El sol estaba alto cuando Dax y Lyra regresaron a la casa refugio, pero sus rostros estaban más oscuros que la noche anterior. Traían una mochila escolar roida llena de latas de conserva oxidadas y botellas de agua tibia, pero nadie celebró el botín. El aire que entró con ellos era pesado, cargado de malas noticias.
Se sentaron en círculo en el suelo de madera podrida. Kaelen abrió una lata de melocotones en almíbar con una navaja suiza que Dax había encontrado. El olor dulce y metálico llenó la habitación, contrastando con la suciedad de sus cuerpos.
—Coman —dijo Lyra, con la mirada perdida en la pared—. Van a necesitar fuerza para lo que tenemos que contaros.
Mientras comían con avidez, manchándose las manos pegajosas, Dax sacó de su chaqueta un fajo de papeles arrugados y húmedos. Eran periódicos y revistas. Los tiró al centro del círculo.
—Encontramos esto en un quiosco reventado a unas cinco calles de aquí —dijo Dax.
Kaelen tomó el periódico superior. El título, en letras negras y urgentes, decía: "EL HERALDO DE OSTERIA". La foto de portada mostraba una manifestación masiva frente a las puertas de Synvion; gente con pancartas exigiendo ver a sus familiares. Kaelen buscó la fecha en la esquina superior derecha.
18 de Febrero de 2042.
—Febrero del 42... —murmuró Kaelen, frunciendo el ceño—. Nosotros entramos en agosto del 41.
—Exacto —dijo Lyra, su voz tensa—. Según este papel, solo han pasado siete meses desde que nos durmieron hasta que el mundo se fue al infierno. El artículo habla de disturbios, de gente que entraba a los Bio-Domos y no salía, de rumores sobre experimentos.
—¿Siete meses? —preguntó Mira, con un hilo de esperanza en la voz—. ¿Entonces... no ha pasado tanto tiempo? ¿Mis padres podrían estar vivos?
Lyra negó con la cabeza lentamente, matando esa esperanza con la frialdad de un cirujano. —Mira a tu alrededor, chicos. Mirad esa ventana. ¿Habéis visto los robles? Han atravesado el hormigón armado. ¿Habéis visto el óxido en los coches? Eso no pasa en siete meses. Ni en un año.
—Entonces, ¿qué significa la fecha? —preguntó Tren.
—Significa que el mundo se acabó en el 42 —respondió Kaelen, comprendiendo el horror—. Ese periódico no es de hoy. Es viejo. Es de cuando todo colapsó. Desde ese día hasta hoy... han pasado años.
Un silencio sepulcral cayó sobre el grupo. Se miraron las manos, la piel joven y tersa. —Dormimos años —susurró Dax—. Pero no envejecimos. Synvion nos congeló en el tiempo mientras el mundo se podría.
—Hay algo más —interrumpió Lyra. Se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Vimos cosas ahí fuera. No solo plantas. Vimos... gente. O lo que queda de ella.
Dax asintió. —Nos escondimos en un segundo piso de una tienda. Vimos pasar una procesión por la avenida principal. Llevaban a chicos como nosotros, dormidos o drogados, atados con cuerdas. Los arrastraban hacia el centro de la ciudad.
—¿Quiénes? —preguntó Kaelen.
—Había humanos, sucios, vestidos con harapos, armados con lanzas y fusiles viejos. Pero los que mandaban... —Dax tragó saliva—. Eran altos. Elegantes, de una forma retorcida. Llevaban máscaras enormes, como tótems tribales, pero tecnológicas. Y de la cabeza les salía luz. Como si tuvieran fuego de colores en lugar de pelo.
—Los llamamos "Efigies" —dijo Lyra—. Vimos a uno con fuego azul. Los humanos le tenían pánico. Se llevaban a los prisioneros hacia una estructura en el centro. Una fortaleza hecha de rascacielos derrumbados y basura compactada. Parecía una ciudadela.
Kaelen sintió un escalofrío. La Ciudadela. Allí debía estar Nia. —No podemos quedarnos aquí —dijo Kaelen, poniéndose de pie—. Si patrullan las calles, eventualmente encontrarán esta casa. Necesitamos movernos. Buscar un lugar más seguro, o armas de verdad.
—-
Salieron al atardecer, moviéndose como sombras a través de los esqueletos de la ciudad. Su objetivo era alejarse de la zona residencial, demasiado expuesta, y buscar refugio en las estructuras comerciales más grandes, donde quizás hubiera sótanos o suministros médicos.
La noche cayó sobre ellos cuando llegaron al Grand Mall Aurora. Era una bestia de hormigón y cristal, ahora con el techo parcialmente colapsado, dejando entrar la luz de las lunas y la lluvia fina que comenzaba a caer.
Entraron con cautela. El interior era un mausoleo del consumismo. Maniquíes desnudos y rotos los observaban desde escaparates destrozados. La vegetación colgaba de las barandillas de las escaleras mecánicas como cortinas verdes.
—Descansaremos aquí unas horas y seguiremos —susurró Kaelen.
Se acomodaron en el segundo nivel, detrás del mostrador de una tienda de cosméticos saqueada. El olor a perfume rancio se mezclaba con el de la humedad.
Estaban a punto de relajarse cuando escucharon voces. Kaelen se asomó por encima del mostrador. Abajo, en la plaza central del centro comercial, había otro grupo de supervivientes. Eran cuatro chicos, también con batas blancas sucias. Estaban bebiendo agua de una fuente decorativa que, milagrosamente, había acumulado lluvia limpia.
—Son como nosotros —susurró Mira, queriendo levantarse—. ¡Tenemos que avisarles!
—¡Espera! —susurró Dax, agarrándola del brazo.
Antes de que pudieran decidir, el aire cambió. Un zumbido eléctrico, grave y vibrante, llenó el gran atrio. Las sombras en la entrada principal se alargaron y deformaron.
Entró. Era una Efigie Violeta. Medía más de dos metros. Su cuerpo estaba cubierto por una túnica de material sintético negro que parecía absorber la luz. La máscara era una pesadilla de hueso y metal, alargada, sin ojos. Pero detrás de ella, emanando por los bordes y la parte superior, una luz de color púrpura intenso ardía y pulsaba como una llama viva.
Los cuatro chicos de abajo se quedaron paralizados. La Efigie no corrió. Se deslizó. Fue un movimiento tan rápido que el ojo humano apenas pudo seguirlo. En un parpadeo, estaba frente al primer chico. Alzó una mano enguantada en metal. Un destello violeta, y el chico cayó con el cuello roto. Sin gritos. Eficiencia pura.
#112 en Ciencia ficción
#1143 en Fantasía
ciencia ficcion y drama, ciencia ficción y fantasia, fantasía bélica
Editado: 09.01.2026