Ecos

37. El otro lado

El silencio del lugar no era simplemente ausencia de sonido; era una presencia en sí misma, algo que envolvía todo lo que existía dentro de ese espacio y lo mantenía contenido, como si cualquier intento de romperlo fuera absorbido antes de poder manifestarse completamente. Lía permaneció inmóvil durante varios segundos después de cruzar, no porque estuviera paralizada por el miedo, sino porque su propio cuerpo parecía necesitar tiempo para reajustarse, como si cada uno de sus sentidos tuviera que reaprender cómo funcionar en un entorno que no respondía a las mismas reglas que el mundo que había dejado atrás.

Lo primero que notó fue la luz, o más bien la ausencia de una fuente clara para ella. No venía de ningún punto específico, no proyectaba sombras definidas ni creaba contrastes normales; simplemente existía, extendiéndose de manera uniforme pero irregular, como si el espacio mismo emitiera una claridad tenue que no iluminaba tanto como revelaba. Todo estaba visible… pero nada estaba completamente definido. Las formas se sostenían apenas, como recuerdos incompletos de sí mismas, y los contornos parecían fluctuar ligeramente, como si no estuvieran fijados de manera permanente.

El parque seguía ahí.

Pero no como lo conocía.

Era una versión distorsionada, reconstruida a partir de fragmentos que no encajaban del todo: los árboles se extendían más de lo normal, pero sus ramas no seguían patrones naturales; el suelo parecía continuo, pero había zonas donde su textura cambiaba sin transición; los caminos estaban presentes, pero no llevaban a ningún lugar claro. Era como si ese espacio hubiera sido reconstruido desde la memoria… pero una memoria incompleta.

Lía dio un paso.

El movimiento fue sencillo, natural en intención, pero la respuesta del entorno no lo fue. Sintió un ligero retraso, casi imperceptible pero suficiente para incomodarla, como si el mundo necesitara un instante adicional para adaptarse a su acción antes de reflejarla completamente. No fue una falla visible, sino una sensación, una discrepancia entre lo que hacía y lo que el entorno devolvía.

Repitió el movimiento, esta vez con más atención.

El mismo resultado.

Eso confirmó algo importante.

Ese lugar no reaccionaba de inmediato.

Ese lugar… procesaba.

La idea le generó una inquietud más profunda que cualquier amenaza visible, porque implicaba que ese espacio no era pasivo, que no era simplemente un escenario donde ocurrían cosas, sino algo que respondía, que ajustaba, que posiblemente… observaba.

El aire tampoco era igual.

No tenía peso, pero tampoco era ligero. Respirar no resultaba difícil, pero tampoco era completamente natural, como si el acto en sí no fuera necesario de la misma manera que antes. Era una sensación intermedia, incómoda en su ambigüedad, como si su cuerpo no estuviera seguro de si debía seguir funcionando bajo las mismas reglas.

Y aun así…

ella estaba bien.

Eso también significaba algo.

Algo que empezaba a volverse más claro con cada segundo que pasaba en ese lugar.

A lo lejos, algo se movió.

No fue una figura clara ni una forma definida, sino una alteración dentro de otras alteraciones, una distorsión que no destacaba por su apariencia, sino por la sensación que provocaba al existir. Era como si ese punto del espacio no encajara con el resto, como si estuviera desfasado en una frecuencia distinta.

Lía no retrocedió.

No porque no sintiera miedo.

Sino porque ese miedo ya no era suficiente para hacerla huir.

En lugar de eso, observó.

Y por primera vez desde que todo había comenzado…

no lo hizo como alguien que mira desde fuera.

Sino como alguien que empieza a entender desde dentro.




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