El nombre aún parecía vibrar en el aire cuando todo cambió.
No fue inmediato, ni evidente al principio, pero algo en la presencia de la figura reaccionó de una forma distinta, como si esa palabra —Aerin— hubiera tocado algo más profundo de lo que Kael había anticipado. Lía lo sintió antes de verlo, esa misma sensación que había estado creciendo dentro de ella, ese tirón constante que ahora se volvía más enfocado, más consciente, como si dejara de ser una fuerza difusa para convertirse en algo que sabía exactamente hacia dónde dirigirse.
El aire se volvió más denso, más difícil de ignorar, y por un instante el parque dejó de sentirse como un lugar real. Las sombras se alargaron sin una fuente clara de luz, el sonido se distorsionó, y todo lo que antes era estable comenzó a comportarse como si dependiera de algo más.
—No digas ese nombre… —dijo la entidad.
La voz no fue fuerte, pero atravesó todo. No llegó a los oídos de Lía como un sonido normal; se instaló directamente en su mente, como si no necesitara viajar por el espacio para existir.
Lía dio un paso atrás por reflejo, pero la distancia dejó de significar algo en ese momento. La figura no avanzó de forma convencional. No caminó. No cruzó el espacio. Simplemente… cambió de lugar, acercándose lo suficiente para que su presencia se sintiera más intensa, más invasiva, como si el aire mismo se comprimiera entre ellas.
Kael reaccionó al instante, colocándose ligeramente delante de Lía, sin tocarla esta vez, pero marcando una barrera clara.
—No te acerques —dijo, con una firmeza que no admitía discusión.
Pero no dependía de él.
Ni de la distancia.
Ni de la voluntad.
Porque lo que ocurrió después no fue físico.
Fue contacto.
Lía lo sintió como una ruptura interna, no dolorosa en el sentido tradicional, pero sí abrumadora, como si algo atravesara capas de su mente que no sabía que existían. No fue un golpe ni un ataque, fue una conexión directa, una superposición de sensaciones que no le pertenecían del todo.
Imágenes aparecieron.
No completas.
No organizadas.
Pero reales.
Un rostro que no podía enfocar del todo.
Una risa que no reconocía… pero que sentía cercana.
Un momento suspendido en el tiempo, cargado de algo que no lograba identificar completamente.
Y luego—
vacío.
El contraste fue abrupto.
Como si todo eso hubiera sido arrancado antes de poder entenderlo.
—¡Lía! —la voz de Kael la alcanzó, firme, urgente, tirando de ella de vuelta a algo más estable.
Ella respiró de golpe, como si hubiera estado conteniendo el aire sin darse cuenta, tambaleándose ligeramente mientras el mundo volvía a tomar forma a su alrededor.
—Yo… —intentó hablar, pero las palabras no salían con claridad— vi algo…
Kael la sostuvo esta vez, sin dudar, asegurándose de que no perdiera el equilibrio.
—¿Qué viste? —preguntó, con una tensión evidente.
Lía cerró los ojos un instante, intentando retener lo poco que quedaba.
—No lo sé… —admitió finalmente— pero no era un Eco.
El silencio que siguió no fue de confusión.
Fue de comprensión.
Y eso lo hizo mucho más grave.