Ecos

53. Lo que responde

El punto de distorsión no desapareció después de que Lía retirara la mano, ni volvió a integrarse al entorno como si nunca hubiera estado ahí; al contrario, su presencia se volvió más evidente, no de forma exagerada o violenta, sino con una persistencia inquietante, como si el simple hecho de haber sido reconocido lo hubiera fijado en la realidad con más firmeza. No crecía, no se abría por completo, pero tampoco permanecía estático; había en él una vibración constante, una irregularidad que no seguía el ritmo natural del mundo a su alrededor, como si existiera en una frecuencia ligeramente distinta, lo suficientemente cercana para ser percibida, pero lo bastante separada como para no integrarse del todo.

Lía lo observaba sin apartar la vista, no por curiosidad, sino porque sentía que desviar la atención en ese momento sería como perder una señal importante, como dejar pasar algo que aún no terminaba de revelarse. La conexión dentro de ella se mantenía activa, no de forma invasiva, pero sí presente, reaccionando con pequeños ajustes cada vez que la distorsión vibraba, como si ambos fenómenos —el interno y el externo— compartieran un mismo origen o, al menos, una misma lógica.

Kael permanecía a su lado, con una tensión contenida que no se manifestaba en movimientos bruscos, sino en la forma en que observaba todo a su alrededor, evaluando no solo el punto frente a ellos, sino cualquier posible cambio en el entorno. No confiaba en la quietud aparente, no después de todo lo que habían visto, y la sensación de que algo podía ocurrir en cualquier momento lo mantenía alerta, listo para reaccionar aunque no supiera exactamente contra qué.

—No me gusta esto —dijo finalmente, sin apartar la vista del fenómeno—. Está… esperando.

Lía no respondió de inmediato.

Porque no estaba segura de que esa fuera la palabra correcta.

—No —murmuró—. Está escuchando.

La diferencia fue sutil.

Pero importante.

Y en cuanto la dijo, el punto de distorsión reaccionó.

No de forma violenta.

No como un ataque.

Sino con una leve intensificación, como si la superficie irregular del espacio se tensara por un instante, como si algo dentro de ese punto hubiera reconocido la intención detrás de esas palabras.

El aire cambió.

No en temperatura.

No en densidad.

Sino en presencia.

Lía sintió cómo la conexión dentro de ella se activaba con mayor claridad, no como una alerta, sino como una resonancia, como si ese punto estuviera intentando sincronizarse con algo en su interior, como si hubiera una coincidencia que aún no se completaba.

Y entonces…

ocurrió.

Una forma comenzó a definirse dentro de la distorsión, no completamente visible, no completamente separada, sino como una sugerencia, una silueta que emergía lentamente de la irregularidad del espacio, como si algo intentara cruzar sin terminar de existir en ese lado. No era estable, no tenía contornos claros, pero había en ella una intención innegable, una dirección, algo que no podía atribuirse a un simple error.

Kael dio un paso al frente por instinto, colocándose ligeramente entre Lía y la distorsión.

—Atrás —dijo, con una firmeza inmediata—. No sabemos qué es.

Pero Lía no retrocedió.

No porque ignorara el peligro.

Sino porque entendía algo más.

La conexión dentro de ella no reaccionaba con rechazo.

Reaccionaba con reconocimiento.

—No es como lo de antes… —dijo en voz baja—. No está incompleto.

La figura dentro de la distorsión se estabilizó un poco más, lo suficiente como para sugerir una forma más definida, aunque aún fragmentada en los bordes, como si no terminara de encajar completamente en ese espacio. No avanzaba del todo, pero tampoco se retiraba. Se mantenía en ese límite, en ese punto exacto donde ambas realidades parecían tocarse sin fusionarse completamente.

Y entonces…

habló.

No con una voz clara.

No con palabras completas.

Pero sí con algo que podía entenderse.

—…sigues…

El sonido fue bajo, distorsionado, como si atravesara capas que no estaban diseñadas para dejarlo pasar completamente, pero lo suficientemente claro como para no ser ignorado.

Lía sintió cómo su respiración se detenía por un instante.

No por miedo.

Sino por la certeza.

—Me reconoce —dijo.

Kael no apartó la vista de la figura.

—Eso no es algo bueno.

Pero la figura no avanzó.

No atacó.

No reaccionó como una amenaza inmediata.

Se mantuvo ahí.

Observando.

Como si también estuviera tratando de entender.




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