El despertar no fue como Kaelen lo había imaginado. No hubo música suave, ni enfermeras sonrientes trayendo jugo de naranja.
Hubo polvo.
Kaelen abrió los ojos y tosió violentamente. El aire que entró en sus pulmones estaba viciado, pesado, con un sabor metálico a humedad y tierra mojada. Intentó sentarse, pero su cuerpo pesaba una tonelada, como si la gravedad de Aion se hubiera duplicado mientras dormía. Sus articulaciones crujieron.
La habitación estaba en penumbras, iluminada apenas por la luz espectral de las lunas que se filtraba por... ¿dónde estaba la pared digital?
Kaelen parpadeó, tratando de enfocar. La pantalla que antes mostraba paisajes relajantes estaba destrozada, un rectángulo negro y muerto. En su lugar, a través de las grietas del yeso, una enredadera gruesa y espinosa se había abierto paso hacia el interior, reptando por el suelo como una serpiente vegetal.
—¿Qué demonios...? —la voz de Jarek sonó ronca, rota, desde la camilla contigua.
Poco a poco, los demás comenzaron a removerse. Gemidos de confusión, toses secas. Lyra se incorporó, frotándose las sienes, y al mirar sus propias manos soltó un grito ahogado. —Las sábanas... —susurró.
Kaelen bajó la mirada. Las sábanas blancas e impolutas de Synvion eran ahora trapos amarillentos, rígidos por la suciedad acumulada y roídos en los bordes. Su propia bata de hospital tenía manchas de moho.
—¿Cuánto tiempo hemos dormido? —preguntó Mira, con la voz temblorosa, abrazándose las rodillas.
Jarek ya estaba de pie. Se movía con dificultad, pero su instinto de alerta parecía haber despertado antes que sus músculos. Caminó hacia la ventana real, la que daba al exterior, y limpió la capa de mugre con el antebrazo. —Tienen que ver esto —dijo. Su tono no era de miedo, sino de pura incredulidad.
Kaelen se obligó a levantarse. Sus piernas temblaban, pero logró llegar al cristal. Al mirar fuera, el aliento se le congeló en la garganta.
El Bio-Domo 4, la maravilla arquitectónica del siglo, parecía una ruina antigua. El patio exterior estaba irreconocible. El pavimento de hormigón había estallado, levantado por raíces inmensas que brotaban del suelo como dedos de gigantes. Árboles de corteza gris y hojas púrpuras crecían descontrolados, enredándose en las estructuras metálicas. Pero lo más aterrador no era la vegetación.
Era la cerca.
Una nueva muralla de metal oxidado y alambre de púas rodeaba el perímetro visible, mucho más alta y agresiva que la seguridad original. Y abajo, en lo que quedaba de los caminos, había movimiento. No eran médicos. Eran soldados, pero no llevaban los uniformes pulcros de antes. Sus armaduras estaban abolladas, remendadas con cuero y metal bruto. Empujaban una fila de jóvenes —vestidos con las mismas batas sucias que ellos— apuntándoles con rifles de asalto.
—Nos están tratando como ganado —murmuró Dax, que se había unido al grupo en la ventana, su gran silueta proyectando una sombra sobre Lyra.
—Eso no parece una cura —dijo Lyra, analizando el patio—. Esas plantas... esa especie no debería crecer tan rápido. Eso lleva años, o una aceleración biológica imposible.
De repente, el sonido de botas pesadas resonó en el pasillo exterior.
—¡A las camas! —ordenó Jarek en un susurro urgente—. ¡Rápido! Que piensen que seguimos dormidos.
El pánico les dio la velocidad que les faltaba. Se lanzaron sobre sus camillas, cubriéndose con las sábanas podridas, controlando la respiración. Kaelen cerró los ojos, pero dejó una rendija mínima para ver.
La puerta se abrió con un chirrido metálico, como si las bisagras no se hubieran usado en décadas. Tres figuras entraron. Dos eran soldados —los llamaremos Recolectores, pensó Kaelen al ver sus bolsas llenas de chatarra— y uno llevaba una bata de médico que era poco más que harapos grises.
—La sala 7-B debería estar lista para el procesamiento —dijo el médico. Su voz sonaba cansada, arrastrando las palabras—. El suero Cronos falló en el sector norte. Estos deberían estar maduros.
Uno de los soldados se acercó a la cama de Tren, el chico que dormía cerca de la puerta. Le dio un golpe en la pierna con la culata del rifle. Tren no se movió, paralizado por el miedo.
El médico se acercó a Kaelen. El corazón de Kaelen martilleaba contra sus costillas. No te muevas. No respires. El médico le levantó el párpado con un dedo enguantado y sucio. Luego le tomó el pulso.
—Ritmo cardíaco elevado —murmuró el médico. Se tensó—. Pupilas reactivas. ¡Están despiertos!
—¡Ahora! —gritó Jarek.
El caos estalló en la habitación pequeña. Jarek saltó de su cama con una ferocidad animal, lanzándose sobre el soldado más cercano. No tenía técnica, solo desesperación. Kaelen y Dax no lo dudaron. Impulsados por el terror puro, se abalanzaron sobre el segundo soldado antes de que pudiera levantar su rifle.
Dax, haciendo uso de su tamaño, placó al soldado contra la pared, haciendo temblar la estructura. Se escuchó un crujido nauseabundo y el soldado cayó inerte. Kaelen, respirando agitadamente, vio que el médico intentaba correr hacia la puerta para dar la alarma.
—¡La puerta! —gritó Lyra.
Dax fue más rápido. Agarró al médico por el cuello de la bata y lo lanzó hacia el centro de la habitación. El hombre cayó de rodillas, rodeado por cinco adolescentes confundidos, asustados y violentos.
—¿Qué está pasando? —gruñó Jarek, tomando el rifle del soldado muerto. Le temblaban las manos, pero apuntó a la cabeza del médico—. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Por qué el mundo se ve así?
El médico los miró con ojos desorbitados. No parecía tener miedo a la muerte, sino a algo más. —No importa el tiempo... —balbuceó, con una sonrisa maníaca y dientes amarillos—. La Cosecha ha comenzado. No podéis escapar de los Efigies.
Antes de que Jarek pudiera detenerlo, el médico se llevó la mano a la boca y mordió algo con fuerza. —¡No! —gritó Kaelen, intentando sujetarlo.
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Editado: 09.01.2026