El aire nocturno quemaba en los pulmones de Kaelen como si fuera ácido. Corría a ciegas, tropezando con raíces nudosas que emergían del suelo como venas varicosas de la tierra. A su alrededor, el mundo era un borrón de sombras y luces rojas giratorias que barrían el patio del Bio-Domo, transformando la vegetación en monstruos danzantes.
—¡No paréis! —bramó Jarek desde la vanguardia.
A pesar de haber despertado hace apenas unos minutos de un sueño de años, Jarek se movía con una determinación aterradora. Llevaba el rifle robado en una mano, pero no disparaba; sabía que el ruido solo atraería a más guardias.
Kaelen sentía que sus piernas eran de plomo. Sus pies descalzos sangraban, cortados por piedras y cristales, pero el terror anestesiaba el dolor. Detrás de él, escuchaba los sollozos entrecortados de Mira y la respiración pesada de Dax, que cerraba el grupo empujando a Tren para que no se quedara atrás.
—¡Allí! —gritó Lyra, señalando hacia el frente.
La valla perimetral se alzaba ante ellos como una muralla de prisión. Cinco metros de acero coronados por alambre de espino. Pero el tiempo había sido su aliado: un enorme árbol mutado, con el tronco grueso y retorcido, había caído sobre una sección de la cerca, doblando el metal hacia afuera bajo su peso colosal.
—¡Al suelo! —ordenó Jarek, deslizándose por el barro hacia la brecha.
El espacio para pasar era estrecho, un triángulo de metal retorcido y tierra fangosa debajo del árbol caído. El problema era que la estructura era inestable; el árbol crujía, amenazando con aplastar lo poco que quedaba de la abertura.
—¡Pasad! ¡Yo lo sostengo! —gritó Jarek.
El líder del grupo tiró el rifle al otro lado y metió los hombros bajo una viga de acero que colgaba peligrosamente baja, impidiendo el paso. Con un gruñido gutural, empujó hacia arriba. Sus músculos, recién despertados de la atrofia, temblaron violentamente.
—¡Rápido! —gritó, con los dientes apretados.
Mira fue la primera. Se arrastró por el barro llorando, raspándose la espalda contra el metal, pero pasó. Tren la siguió, temblando como una hoja. Lyra miró a Jarek un segundo, evaluando la situación, y luego se deslizó con agilidad felina hacia el otro lado.
—¡Vamos, Kaelen! —urgió Jarek. Una vena palpitaba en su frente. El peso debía ser insoportable.
Kaelen se tiró al suelo y se arrastró. El olor a óxido y tierra húmeda le llenó la nariz. Sintió el metal frío rozándole la columna. Al salir al otro lado, se giró para ayudar.
Dax era el último. Y era grande. —¡Pasa, grandullón! —le gritó Jarek. Su voz se estaba quebrando.
Dax se forzó a través del hueco. Su espalda ancha chocó contra la viga que Jarek sostenía. La estructura gimió. —¡Ya voy! —gruñó Dax, empujándose con los codos hasta caer del lado de la libertad, jadeando.
—¡Ahora tú, Jarek! —gritó Kaelen, extendiendo la mano a través del agujero—. ¡Suéltalo y salta!
Jarek asintió, bañado en sudor. Se preparó para soltar la viga y rodar hacia ellos. Pero entonces, el sonido de disparos rompió la noche.
¡Crack! ¡Crack!
Las balas impactaron contra el tronco del árbol, haciendo volar astillas de madera. —¡Están aquí! —gritó Lyra.
Jarek intentó moverse, pero el sobresalto hizo que perdiera el equilibrio en el barro resbaladizo. La viga de acero, liberada de su tensión, se desplomó con un estruendo metálico. Jarek gritó. Un grito desgarrador, puro dolor.
—¡Jarek! —Kaelen se lanzó hacia la valla.
La viga había caído, atrapando la pierna izquierda de Jarek contra el suelo de hormigón roto. Estaba inmovilizado del otro lado, del lado del Bio-Domo.
—¡Sacadme! —gritó Jarek, golpeando el metal.
Kaelen y Dax agarraron el alambrado, tirando con todas sus fuerzas, ignorando cómo el metal les cortaba las palmas de las manos. Intentaron levantar la viga desde su lado, pero era inútil. Pesaba toneladas.
Las luces de las linternas de los Recolectores barrieron la zona. Estaban a menos de cincuenta metros. Jarek miró hacia atrás. Vio las siluetas de los soldados acercándose entre la maleza. Luego miró a su pierna atrapada. La sangre ya empapaba el barro. Entendió que no había física que lo salvara a tiempo.
Se giró hacia Kaelen. Su rostro, iluminado por los focos enemigos, cambió. El miedo desapareció, reemplazado por una calma triste y dura.
—Vete —dijo Jarek.
—¡No! ¡Podemos levantarlo! —gritó Kaelen, con las lágrimas mezclándose con el barro de su cara—. ¡Dax, tira más fuerte!
—¡Kaelen, escúchame! —bramó Jarek, agarrando a Kaelen por la pechera de su bata a través de la reja—. ¡No van a poder! ¡Si se quedan, os matarán a todos!
Un disparo impactó en el hombro de Jarek, haciéndolo girar violentamente. Él gimió, pero volvió a mirar a Kaelen a los ojos. —¡Tienes que liderarlos ahora! —escupió sangre—. ¡Sácalos de aquí! ¡Vive tu vida por mí, maldita sea!
—¡Jarek!
—¡CORRED! —rugió Jarek, soltando a Kaelen y girándose hacia los soldados. Agarró una piedra del suelo, listo para morir peleando con lo que tuviera—. ¡Aquí estoy, bastardos!
Dax entendió. Con un sollozo ahogado, agarró a Kaelen por la cintura y tiró de él hacia atrás. —¡Tenemos que irnos, Kaelen! ¡Tenemos que irnos!
—¡No! ¡Suéltame! —pataleó Kaelen.
Pero la fuerza de Dax era superior. Lo arrastró lejos de la cerca, hacia la oscuridad del bosque residencial. Lyra agarró a Mira y a Tren y los empujó a correr.
Mientras se alejaban, corriendo entre casas devoradas por la vegetación, escucharon los gritos desafiantes de Jarek mezclarse con las órdenes de los soldados. Luego, una ráfaga de disparos automática. Y finalmente, silencio.
Kaelen dejó de luchar contra Dax. Sus pies seguían corriendo, pero su mente se había quedado atrás, en la cerca, con el chico que les había dado una segunda oportunidad. Nadie dijo nada. Solo se escuchaba el sonido de sus pies golpeando el asfalto roto y el susurro del viento en un mundo que ya no les pertenecía.
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Editado: 09.01.2026