El cielo sobre Osteria tenía el color de un hematoma antiguo; una mezcla enfermiza de gris industrial y violáceo que las dos lunas apenas lograban atravesar. No había pájaros. Hacía meses que no se veía ninguno. Lo único que rompía el silencio de la carretera era el ronroneo asmático del motor del viejo sedán familiar y la tos seca, rítmica, que provenía del asiento trasero.
Kaelen, de dieciocho años, apretó los puños sobre sus rodillas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Miró de reojo a su hermana. Nia, con solo doce años, parecía encogida dentro de su abrigo, demasiado grande para ella. Su piel estaba pálida, casi translúcida.
—Ya casi llegamos, cariño. —dijo su madre, Elena, desde el asiento del copiloto. Su voz temblaba, intentando inyectar un optimismo que sus ojos cansados no reflejaban.
El padre de Kaelen, Arthur, no dijo nada. Mantenía la vista fija en la carretera, sus manos aferradas al volante con desesperación. Delante de ellos, emergiendo de la bruma tóxica como una catedral futurista, se alzaba el Bio-Domo 4.
Era una estructura colosal, un domo de hexágonos blancos inmaculados que brillaban con luz propia, insultantemente limpios en medio de un mundo cubierto de polvo y decadencia. El logotipo de SYNVION —una doble hélice de ADN rompiendo un escudo— dominaba la entrada principal, proyectado en hologramas azules que prometían: "Evolución a través de la preservación".
—¿Nos va a doler? —preguntó Nia en un susurro, rompiendo el silencio del coche.
Kaelen le tomó la mano. La sentía fría. —No, enana. Será como una vacuna de la escuela. Un pinchazo y luego... dicen que tendremos sueños bonitos. Y cuando despertemos, la Fiebre del Polvo se habrá ido.
El coche se detuvo en el puesto de control. Un soldado con armadura negra completa, sin rostro visible bajo el casco táctico, golpeó la ventanilla con el cañón de su rifle.
—Identificación —ladró una voz distorsionada.
Arthur entregó los documentos con manos temblorosas. —Familia Vane. Tenemos cita prioritaria. Mis hijos...
—Avancen. Zona de descarga C. Tienen cinco minutos.
El interior del complejo era abrumador. El aire estaba filtrado, olía a ozono y a antiséptico, un contraste violento con el aire viciado del exterior. Había miles de personas, pero reinaba un silencio sepulcral, organizado por filas de colores pintadas en el suelo.
—Atención, ciudadanos —resonó una voz melódica por los altavoces—. La Iniciativa Arca es su salvación. Por favor, sigan los protocolos. La obediencia es supervivencia.
Llegaron a una bifurcación en el pasillo. Un equipo de enfermeros con trajes blancos y soldados de Synvion bloquearon el paso.
—Adultos a la izquierda, sector Geriátrico y Adulto —dijo una enfermera con una tablet en la mano, sin mirar a nadie a los ojos—. Menores de 13 a 17 años, pasillo central. Mayores de 18 a 25, pasillo derecho.
El corazón de Kaelen se detuvo. —¿Qué? No, no nos dijeron eso. Tenemos que estar juntos —protestó su padre, dando un paso adelante. Un soldado le puso una mano en el pecho y lo empujó hacia atrás con fuerza innecesaria.
—Protocolo de eficiencia biológica, señor —dijo el soldado—. No lo repetiré.
—¡Mamá! —gritó Nia, aferrándose al brazo de Kaelen.
—¡Es solo para el procedimiento! —gritó Elena mientras los enfermeros la empujaban hacia la izquierda—. ¡Nos veremos al despertar! ¡Arthur, diles algo!
—¡Os quiero! —gritó el padre, siendo arrastrado por la multitud—. ¡Kaelen, cuida de tu hermana!
Pero Kaelen no podía. Una mano firme le agarró el hombro. Otro enfermero estaba tirando de Nia hacia el pasillo central. —¡No! ¡Ella viene conmigo! —gritó Kaelen, forcejeando.
—Tiene doce años. Corresponde al sector pediátrico —dijo la enfermera fríamente.
Nia miró hacia atrás, con los ojos llenos de lágrimas. Fue una imagen que se grabaría a fuego en la mente de Kaelen: su hermana pequeña, siendo llevada por un pasillo blanco interminable, extendiendo la mano hacia él. —¡Kaelen!
—¡Te encontraré! —prometió él, gritando sobre las cabezas de la multitud mientras los soldados lo empujaban hacia el pasillo derecho—. ¡Nia, te prometo que te encontraré en cuanto despertemos!
La puerta se cerró. Kaelen se quedó solo, rodeado de extraños, respirando agitadamente.
—Duro, ¿verdad? —dijo una voz a su lado.
Kaelen se giró. Un chico de su edad, de cabello revuelto y una sonrisa ladeada que parecía fuera de lugar en ese infierno, lo miraba. Llevaba una chaqueta de cuero gastada. —Soy Jarek. Tranquilo, amigo. Si Synvion quisiera matarnos, no gastarían tanto dinero en aire acondicionado.
Kaelen asintió, secándose una lágrima furiosa. —Kaelen.
—Bienvenido a la fiesta, Kaelen. Vamos, no querrás hacer esperar a la historia.
Jarek lo guio hacia la Habitación 7-B. Era un espacio amplio con seis camillas tecnológicas, monitores y ventanales que, curiosamente, no daban al exterior, sino a una pared digital que mostraba paisajes relajantes.
Allí ya estaban los otros. Un chico corpulento que parecía capaz de levantar un coche (Dax), una chica de mirada afilada que revisaba los cables de las máquinas con recelo (Lyra), y otros dos chicos que parecían aterrorizados, sentados en las esquinas (Tren y Mira).
—Parece que somos compañeros de cuarto —dijo Lyra, cruzándose de brazos—. Espero que ninguno ronque.
Intentaron hablar, hacer bromas nerviosas sobre la comida del hospital o lo que harían cuando la pandemia terminara, pero la tensión era palpable. Kaelen apenas escuchaba. Solo podía pensar en Nia sola en algún lugar de ese laberinto.
La puerta se abrió y entró un equipo médico. —Posiciones —ordenó el doctor principal.
Kaelen se tumbó en la camilla asignada. El colchón se amoldó a su cuerpo. Sintió el pinchazo frío en el brazo, seguido de un calor que le subió por el cuello.
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Editado: 09.01.2026