Ecos

32. El nombre que duele

El tirón no desapareció después de que Lía lograra sostenerse en ese instante frente a Kael.

No se fue con el esfuerzo.
No se debilitó con la concentración.

Se quedó.

Persistente.

Como una segunda corriente dentro de su propio cuerpo, como algo que latía fuera de ritmo con su corazón, pero que aun así estaba conectado a él.

Lía respiraba con dificultad, intentando estabilizarse, intentando recuperar el control sobre algo que ya no entendía completamente. Podía sentir el parque a su alrededor, podía ver a Kael frente a ella, podía escuchar el leve movimiento de las hojas… pero todo eso se sentía más lejano que antes, como si hubiera una capa entre ella y la realidad que la separaba ligeramente de todo.

Y al mismo tiempo…

había algo más cerca.

Demasiado cerca.

—Kael… —murmuró, llevándose una mano al brazo, como si eso pudiera ayudarla a mantenerse presente.

Él no la soltó. Su agarre era firme, constante, como si fuera lo único que la mantenía anclada.

—Estoy aquí —respondió, sin apartar la mirada de ella—. No te desconectes.

Pero Lía no sabía si eso era algo que podía decidir.

Porque lo que estaba pasando no era solo externo.

No era solo el Eco.

Era ella.

—Se siente… diferente —dijo, intentando encontrar las palabras correctas, aunque sabía que no existían—. No es como antes… no es solo que lo vea… es como si… —se detuvo, respirando hondo— como si algo me estuviera reconociendo.

El silencio que siguió fue inmediato.

Y pesado.

Kael lo entendió.

Lo vio en su expresión.

En la forma en que su postura se tensó ligeramente, en cómo su mirada cambió de preocupación a algo más profundo.

Algo que no quería confirmar.

—Eso no debería pasar —dijo finalmente, más bajo.

Lía lo miró.

—Pero está pasando.

La afirmación no fue emocional.

Fue clara.

Directa.

Y eso lo hacía peor.

Detrás de ellos, la figura se movió apenas, como si reaccionara a la conversación, como si cada palabra que intercambiaban tuviera algún tipo de efecto en su forma inestable. No se acercó completamente, pero su presencia se volvió más marcada, más definida, como si estuviera intentando consolidarse.

Lía lo sintió antes de verlo.

Ese mismo tirón.

Más fuerte.

—Kael…

Él giró apenas la cabeza, sin apartarse de ella.

—No le prestes atención.

—No puedo ignorarlo —respondió, con la voz más tensa—. No es algo que esté afuera… está… —dudó— está conectado.

La palabra quedó en el aire.

Conectado.

Kael cerró los ojos un instante, como si esa sola palabra confirmara algo que había estado evitando aceptar desde hacía tiempo.

—Entonces ya cruzaste una parte —dijo finalmente.

Lía frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué significa eso?

Kael no respondió de inmediato.

Y ese silencio…

dolió más que cualquier respuesta.

—Significa —empezó lentamente— que ya no estás viendo los Ecos desde fuera.

El aire pareció volverse más frío.

—Entonces… ¿desde dónde?

Kael la miró.

Y esta vez no evitó la respuesta.

—Desde dentro.

La palabra no fue fuerte.

Pero sí definitiva.

Lía sintió cómo algo dentro de ella reaccionaba al escucharla, como si esa idea no fuera nueva, como si una parte de ella ya lo supiera… pero no quisiera aceptarlo.

—Eso no tiene sentido —dijo, negando ligeramente—. Yo sigo aquí.

—Sí… —respondió Kael—. Pero no completamente.

El mundo pareció inclinarse apenas.

No físicamente.

Pero sí en la forma en que Lía lo percibía.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, más firme.

Kael dudó.

Más que antes.

No porque no supiera qué decir.

Sino porque sabía que una vez que lo dijera…

ya no habría forma de volver atrás.

—Cuando intenté traerla de vuelta —empezó— no solo rompí el límite entre lo que estaba y lo que ya no.

Lía no lo interrumpió.

—También creé un punto de conexión.

El aire vibró ligeramente.

—Y ese punto… no desapareció.

Lía sintió que su respiración se volvía más lenta.

—¿Y eso tiene que ver conmigo?

Kael la miró directamente.

—Sí.

Silencio.

—No sé por qué —continuó—, pero tú puedes verlos desde el principio. Puedes sentirlos, interactuar con ellos… y ahora… —dudó un segundo— ahora ellos pueden interactuar contigo.

Lía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Porque estoy conectada a ese punto?

Kael no respondió de inmediato.

Pero su silencio fue suficiente.

—Kael…

—Sí —admitió finalmente—. Pero no es solo eso.

El aire se volvió más pesado.

—Entonces qué más es.

Otra pausa.

Más larga.

Más difícil.

Y entonces—

—Se llamaba Aerin.

El nombre cayó entre ellos con un peso distinto a cualquier otra palabra.

No fue solo sonido.

Fue… presencia.

Lía sintió algo dentro de ella reaccionar.

No como un recuerdo claro.

Pero sí como una vibración.

Como si ese nombre existiera en algún lugar que no sabía que tenía.

—¿Quién era? —preguntó, más bajo, casi con cuidado.

Kael bajó la mirada por un instante.

—Alguien que no debía desaparecer.

No fue una explicación completa.

Pero fue honesta.

—¿Y tú…? —empezó Lía.

—Intenté traerla de vuelta —terminó él.

El Eco vibró detrás de ellos.

Más fuerte.

Como si hubiera estado esperando ese momento.

—Pero lo que salió… —continuó Kael, levantando la mirada hacia la figura— no fue ella.

Lía sintió cómo el miedo regresaba.

—Entonces eso…

—Es lo que queda —dijo él.

El silencio se extendió.

Y por primera vez…

Lía no solo entendió lo que estaba pasando.

Entendió lo que estaba en juego.




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