo.

Levantó la cabeza lentamente, sin saber exactamente qué esperaba encontrar. Sus ojos se dirigieron hacia la esquina de la habitación, donde la luz no alcanzaba completamente. Durante un segundo no hubo nada, solo oscuridad y objetos familiares. Pero luego… algo cambió. No apareció una figura definida ni una sombra clara, sino una alteración, una ligera distorsión en la forma en que ese espacio existía, como si la realidad ahí estuviera más delgada.

El corazón de Lía empezó a latir con fuerza.

No por lo que veía… sino por lo que sentía.

—No… —susurró, casi sin voz.

Se levantó de golpe, retrocediendo un paso instintivamente, sin apartar la mirada. La sensación era clara ahora: eso no era un Eco. No era un recuerdo atrapado. Era algo que respondía.

—Kael…

No sabía si él estaba cerca, si podía escucharla o si tenía alguna forma de llegar hasta ella, pero lo llamó igual, porque en ese momento era lo único que tenía sentido.

Y entonces, como si el mundo aún obedeciera a ese vínculo invisible entre ellos, Kael apareció.

Entró con rapidez, evaluando el espacio con una mirada tensa, alerta, como si esperara encontrar exactamente lo que ella había sentido.

—¿Qué pasa? —preguntó, avanzando unos pasos hacia el centro de la habitación.

Lía señaló la esquina sin dejar de mirarla.

—Ahí… —dijo, con la voz apenas sostenida.

Kael siguió la dirección de su mirada. Permaneció en silencio unos segundos, observando con atención.

—No veo nada —dijo finalmente.

Lía negó con la cabeza.

—Pero está… lo sentí.

El silencio que siguió no fue de duda.

Fue de confirmación.

La expresión de Kael cambió ligeramente, endureciéndose, como si algo que temía se hubiera vuelto real.

—Entonces ya empezó —dijo.

El aire en la habitación pareció volverse más pesado.

—¿Qué cosa? —preguntó Lía.

Kael la miró directamente.

—El contacto.




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