El tiempo dejó de comportarse de forma normal en el instante en que la figura terminó de hacerse presente. No avanzaba como debería, no fluía con continuidad; se estiraba, se comprimía, se deformaba alrededor de ese punto donde todo parecía concentrarse. Cada segundo se sentía más largo de lo que debía, pero al mismo tiempo demasiado breve para procesar lo que estaba ocurriendo.
Lía podía sentir la presencia de esa entidad no solo frente a ella, sino en el aire, en el espacio, en algo más profundo que no sabía nombrar. No era una simple figura, no era un objeto ni una persona; era algo que existía de una manera distinta, algo que no ocupaba un lugar… sino que afectaba todo lo que estaba a su alrededor.
Cuando habló, su voz no fue una sola.
Fue una superposición.
Un conjunto de sonidos que no terminaban de coincidir entre sí, como si múltiples fragmentos intentaran formar una sola intención sin lograrlo completamente.
—No deberías estar aquí…
La frase no resonó en el aire.
Resonó en ella.
Lía sintió cómo su cuerpo reaccionaba antes de poder pensar, cómo su respiración se volvía irregular, cómo una parte de ella quería retroceder… y otra, más profunda, quería acercarse.
—Kael… —dijo, sin apartar la mirada.
Pero él ya estaba frente a ella.
Se había movido sin que lo notara, colocándose entre ella y la figura con una determinación que no dejaba espacio para dudas.
—No te acerques —dijo, firme, sin elevar la voz, pero con una intensidad que llenó el espacio.
La entidad inclinó ligeramente la cabeza, un movimiento mínimo pero cargado de significado, como si estuviera evaluando algo, como si reconociera algo en él.
—Tú lo hiciste…
El aire vibró.
—Tú me hiciste…
Kael no respondió de inmediato, pero Lía sintió cómo su postura se tensaba, cómo su mano se cerraba con más fuerza, como si estuviera conteniendo algo que no quería dejar salir.
—Yo no quería esto… —murmuró finalmente, con una voz más baja, más pesada.
Lía lo miró, sintiendo cómo cada pieza empezaba a encajar en algo que no quería entender completamente.
—¿Qué hiciste…? —preguntó.
El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que la respuesta tomara forma antes de ser dicha.
—Intenté recuperarla.
El mundo pareció detenerse.
No de forma visible, no con un cambio evidente… sino con una pausa interna, como si algo dentro de Lía dejara de moverse por un instante.
—¿…ella? —repitió, apenas.
Kael cerró los ojos un segundo antes de responder.
—Sí.
La figura se movió nuevamente, acercándose un poco más, lo suficiente para que su presencia se sintiera más fuerte, más invasiva, como si estuviera atravesando capas que antes no podía alcanzar.
—No puedes recuperarla…
La voz seguía siendo fragmentada, inestable, pero ahora había algo más en ella.
Algo parecido a… conciencia.
—Lo sé —respondió Kael, sin dudar.
—Entonces… ¿por qué sigues intentando…?
Kael no respondió.
Pero Lía entendió.
No porque él lo dijera.
Sino porque lo sentía.
Porque veía en su mirada que no había dejado de intentarlo.
Ni siquiera ahora.
—Kael… —susurró, con algo distinto en la voz.
Él la miró.
Y por primera vez, el miedo en sus ojos no era por lo que tenían enfrente.
Era por ella.
—Si esto empeora… —empezó, dudando apenas— puede que no pueda detenerlo.
Lía sintió un nudo en el pecho.
—¿Detener qué?
Kael sostuvo su mirada, sin apartarla.
—A ti.
El aire pareció desaparecer.
—¿Qué…?
—Si te conectas más… —continuó— puedes convertirte en parte de esto. No solo verlo. No solo sentirlo. Serlo.
La figura reaccionó.
—Ya lo está…
El tirón volvió.
Más fuerte.
Más profundo.
Lía sintió cómo algo dentro de ella respondía, como si hubiera una parte suya que ya no pertenecía completamente a ese mundo, como si algo la estuviera jalando desde adentro.
—Kael… —dijo, con la voz más débil.
Él la sujetó con fuerza, acercándola lo suficiente para obligarla a enfocarse en él.
—¡Lía, mírame!
Ella lo hizo.
Y en ese instante, todo lo demás desapareció.
El Eco.
La figura.
El miedo.
—No te voy a perder —dijo él.
La cercanía, la tensión, la forma en que sus voces bajaron casi a un susurro… todo se concentró en ese momento, como si el mundo entero dependiera de que ella se mantuviera ahí.
Y por un segundo…
lo hizo.
Pero el Eco no se detuvo.
Nunca lo hacía.