Ecos

Capítulo 3: Mecánica de las sombras

El despertar de la mañana siguiente no ofreció ninguna novedad. El clima en Blackwood Bay parecía haberse congelado en un ciclo idéntico y perpetuo: la misma neblina densa arrastrándose entre los pinos, la misma escasez de luz solar que apenas lograba clarear el cielo plomizo y ese frío seco que se colaba por las rendijas del ático. Todo en aquel lugar se sentía extrañamente cotidiano, como si los días no avanzaran, sino que se repitieran a sí mismos.

Había divisado una pequeña librería en el centro durante nuestro recorrido del día anterior, y mi mente analítica necesitaba con urgencia un refugio de lógica y papel. Por la tarde, caminé hasta la carretera y esperé en la parada del autobús. Cuando el transporte llegó, las puertas se abrieron con un quejido metálico. Me subí y noté que estaba casi vacío; solo un par de personas se repartían en los asientos del fondo, inmóviles, con la mirada perdida en el paisaje brumoso de la ventana. Al llegar al pueblo, bajé y caminé unas pocas calles flanqueadas por fachadas grises hasta encontrar el local.

Una pequeña campana de bronce tintineó sobre mi cabeza al empujar la puerta de madera. El olor a papel viejo, polvo y humedad me recibió de inmediato, un aroma reconfortante que me hizo relajar los hombros. Comencé a recorrer los estantes con parsimonia, deslizando las yemas de los dedos sobre los lomos desgastados. Me detuve en una sección apartada al fondo y saqué un ejemplar que capturó mi atención de inmediato: *«Mecánica de las sombras y el eco temporal»*. Parecía un tratado antiguo, denso y complejo, que teorizaba sobre cómo la energía de los eventos pasados puede quedar atrapada en la geografía de un lugar, repitiéndose como una proyección infinita. Justo el tipo de lectura racional que buscaba.

En ese momento, el tintineo de la campana de la entrada volvió a resonar en el local. No le presté atención, estaba concentrado en leer la sinopsis de la contraportada, hasta que una extraña sensación de fijeza me obligó a agudizar el oído. Al mirar de reojo, me di cuenta de que alguien, al otro lado de la estantería, me estaba observando fijamente.

Sin despegar la mirada de las páginas, mantuve mi habitual tono plano y distante.

—¿Necesitas algo? —pregunté, sin un ápice de amabilidad.

Al otro lado del mueble, una figura se incorporó del todo. El estante no era tan alto, de hecho era un poco más bajo que yo, por lo que su rostro quedó expuesto a escasos centímetros del mío, separados únicamente por la hilera de libros. Era Ethan. No llevaba el uniforme de trabajo, sino una campera abrigada, pero mantenía los mismos ojos castaños y esa expresión vivaz que contrastaba con la apatía del resto del pueblo.

—No, para nada —respondió de inmediato, rascándose la nuca con una sonrisa un tanto avergonzada mientras me sostenia la mirada por encima de los libros—. Solo... estaba buscando un libro para leer.

Para demostrarlo, estiró la mano hacia el estante que tenía al lado, agarró el primer tomo que sus dedos tocaron y lo alzó en el aire para mostrármelo, como si necesitara justificar su presencia allí. Miré el libro que sostenía y luego lo miré a él, enarcando una ceja. El título en la portada, decorado con letras cursivas y flores pasteles, decía claramente: «Bordados de la abuela: Guía práctica de costura y punto de cruz». Lo había tomado por puro despiste, sin fijarse en absoluto.

Dejé salir una pizca de mi habitual sarcasmo, sosteniéndole la mirada.

—¿Te gusta bordar?

Ethan bajó la vista hacia el libro en sus manos, procesando el título por primera vez. Una oleada de genuina pena y vergüenza le tiñó las mejillas de rojo.

—Eh... no, de hecho, no tengo idea de cómo hacer esto —admitió, soltando una risa nerviosa mientras se apresuraba a colocar el manual de costura exactamente donde lo había encontrado.

La torpeza del momento terminó por romper un poco mi rigidez. Nos quedamos un rato conversando en el pasillo de la librería. Fue una charla corta; él intentaba entablar conversación con entusiasmo, preguntándome cómo me estaba adaptando al pueblo, mientras yo respondía con mis monosílabos y frases cortas habituales, manteniendo mi distancia. A pesar de mi frialdad, Ethan no pareció molestarse. Al cabo de unos minutos, revisó su reloj de pulsera y dejó escapar un suspiro.

—Bueno, tengo que irme ya, se me hace tarde para el turno en la cafetería —dijo, dándome una última mirada amable—. Nos vemos por ahí, Liam.

Asentí levemente a modo de despedida. Caminé hacia el mostrador, pagué por el libro de teorías temporales y un par de textos más, y salí a la calle. Decidí pasear un rato más por el pueblo para continuar con mi escaneo del entorno antes de que la luz terminara de morir.

Caminaba por una calle secundaria, casi desierta, cuando me detuve en seco.

A unos metros de mí, justo en medio del asfalto de la calle, había una persona parada. No se movía. No cruzaba la calle, no miraba el cielo, no hacía absolutamente nada. Solo estaba allí, de espaldas a mí, con una rigidez antinatural que me erizó los vellos de los brazos. Me le quedé mirando un largo rato, tratando de descifrar si era un habitante real o mi imaginación jugándome una mala pasada. El silencio alrededor se volvió opresivo. De repente, el sonido de un motor rompió la quietud; un auto venía doblando la esquina a poca velocidad. Pestañé un segundo para mirar el vehículo y, cuando volví a dirigir la vista hacia el centro de la calle, la persona ya no estaba. Había desaparecido por completo en ese pestañeo, sin tiempo físico material para haber corrido hacia la acera. No había esquinas cerca, ni portales abiertos. Nada.

Eso sobrepasaba cualquier explicación lógica de refracción. Me pareció sumamente extraño y una punzada de incomodidad me recorrió el estómago. Decidí que ya había tenido suficiente del pueblo por ese día y caminé a paso apresurado de regreso a la parada del autobús.



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En el texto hay: misterio, scifi, amor lgbt

Editado: 09.06.2026

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