No hubo un momento exacto en el que Lía pudiera decir que todo empezó.
No hubo una línea visible que separara un lado del otro, ni un instante claro en el que la realidad se rompiera por completo. Fue más sutil que eso, más silencioso, como si el mundo comenzara a ceder poco a poco, como si algo dentro de él dejara de sostenerse con la misma firmeza que antes. Lía lo sintió primero en su cuerpo, en esa conexión que había estado creciendo dentro de ella, en ese tirón constante que ya no parecía externo, sino parte de su propia existencia.
El aire a su alrededor se volvió denso, casi inmóvil, como si cada partícula estuviera suspendida en un punto intermedio entre dos estados diferentes. Los sonidos se distorsionaron, perdiendo claridad, alargándose más de lo que deberían, como si tardaran demasiado en desaparecer. El parque seguía ahí, Kael seguía frente a ella, pero ambos parecían ligeramente fuera de lugar, como si ya no pertenecieran completamente a ese espacio.
Lía no retrocedió.
No esta vez.
En lugar de resistirse, dejó de oponerse a esa sensación, permitió que el tirón la guiara, no como algo que la arrastraba contra su voluntad, sino como una corriente que podía seguir si lo decidía. Cerró los ojos un instante, no para bloquear lo que ocurría, sino para sentirlo con más claridad, para dejar de depender de lo que veía y concentrarse en lo que estaba pasando dentro de ella.
Y entonces… cruzó.
No fue un paso.
No fue un movimiento físico.
Fue una transición.
El mundo no desapareció de golpe; se deshizo en capas, como si cada parte de la realidad se separara de las demás, revelando algo que siempre había estado debajo. La luz cambió primero, perdiendo su definición, volviéndose más difusa, más fría. Luego el sonido se extinguió casi por completo, dejando un silencio que no era vacío, sino profundo, cargado de una presencia difícil de describir.
Cuando Lía abrió los ojos, ya no estaba en el parque.
O al menos… no en el mismo.
El espacio que la rodeaba conservaba fragmentos del lugar original, como recuerdos incompletos: la forma de los árboles, la estructura de los caminos, la sensación de amplitud… pero todo estaba alterado, desplazado, como si hubiera sido reconstruido a partir de algo que no encajaba del todo. Las sombras eran más densas, la luz no tenía una fuente clara, y el horizonte parecía más cercano de lo que debería, como si el mundo mismo fuera más pequeño… o más cerrado.
Lía respiró, pero el aire no se sentía igual.
No era pesado.
No era ligero.
Era… distinto.
Y en ese instante entendió algo que no necesitaba explicación.
Había cruzado.