Ecos

Capítulo 1: Donde la niebla comienza

"¡Hola, Bienvenido! Esta es una historia llena de misterios teóricos, anomalías y secretos. Estaré publicando nuevos capitulos cada Martes y jueves, así que no olvides agregar la novela a tu biblioteca para no perderte nada. ¡Déjame tus teorías en los comentarios!"

El zumbido constante de los neumáticos contra el asfalto mojado terminó por convertirse en una especie de ruido blanco. Llevaba más de cuatro horas estático en el asiento trasero del auto, con la frente apoyada contra el cristal frío de la ventanilla y los auriculares puestos. La música —una melodía lánguida y distorsionada que repetía en bucle— era lo único que me mantenía anclado a la realidad, aislando el murmullo intermitente de las conversaciones de mis padres en los asientos delanteros.

​Hablaban sobre presupuestos, sobre el papeleo del nuevo empleo de mi padre y sobre las expectativas de dejar atrás la ciudad. Yo, en cambio, solo miraba el paisaje transformarse.

​El cambio no fue gradual; fue un golpe seco. En el momento exacto en que cruzamos la línea estatal y nos adentramos en Oregón, la vibra del ambiente dio un vuelco absoluto. El cielo, que antes mostraba algunos destellos de luz solar entre las nubes, se cerró en un gris plomizo, pesado y uniforme. La vegetación se volvió densa, casi agresiva. Los pinos, gigantescos y oscuros, se alzaban a ambos lados de la carretera como una muralla interminable que parecía cerrarse sobre nosotros. La neblina flotaba a ras del suelo, trepando por los troncos y engullendo las señales de tránsito. Sentí un escalofrío repentino, una opresión extraña en el pecho, como si el aire mismo se hubiera vuelto más denso, más frío.

​Antes de adentrarnos por completo en nuestro nuevo hogar, mi padre desvió el auto hacia el centro de Blackwood Bay. Necesitábamos un respiro del viaje, así que nos detuvimos en una cafetería junto a la carretera, un clásico diner americano de fachada de madera envejecida y un letrero de neón que parpadeaba débilmente contra el cielo gris. Al entrar, el olor a café cargado, manteca y panqueques nos recibió de golpe. El lugar tenía ese aire rústico y acogedor, con mesas de madera y grandes ventanales.

​ Nos acomodamos en una de las mesas junto al vidrio. Me pegué a la ventana, perdiéndome de inmediato en el paisaje exterior, ajeno a todo lo demás. El diner estaba construido justo al borde de la costa: afuera se extendía un acantilado imponente y abrupto que caía de golpe hacia un mar frío y picado. El agua, de un tono gris oscuro casi negro, golpeaba con fuerza las rocas de abajo, envuelta en una neblina densa que subía desde el océano y borraba la línea del horizonte. A lo lejos, recortándose débilmente entre la bruma, se alzaba la silueta de un viejo faro cuya luz giratoria parpadeaba con un destello amarillo, constante y pesado, como un ojo vigilando la inmensidad vacía. La escena tenía una belleza melancólica que encajaba mejor con mi estado de ánimo.

​—Liam, ¿qué vas a querer? —La voz de mi madre me sacó de golpe de mis pensamientos.

​ Parpadeé, regresando a la realidad de la mesa de mala gana. En ese mismo instante, uno de los meseros se había acercado para atendernos. Al levantar la vista de forma mecánica, me topé con un chico un par de años mayor que yo. Tenía la piel blanca, el cabello castaño claro sutilmente ondulado y unos ojos cafés que, por alguna razón, desentonaban con la hostilidad del clima exterior. Al notar que estaba completamente en las nubes, me regaló una sonrisa amplia y enérgica, una de esas expresiones excesivamente amables que a la gente introvertida como yo nos suele resultar un poco abrumadora. Llevaba el uniforme de trabajo del lugar, y prendido al pecho, un pequeño distintivo metálico mostraba su nombre: Ethan.

​Sostuve su mirada por menos de un segundo, completamente indiferente a su cortesía. Para mí, solo era un empleado más haciendo su trabajo en un pueblo perdido. Bajé la vista hacia el menú de inmediato para cortar el contacto visual y evitar cualquier interacción innecesaria.

​—Un café negro y unos panqueques, por favor —respondí con mi tono plano y distante de siempre.

​Mis padres le sonrieron al chico, compensando mi falta de entusiasmo, y terminaron de ordenar la comida. Ethan anotó todo con agilidad en su pequeña libreta y, tras darnos una última confirmación cortés, se retiró hacia la barra. No volví a mirarlo. Regresé de inmediato a mi refugio visual a través del cristal, concentrándome de nuevo en el haz de luz del faro y en las olas rompiendo contra el acantilado. Tras terminar de comer y pagar la cuenta, volvimos al auto y retomamos la marcha. Nuestra nueva casa no estaba en el pueblo; estaba aislada, hundida directamente en el corazón del bosque.

​Cuando finalmente llegamos, me quité los auriculares y miré por la ventana del auto. El aroma a tierra húmeda, pino y salitre me inundó las fosas nasales. Frente a mí se alzaba una estructura de madera envejecida por la humedad, de dos plantas y un tejado empinado. Las copas de los árboles la cubrían casi por completo, bloqueando la poca luz que quedaba del día. Era una casa silenciosa, con esa dignidad triste que tienen las cosas que han pasado demasiado tiempo solas.

​—Bueno, Liam —dijo mi padre, apagando el motor y dándome una mirada optimista a través del espejo retrovisor—. Ya estamos aquí. Es un buen lugar para empezar de nuevo.

​Asentí en silencio, sin querer romper la quietud del bosque con mi voz. Agarré mi mochila y una de las maletas, dejando que ellos se encargaran del resto, y entré. El interior olía a madera guardada y a cera vieja. Mientras mis padres inspeccionaban la cocina y la sala principal, yo subí las escaleras guiado por una mezcla de curiosidad y la necesidad innata de encontrar mi propio espacio.

Mi habitación resultó ser la abitacion del ático. Al empujar la puerta, me encontré con un espacio largo y estrecho de paredes desgastadas, el techo alto y triangular de tablones de madera crujía suavemente sobre mi cabeza. La cama estaba dispuesta a un lado, pegada a la pared, y al fondo, en el centro, se alzaba una ventana rectangular y alargada, rematada en un sutil arco en la parte superior. El aire allí arriba era frío y olía a encierro.



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En el texto hay: misterio, scifi, amor lgbt

Editado: 09.06.2026

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