Ecos De Aion

CAPÍTULO 4: EL VELATORIO EN SILENCIO

Corrieron hasta que el amanecer amenazó con romper el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja sucio. Dejaron atrás la zona industrial y se adentraron en lo que alguna vez fue un barrio residencial de clase media alta: "Los Robles".

Ahora, el nombre era una burla literal. Los robles habían ganado la guerra.

Las casas de dos pisos, antes símbolos de estatus, eran ahora túmulos funerarios cubiertos de enredaderas. Las raíces habían levantado los cimientos, inclinando las estructuras como dientes podridos. Kaelen vio un coche deportivo oxidado en una entrada, atravesado por el tronco de un árbol que había crecido a través del motor.

—Ahí —señaló Lyra, jadeando, apuntando a una casa de ladrillo al final de un callejón sin salida. Parecía la estructura más sólida, oculta casi por completo por una cortina de hiedra oscura.

Forzaron la puerta trasera. La madera, hinchada por años de humedad, cedió con un gemido sordo. Entraron y cerraron tras de sí, sumergiéndose en la oscuridad. El aire dentro olía a tiempo estancado, a papel viejo y a vidas interrumpidas.

—Arriba —susurró Dax, cargando todavía con el peso invisible de la muerte de Jarek—. Si entra algo, mejor que tengamos la altura.

Subieron al segundo piso y se encerraron en la habitación principal. Se desplomaron en el suelo, ignorando la cama con el colchón podrido. Nadie habló durante horas. Solo se escuchaba la respiración agitada de Tren y los sollozos ahogados de Mira.

Kaelen se sentó contra la pared, abrazándose las rodillas. Cerraba los ojos y veía la cara de Jarek. Vive tu vida por mí. La culpa le roía el estómago. ¿Por qué Jarek? ¿Por qué el líder? Sin él, Kaelen se sentía como un niño perdido en un bosque oscuro.

Pasaron dos días en ese cuarto. Dos días de un terror paralizante.

No se atrevían a hablar en voz alta, ni a acercarse a las ventanas tapiadas por la vegetación. El mundo exterior se convirtió en una pesadilla auditiva. A veces, escuchaban el zumbido eléctrico de vehículos pesados patrullando las calles cercanas. No sonaban como motores de combustión; eran sonidos graves, vibrantes, que hacían temblar el polvo del suelo. Otras veces, escuchaban gritos lejanos. Y una vez, justo al atardecer del primer día, escucharon un sonido que les heló la sangre: un chirrido metálico, agudo y resonante, como si alguien estuviera rasgando el cielo con un cuchillo.

—¿Qué es eso? —susurró Tren, tapándose los oídos, temblando en un rincón.

—No mires —ordenó Dax, sujetando a Kaelen que había hecho el amago de acercarse a la rendija de la ventana—. Si nos ven, estamos muertos.

La sed llegó primero, luego el hambre. Habían bebido agua de lluvia acumulada en una bañera del piso de arriba, filtrándola con trozos de tela, pero el estómago vacío comenzaba a nublarles el juicio.

Al amanecer del tercer día, la tensión estalló.

—Tenemos que salir —dijo Lyra. Su voz sonaba rasposa, pero firme. Estaba pálida, sus labios agrietados—. No podemos quedarnos aquí a morir de hambre.

—Es un suicidio —replicó Tren—. ¿No escuchas esas cosas ahí fuera?

—Preferible morir ahí fuera intentando vivir que morir aquí dentro como ratas asustadas —espetó Lyra, poniéndose de pie. Se ajustó las botas que le habían robado al soldado muerto; le quedaban grandes, pero las había rellenado con trapos.

Kaelen se levantó. —Yo iré.

—No —lo cortó Dax. El gigante se puso de pie, su sombra cubriendo a Kaelen. Había limpiado la sangre de sus manos, pero la mirada de culpa no se le había ido—. Tú te quedas, Kaelen. Tú mantienes al grupo unido. Jarek... Jarek te lo dijo a ti.

—Dax, no puedo dejarte ir solo —protestó Kaelen.

—No irá solo —intervino Lyra—. Yo voy con él. Tengo mejor vista que tú, Dax. Y sé moverme en silencio.

Hubo una discusión breve, tensa. Kaelen quería ir, sentía que debía hacerlo para honrar a Jarek, pero al mirar a Mira y a Tren, vio el terror absoluto en sus ojos. Necesitaban a alguien que se quedara. Alguien que les dijera que todo iría bien, aunque fuera mentira.

—Está bien —cedió Kaelen—. Pero tened cuidado. Solo buscad comida y volved. No os hagáis los héroes.

Dax asintió solemnemente. Fue hacia la puerta y arrancó una pata de una mesa vieja de madera maciza, sopesándola como un garrote improvisado. Lyra se acercó a la puerta. Antes de salir, miró a Kaelen. —Si no volvemos antes de que caiga el sol... no nos esperéis. Iros al norte. Dicen que el norte siempre es más seguro, ¿no? —intentó sonreír, pero fue una mueca triste.

—Volved —ordenó Kaelen.

Dax y Lyra salieron de la habitación, bajaron las escaleras en silencio y desaparecieron en la jungla urbana.

Kaelen se quedó en la ventana, mirando a través de una pequeña grieta entre las tablas, esperando verlos cruzar el jardín delantero, rezando a cualquier dios que quedara en Aion para que no fuera la última vez que los veía.

El silencio volvió a caer sobre la casa, más pesado que nunca.




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