Ecos De Aion

CAPÍTULO 7: EL SILENCIO BAJO TIERRA

La oscuridad no era solo falta de luz; era una entidad física, pesada y asfixiante que se tragaba el mundo.

Lyra corría. No sabía hacia dónde, ni por cuánto tiempo. Sus piernas se movían por un instinto primitivo, desconectadas de su cerebro. El único sonido en el universo era el eco de sus propias botas chapoteando en el agua estancada de las vías del metro y el rugido de su respiración, que sonaba como papel de lija rasgando su garganta.

Pero por más rápido que corría, no podía dejar atrás el sonido. «¡Lyra, no me dejes!» El grito de Tren rebotaba en las paredes curvas del túnel, amplificado por la acústica del hormigón y por su propia culpa. Se repetía una y otra vez en su cabeza, mezclándose con el recuerdo del sonido húmedo del pecho de Dax al ser destrozado y la mirada final de Kaelen antes de perder el conocimiento.

Tropezó. Su bota se enganchó en una traviesa de madera podrida y Lyra cayó de bruces. Sus manos aterrizaron en el agua negra y aceitosa, despellejándose las palmas contra la grava afilada. El arma vacía de Dax, que aún aferraba como un talismán inútil, salió despedida hacia la oscuridad.

Lyra se quedó allí, tirada en el lodo. El impacto le sacó el aire de los pulmones, pero no intentó levantarse. ¿Para qué? Arriba, sus amigos estaban muertos o capturados. Abajo, solo había ratas y tinieblas. Un sollozo se le escapó, un sonido feo y roto que rompió el silencio del túnel.

—Lo siento... lo siento mucho —susurró al agua sucia.

Se imaginó a la Efigie Violeta bajando por las escaleras, deslizándose sin tocar el suelo, viniendo a terminar el trabajo. Cerró los ojos y esperó. Un minuto. Dos. Diez. Nada. Solo el goteo constante de una filtración cercana. Plic. Plic. Plic.

El frío del agua comenzó a calarle los huesos, y con el frío llegó algo más: la rabia. Una rabia pequeña, ardiente, como una brasa en medio de la nieve. Kaelen le había dicho que se fuera. Dax había muerto para darle esos segundos de ventaja. Si se dejaba morir ahí, tirada en la mierda, sus sacrificios no valdrían nada. Tren habría gritado en vano.

Lyra abrió los ojos. —Levántate —se ordenó a sí misma. Su voz sonó extraña, dura.

Se obligó a ponerse de rodillas. Tanteó en el agua fangosa hasta que sus dedos rozaron el metal frío del arma. La recogió. Estaba vacía, sí, pero era pesada. Podía usarla para golpear. Podía usarla para asustar. Se puso de pie, temblando, y miró hacia la oscuridad infinita del túnel.

—Norte —murmuró—. Kaelen dijo que fuéramos al norte.

Comenzó a caminar. Ya no corría; conservaba energía. Sus sentidos, agudizados por el trauma, escaneaban cada sombra. El túnel del metro era un cementerio de la vieja civilización. Pasó junto a vagones descarrilados que parecían bestias de metal muertas, con las ventanas rotas y el interior devorado por hongos bioluminiscentes que emitían una luz verdosa y enferma. Dentro de los vagones vio esqueletos. No recientes. Huesos limpios, todavía con ropas sintéticas que no se habían podrido, sentados en los asientos como pasajeros eternos esperando llegar a una estación que ya no existía.

Llevaba caminando lo que parecieron horas cuando vio una luz diferente. No era el brillo del moho, ni el neón asesino de las Efigies. Era una luz cálida, temblorosa. Fuego. Venía de una puerta lateral de mantenimiento, entreabierta unos cincuenta metros más adelante.

Lyra se pegó a la pared. Apretó el arma vacía. Se acercó con pasos silenciosos, conteniendo la respiración hasta que le dolieron los pulmones. Se asomó por el marco de la puerta.

Era una sala pequeña de generadores. En el centro, había un barril de metal con brasas que agonizaban, emitiendo un humo fino que escapaba por un conducto de ventilación en el techo. Alrededor del fuego había sacos de dormir, latas de comida abiertas y... juguetes. Un cochecito de plástico. Una muñeca sin cabeza.

No había nadie. El lugar estaba desierto, pero el fuego indicaba que alguien había estado allí hacía poco. Lyra entró. El calor del barril la golpeó como una bendición. Se acercó a las latas. Estaban vacías, lamidas hasta el metal. Buscó pistas. ¿Quién vivía ahí abajo? ¿Eran Siervos? No, los Siervos no necesitaban juguetes. Eran supervivientes. Gente libre.

En la pared del fondo, alguien había escrito con carbón, en letras grandes y frenéticas:

NO SALGAN DE DÍA. ELLOS VEN EL CALOR. EL DOMINIO DEL CIELO ES SUYO.

Lyra pasó los dedos por las letras negras. "Ven el calor". Eso explicaba las máscaras de los Siervos, los trajes. Explicaba por qué la Efigie en el centro comercial la había mirado directamente a pesar de la oscuridad. Tenían visión térmica. Por eso los supervivientes vivían bajo tierra. El subsuelo era frío; ocultaba la temperatura corporal.

Lyra rebuscó en una mochila abandonada en un rincón. Encontró una botella de agua a medio terminar y un jersey de lana grueso, apolillado pero funcional. Se quitó la bata de hospital, que ahora era un trapo asqueroso, y se puso el jersey. Le quedaba enorme, pero le daba una sensación de protección. Bebió el agua con ansias.

De repente, un ruido metálico resonó en el túnel principal. Lejos, pero acercándose. Voces. No eran gemidos de Siervos. Eran voces humanas, coordinadas.

—...rastros frescos en el Sector 4. Alguien bajó del Mall...

Lyra se congeló. ¿Eran amigos? ¿O eran los cazadores de la Ciudadela buscando a la chica que escapó? No podía arriesgarse. La lección de Tren estaba grabada a fuego: dudar es morir. Miró hacia arriba. El conducto de ventilación por donde salía el humo del barril era estrecho, pero tenía escalerillas de metal en su interior. Llevaba a la superficie. Si salía de día, la verían por el calor. Pero si se quedaba, la atraparían en el túnel.

Decidió arriesgarse con el cielo. Se metió en la chimenea improvisada, tosiendo por el humo residual, y comenzó a trepar. El metal estaba oxidado y cortaba sus manos, pero Lyra subió. Subió hasta que sus músculos ardieron, alejándose de las voces, alejándose de la tumba subterránea.




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