Ecos

Capítulo 2: La simetría sospechosa

El frío de la mañana en Blackwood Bay no se filtraba de golpe, sino que se instalaba en los huesos con una lentitud metódica. Me desperté cuando la luz grisácea del amanecer apenas lograba teñir las vigas del techo. Lo primero que hice fue girar la cabeza hacia los pies de la cama, buscando mecánicamente la mancha oscura de la noche anterior.

​ Me incorporé, recorriendo el ático con la mirada. Las tablas del suelo estaban despejadas y el viejo armario permanecía cerrado. El gato negro había desaparecido sin dejar el menor rastro. No le di demasiada importancia; supuse que, al tratarse de una casa de campo rodeada por una vegetación tan densa, el animal habría encontrado alguna rendija para salir a cazar ratones o insectos en el bosque. Los animales rurales se rigen por sus propias leyes energéticas y de supervivencia.

​Me vestí de prisa, metí las manos en los bolsillos de mi abrigo antes de bajar las escaleras de madera. En la planta baja, el aroma a café recién filtrado ayudaba a disipar un poco la atmósfera estática de la casa. Mi madre, Elena, estaba ordenando algunas tazas en las alacenas de la cocina, mientras mi padre, Thomas, revisaba unos papeles del trabajo junto a la mesa.

​—Buenos días, Liam —dijo mi madre, regalándome una sonrisa cansada pero cálida—. ¿Cómo pasaste tu primera noche en la casa nueva? ¿Pudiste descansar?.

​ Me senté en el comedor, aceptando la taza de café que me ofrecía. La imagen de la silueta tras la cortina se cruzó por mi mente como un relámpago helado. Recordé el vacío absoluto al descorrer la tela, la ausencia de huellas en el vacío del patio exterior. No tenía sentido mencionarlo; mi mente analítica ya estaba buscando explicaciones racionales o teóricas sobre refracción de luz o fatiga visual debido al largo viaje. Decir la verdad solo sembraría una preocupación inútil en ellos.

​—Bien —respondí con mi tono plano habitual, sosteniendo la taza tibia entre mis manos—. Dormí bien. La casa es silenciosa.

​ —Me alegra oír eso —comentó mi padre, acomodándose los anteojos y guardando los papeles en una carpeta —. El aislamiento tiene sus ventajas. En un par de horas tenemos que ir al centro para terminar de registrar los documentos de la mudanza y pasar por el instituto. Será un día largo.

​ A media mañana, los tres nos subimos al auto y tomamos la carretera que conducía al corazón de Blackwood Bay. Con la luz del día, aunque completamente tamizada por la neblina perpetua, el pueblo se revelaba con mayor claridad. Me pegué a la ventanilla, utilizando mi abrigo como escudo contra el exterior, y me dediqué a hacer lo que mejor sabía hacer: observar y analizar.

​Pasamos por las calles principales, flanqueadas por edificios de madera oscura y tiendas con letreros desgastados que recordaban a las imágenes de un archivo antiguo. Detrás del cristal, me dediqué a escanear a los habitantes. Había personas caminando por las aceras con abrigos gruesos, un hombre barriendo la entrada de una tienda, una mujer cargando bolsas de compras.

​Todo era extrañamente normal. Demasiado normal.

​Al observar los movimientos de los transeúntes, noté una simetría artificial, una especie de coreografía ensayada. La gente caminaba con expresiones vacías sin mirar realmente a su alrededor. Nadie parecía sorprenderse por la niebla densa ni por el frío cortante. Se movían como si siguieran una ruta preprogramada y sus interacciones estuvieran calculadas para rellenar el espacio. Cruzar la mirada con algunos de ellos era como mirar a través de un espejo empañado; no había una chispa real en sus ojos. Parecían proyecciones, una simulación diseñada para que el pueblo luciera habitado.

​ Nuestra siguiente parada fue el instituto de Blackwood Bay. Al detenernos frente a la entrada, confirmé lo que mi padre había mencionado. El edificio era imponente, una estructura masiva de ladrillos y grandes ventanales que parecía absorber la poca luz del día. No tenía nada que ver con las escuelas rurales típicas; el lugar era grande, con pasillos amplios que en ese momento se encontraban vacíos debido las vacaciones. Mientras mis padres se encerraban en la oficina del director para formalizar mi inscripción y entregar mis calificaciones anteriores, yo me quedé sentado en una banca del vestíbulo. El eco de mis propios pasos en el suelo de terrazo me recordó el tamaño del lugar. Iba a ser fácil pasar desapercibido en un sitio tan grande, lo cual, para mi personalidad introvertida, era una ventaja.

​ Para cuando terminamos con toda la burocracia y regresamos a la casa en el bosque, el reloj ya marcaban las dos de la tarde. Mi padre apenas tuvo tiempo de dejar las llaves antes de despedirse; su nuevo empleo requería que se presentara de inmediato para cubrir el turno vespertino. Mi madre se quedó en la planta baja, sumergida de nuevo en la tarea de desempacar las cajas de la mudanza.

​ Aproveché el momento para retirarme a mi espacio. Subí las escaleras hacia el ático y, al empujar la puerta de madera, me detuve en seco.

​En mitad de la habitación, justo en el centro del suelo de tablones limpios y despejados, estaba el gato negro.

​ Se encontraba sentado de manera perfectamente recta, con la cola enroscada alrededor de sus patas delanteras, como si hubiera estado esperándome en esa posición exacta durante horas. La lógica me decía que era imposible que hubiera entrado sin que lo vieramos antes de salir o despues estando las puertas cerradas, pero la fría racionalidad de mi mente decidió aceptar la anomalía sin alterarse. A pesar de lo extraño de sus apariciones y desapariciones, la realidad era que su presencia me transmitía una comodidad inusual. Su silencio sintonizaba perfectamente con el mío.

​Caminé hacia la cama y me senté en el borde, dejando escapar un suspiro de cansancio. El gato no tardó en reaccionar. Se levantó con pasos elegantes y silenciosos, saltó al colchón con una ligereza increíble. Se sentó a escasos centímetros de mí, clavando sus ojos amarillos y profundos en los míos.



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En el texto hay: misterio, scifi, amor lgbt

Editado: 09.06.2026

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