Ecos

51. Lo que cruza contigo

El cambio no ocurrió de forma visible al principio, ni como una ruptura evidente que marcara el momento exacto en que dejaron atrás el Eco; en cambio, fue una transición silenciosa, casi imperceptible, como si el mundo al que regresaban se hubiera reconstruido alrededor de ellos sin anunciarlo, sin marcar una línea clara entre lo que había sido y lo que ahora era. El aire volvió a sentirse más pesado, más definido, los sonidos recuperaron su forma habitual, y el espacio dejó de responder a cada pequeño cambio interno como lo hacía antes… pero algo en esa aparente normalidad no terminaba de encajar.

Lía fue la primera en notarlo, no porque lo viera, sino porque lo sintió.

La conexión no había desaparecido.

No se había debilitado.

Solo había cambiado.

Ya no estaba concentrada en un punto específico ni reaccionaba de manera inmediata al entorno, pero seguía ahí, constante, más profunda que antes, como una corriente que fluía por debajo de todo lo demás sin mostrarse completamente. No era invasiva, no la desorientaba como antes, pero tampoco podía ignorarla, porque cada cierto momento, sin aviso, algo se activaba dentro de ella: una sensación, un eco leve, una percepción que no correspondía del todo con lo que tenía enfrente.

Se detuvo.

No por miedo.

Sino porque necesitaba confirmar lo que estaba sintiendo.

Kael también lo notó, no la conexión en sí, pero sí el cambio en ella, esa pausa repentina, esa forma en que su atención se desviaba ligeramente como si algo más estuviera interfiriendo con su percepción.

—¿Qué pasa? —preguntó, manteniendo la voz baja, como si temiera que cualquier alteración pudiera desencadenar algo más.

Lía no respondió de inmediato. Su mirada recorrió el entorno, el mismo parque, los mismos caminos, los mismos árboles… todo parecía igual, pero esa igualdad ahora se sentía superficial, como si fuera solo la capa visible de algo más profundo.

—No se quedó allá —dijo finalmente, con una certeza que no necesitaba explicarse del todo—. Algo… vino conmigo.

La frase no fue dramática.

Pero su peso fue inmediato.

Kael tensó ligeramente la postura, su atención pasando del entorno a ella con una rapidez que dejaba claro que no estaba dispuesto a subestimar lo que acababa de decir.

—¿Qué tipo de “algo”? —preguntó.

Lía dudó.

No porque no quisiera responder, sino porque no tenía una forma exacta de describirlo.

—No es una presencia separada… —murmuró—. No es como antes… es más… —hizo una pausa, buscando la palabra— es como si… estuviera distribuido.

La explicación no era clara.

Pero era suficiente para inquietar.

El silencio que siguió no fue largo, pero sí lo suficientemente pesado como para hacer evidente que ambos entendían lo mismo: lo que habían dejado atrás no había desaparecido, solo había cambiado de forma.

Un sonido leve rompió la quietud.

No fue fuerte.

Ni extraño en sí mismo.

Pero no encajaba con el momento.

Lía giró la cabeza ligeramente, enfocándose en un punto que Kael no había notado al inicio. A unos metros, sobre uno de los senderos, la luz parecía comportarse de forma irregular, no lo suficiente como para ser evidente para cualquiera, pero sí lo bastante para destacar cuando sabías qué buscar.

Un pequeño desfase.

Un parpadeo.

Una distorsión mínima.

Kael lo vio después.

Y eso fue suficiente.

—Eso no estaba ahí antes —dijo.

Lía no respondió.

Porque ya lo sabía.

La conexión dentro de ella reaccionó de inmediato, no con intensidad, pero sí con reconocimiento, como si ese punto fuera parte de lo mismo, como si no fuera un fenómeno nuevo… sino una extensión.

—No se quedó… —repitió en voz baja—. Se extendió.

El mundo seguía siendo el mismo.

Pero ya no estaba intacto.




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