Ecos

34. Lo que empieza a cambiar

Después del contacto, el mundo no volvió a ser el mismo para Lía… pero lo más inquietante no fue el cambio en lo que la rodeaba, sino en la forma en que empezó a percibirse a sí misma dentro de él. No hubo un momento exacto en el que pudiera decir “aquí empezó todo”, no hubo una ruptura clara que separara lo que era antes de lo que era ahora; fue más bien un desplazamiento gradual, una transición silenciosa en la que cada pensamiento, cada sensación y cada reacción comenzó a sentirse ligeramente distinta, como si hubiera perdido una pequeña parte de su estabilidad sin darse cuenta del momento en que ocurrió.

Al principio eran detalles mínimos, casi imperceptibles, cosas que en otro contexto habría ignorado por completo. Caminaba y tenía la sensación de que el espacio no terminaba donde sus ojos decían que terminaba, como si existiera una continuidad invisible más allá de los límites visibles, una extensión que no pertenecía del todo a ese mundo. A veces, al girar la cabeza, creía ver algo moverse en la periferia de su visión, pero cuando intentaba enfocarlo ya no estaba ahí… o tal vez nunca lo había estado, al menos no de la forma en que su mente esperaba.

Pero no era solo lo visual.

Era más profundo.

Más interno.

Sus pensamientos comenzaron a adquirir una cualidad extraña, como si no surgieran completamente de ella, como si ciertas ideas aparecieran con demasiada claridad, sin el proceso previo que normalmente las construiría. No eran voces, no eran imposiciones externas, pero tampoco eran completamente suyas. Eran… intrusiones sutiles, perfectamente integradas, lo suficiente para confundirse con su propia conciencia, pero lo bastante ajenas para generar una incomodidad constante que no podía ignorar.

Había momentos en los que sabía algo sin entender cómo lo sabía. Momentos en los que anticipaba movimientos, cambios en el entorno, incluso pequeñas distorsiones antes de que ocurrieran. Era como si su percepción se hubiera adelantado unos segundos, como si estuviera conectada a una capa de la realidad que operaba fuera del tiempo normal.

Y eso la asustaba.

No por lo que veía.

Sino por lo que significaba.

Kael lo notaba sin que ella tuviera que explicarlo. Lo veía en la forma en que su mirada cambiaba, en esos segundos en los que parecía desconectarse de lo inmediato para enfocarse en algo que él no podía ver, en cómo su cuerpo reaccionaba a estímulos que no tenían una causa visible. Había algo en ella que ya no respondía únicamente a ese mundo, y él lo entendía mejor de lo que quería admitir.

—Está avanzando —dijo una noche, cuando el silencio entre ellos dejó de ser cómodo y se convirtió en algo que exigía ser nombrado.

Lía no levantó la mirada de inmediato. No porque no quisiera responder, sino porque sabía exactamente a qué se refería, y admitirlo en voz alta lo haría más real de lo que ya era.

—Lo sé —respondió finalmente, con una voz baja, controlada, pero cargada de una honestidad que no intentaba esconder nada—. No es algo que esté afuera… no es algo que pueda evitar simplemente alejándome. Es como si ya estuviera dentro de mí, como si no hubiera una separación clara entre lo que soy y lo que está pasando.

La confesión quedó suspendida entre ellos, pesada, definitiva.

Kael dio un paso más cerca, pero no la tocó. No porque no quisiera, sino porque había una duda implícita en ese gesto, una incertidumbre que no había existido antes: la de no saber si acercarse la ayudaría… o la empujaría más lejos.

—No estás perdiéndote —dijo, aunque su voz no tenía la firmeza absoluta de antes.

Lía levantó la mirada entonces, sosteniéndola sobre él con una calma que no era tranquilidad, sino aceptación.

—No lo sé —respondió—. Porque no sé qué significa perderme ahora.

Y esa era la verdad más difícil de enfrentar.

Porque ya no se trataba solo de resistir.

Se trataba de entender en qué se estaba convirtiendo.




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