Ecos

39. Encuentro

El tiempo dentro del Eco no avanzaba de una forma que pudiera medirse, y sin embargo no estaba completamente detenido; era más bien una corriente irregular, un flujo que se expandía y se contraía sin seguir un patrón estable, haciendo que cada instante se sintiera al mismo tiempo más largo y más breve de lo que debería. Lía lo percibía sin necesidad de pensarlo, como una sensación constante en el fondo de su conciencia, algo que no podía controlar pero que tampoco podía ignorar, y que poco a poco comenzaba a integrarse en su forma de entender ese lugar.

Había dejado de moverse por unos momentos, no porque estuviera perdida, sino porque estaba escuchando, no con los oídos, sino con algo más profundo, algo que se había despertado en ella desde el momento en que cruzó. El espacio a su alrededor no estaba vacío, nunca lo había estado, pero ahora podía percibirlo de otra manera, como si cada fragmento, cada distorsión, cada irregularidad tuviera una especie de intención latente, una presencia silenciosa que no se manifestaba directamente pero que existía en todo.

Y entonces lo sintió.

No fue un cambio brusco ni una señal evidente, sino una variación en esa misma corriente, una interrupción leve pero clara en el patrón irregular que ya había comenzado a reconocer. Era diferente a todo lo demás que había percibido hasta ese momento. No tenía esa cualidad fragmentada, no generaba esa incomodidad difusa que acompañaba al resto de las presencias en ese lugar. Era más estable, más coherente, como si perteneciera a una estructura distinta dentro de ese mismo entorno.

Lía giró lentamente, no con urgencia, sino con certeza, como si ya supiera lo que iba a encontrar antes de verlo. El movimiento se sintió más natural esta vez, como si su cuerpo hubiera comenzado a adaptarse al ritmo del lugar, como si la conexión que antes la desorientaba ahora empezara a alinearse con su percepción.

Y entonces lo vio.

Kael.

Su forma no era completamente estable, no de la manera en que lo era en el otro lado, pero tampoco estaba distorsionada como las demás presencias de ese mundo. Era reconocible, claramente definido en comparación con todo lo demás, aunque había algo en él que también estaba siendo afectado, como si su existencia en ese lugar no fuera completamente natural, como si aún estuviera ajustándose a las reglas que no había elegido.

Por un momento, ninguno de los dos habló.

No porque no tuvieran algo que decir, sino porque ese instante necesitaba existir por sí mismo, sin interrupciones, sin palabras que lo redujeran a algo más simple. Había demasiado contenido en ese encuentro, demasiado implícito en el hecho de que ambos estuvieran ahí, en el mismo lugar, después de haber cruzado por caminos distintos.

Lía lo observó con atención, no solo confirmando que era él, sino entendiendo lo que significaba que hubiera llegado hasta ahí. No era solo una coincidencia, no era solo una reacción impulsiva. Era una decisión.

Y eso… lo cambiaba todo.

—No ibas a hacerlo sola —dijo Kael finalmente, rompiendo el silencio con una voz más baja de lo habitual, como si ese lugar absorbiera parte de la fuerza con la que normalmente hablaba, como si incluso las palabras tuvieran que adaptarse a ese entorno.

Lía no respondió de inmediato. Sus ojos permanecieron en él, procesando cada detalle, cada pequeña diferencia, cada señal de que él también estaba siendo afectado por ese mundo.

—No deberías haber venido —dijo al final, pero su tono no tenía dureza ni reproche.

Tenía preocupación.

Porque entendía el riesgo.

Porque ahora sabía lo que significaba estar ahí.

Kael dio un paso hacia ella, y esta vez el movimiento no mostró el mismo desfase que ella había experimentado al inicio, como si su entrada, aunque más abrupta, le hubiera permitido anclarse de una forma distinta.

—Te dije que no te iba a dejar —respondió.

La frase no fue compleja.

No necesitaba serlo.

Lo que decía era suficiente.

El silencio volvió, pero no era incómodo.

Era estable.

En un lugar donde nada lo era.

Y por un instante, eso bastó para sostenerlos.

Pero ese instante no duró.

Porque el Eco no permitía quietud prolongada.

Y algo… ya estaba cambiando.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.