El tiempo en la Ciudadela no se medía en horas ni minutos, sino en ciclos de dolor y alivio.
Para Kaelen, el primer ciclo comenzó con un sonido: el zumbido eléctrico de una picana.
—Arriba, ganado —ladró una voz distorsionada.
La puerta de la celda se abrió de golpe, golpeando el muro de hormigón. Tres Siervos entraron. No eran los Siervos de carga que había visto antes; estos eran "Pastores". Llevaban armaduras ligeras hechas de Kevlar y placas de cerámica robadas de antiguos equipos antidisturbios, pintadas con símbolos geométricos violetas. Sus rostros estaban ocultos tras visores opacos, pero sus bocas, expuestas, mostraban dientes limados o podridos.
Kaelen se puso de pie de un salto, interponiéndose instintivamente entre los guardias y Tren. Tren seguía en el suelo, hecho un ovillo, murmurando cosas sin sentido sobre su madre y el jardín de su casa.
—Está enfermo —dijo Kaelen, alzando las manos—. No puede trabajar.
Uno de los Pastores se adelantó. Sin decir una palabra, levantó la vara eléctrica y golpeó a Kaelen en el estómago.
El mundo se volvió blanco. El dolor no fue un golpe, fue una explosión nerviosa que le contrajo cada músculo del cuerpo. Kaelen cayó de rodillas, boqueando como un pez fuera del agua, incapaz de respirar.
—La enfermedad es irrelevante —dijo el Pastor con voz monótona—. La pureza es lo único que importa. Muevanse.
Agarraron a Tren de los brazos y lo arrastraron. El chico gritó, pataleando débilmente, pero era como un muñeco de trapo en manos de un gorila. Kaelen, tosiendo bilis, se obligó a levantarse. Si se quedaba atrás, lo matarían. O peor, lo dejarían solo.
Salieron a la galería. La vista de la nave industrial era aún más aterradora desde el pasillo. Abajo, el vapor siseaba desde tuberías rotas. Kaelen vio filas de prisioneros —decenas, quizás cientos— caminando en fila india hacia una serie de cámaras de cristal reforzado en el extremo sur de la nave.
No los llevaban a una mina. No los llevaban a construir muros.
—¿Qué es eso? —preguntó Kaelen en un susurro, mientras los empujaban a la fila.
Delante de él, un hombre mayor, esquelético, con la piel grisácea por la falta de sol, giró levemente la cabeza. Sus ojos estaban vacíos, resignados. —Es el Lagar —susurró el anciano—. Es día de extracción.
—¿Extracción de qué?
—De vida, chico. De vida.
Llegaron a las cámaras de cristal. El proceso era de una eficiencia industrial que revolvía el estómago. Kaelen vio cómo metían a una chica en una de las cabinas. Un brazo mecánico descendió del techo, sujetándola con abrazaderas acolchadas. Una aguja gruesa, conectada a un tubo transparente, buscó la vena de su cuello.
La chica no gritó. Solo cerró los ojos. El tubo se llenó de un rojo brillante y viscoso.
—Siguiente —ordenó un técnico con bata blanca impecable.
Cuando llegó el turno de Tren, el chico se resistió. El pánico le dio una fuerza repentina y comenzó a gritar, aferrándose al marco de la puerta de cristal. —¡No! ¡No quiero! ¡Mamá! ¡Kaelen, ayúdame!
Kaelen intentó avanzar, pero la punta de una picana en su espalda lo detuvo en seco. —Quieto —gruñó el Pastor.
Varys, el Administrador, apareció de la nada, caminando con esa elegancia repulsiva entre la maquinaria. Miró a Tren con una mezcla de fastidio y curiosidad clínica. —Sujétenlo —ordenó suavemente—. El estrés libera cortisol en la sangre. Arruina el sabor y la potencia. Necesito que se calme.
Dos Siervos inmovilizaron la cabeza de Tren. Varys sacó una pequeña jeringa plateada de su túnica y se la clavó a Tren en el hombro con un movimiento rápido y preciso. —Shhh... —susurró Varys, acariciando el pelo sucio de Tren—. Ya pasa. El Loto te llevará a un lugar mejor.
El efecto fue inmediato. Los ojos de Tren se desenfocaron. Sus gritos se convirtieron en un suspiro largo y tembloroso. Sus músculos se relajaron tanto que casi se desploma. Una sonrisa estúpida, babeante, se dibujó en su rostro. —Kaelen... —balbuceó Tren, riendo suavemente—. Mira las luces... son mariposas...
Lo metieron en la cabina. Tren se dejó pinchar, sonriendo mientras le drenaban medio litro de sangre.
Kaelen sintió una náusea profunda. No era solo miedo a morir; era el horror de ver cómo les robaban la humanidad. Cuando le tocó a él, entró en la cabina por su propio pie. No les daría el gusto de arrastrarlo.
El brazo mecánico lo sujetó. Sintió el frío del metal contra su piel, seguido del pinchazo agudo en el cuello. Apretó los dientes, mirando fijamente a Varys a través del cristal. Varys le devolvió la mirada, tomando notas en su tablet.
Mientras su sangre salía, bombeada hacia un contenedor refrigerado marcado con la etiqueta "GRADO A - DURMIENTE", Kaelen sintió que el frío lo invadía. Se mareó. Su visión se nubló en los bordes. —Bienvenido a la utilidad, Kaelen Vane —pareció escuchar la voz de Varys en su mente, o quizás fue una alucinación por la pérdida de sangre—. Tu existencia por fin sirve a un propósito superior: alimentar a los dioses.
A kilómetros de allí, bajo la cúpula rota de la antigua biblioteca pública, Lyra estaba aprendiendo que la libertad tenía un sabor distinto: sabía a polvo y a desconfianza.
Rian la había llevado a la sala principal de lectura. Las estanterías de roble, que alguna vez albergaron el conocimiento humano, ahora servían de barricadas y leña. El suelo estaba cubierto de alfombras raídas y mapas tácticos dibujados a mano.
Había unas veinte personas allí. Hombres, mujeres, incluso un par de niños que limpiaban piezas de armas con trapos aceitosos. Todos se detuvieron y la miraron cuando entró. No había bienvenida en sus ojos, solo cálculo. ¿Es útil? ¿Es una boca más que alimentar? ¿Es una espía?
—¿Qué es eso? —preguntó una mujer con una cicatriz que le cruzaba el labio, señalando a Lyra con el cuchillo con el que estaba pelando una raíz.
—Una Durmiente —dijo Rian, soltando su mochila sobre una mesa—. La encontré en el Sector 4, cerca del Mall.
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Editado: 29.01.2026