Exterior. Zona Cero de Osteria. Día.
El mundo exterior tenía sus propias reglas, escritas con sangre en el pavimento agrietado. La primera regla que Lyra aprendió fue: el silencio es vida. La segunda: la piedad es un lujo que los muertos no pueden permitirse.
Estaba agazapada detrás del chasis calcinado de un autobús escolar, respirando el aire cargado de polvo de esporas. Sus manos, que alguna vez solo conocieron teclados y libros de texto, estaban ahora cubiertas de mugre y callos incipientes, aferrando un cuchillo de caza que Rian le había prestado.
—Dudas —susurró Zane a su lado. El chico de la ballesta estaba tan quieto que parecía parte de los escombros.
—Es pequeño —respondió Lyra, mirando a través de la ventana rota del autobús.
A veinte metros, en medio de una plaza que alguna vez tuvo una fuente, había una criatura. Era un "Nester", una de las mutaciones más comunes. Parecía un niño raquítico, con la piel grisácea y demasiado estirada sobre los huesos, y unos ojos lechosos y enormes, sin párpados. Estaba escarbando en la basura, emitiendo pequeños chirridos patéticos.
—Es un vigía —dijo Zane, sin ninguna emoción en la voz—. Si te ve, no te atacará. Gritará. Y su grito atraerá a los "Gargoyles" de los tejados. Y ellos no son pequeños.
Zane le puso una mano en el hombro, un gesto que no era de consuelo, sino de presión. —Rian dice que eres útil. Yo digo que eres un lastre. Demuéstrame quién tiene razón. Mátalo antes de que grite.
Lyra tragó saliva. El sabor metálico del miedo le llenó la boca. El Nester le recordaba vagamente a los niños de su escuela antes de la Fiebre del Polvo. Pequeño, asustado, buscando comida.
—No puedo... —empezó Lyra.
El Nester levantó la cabeza. Sus orejas, grandes como las de un murciélago, se movieron. Los había oído.
Abrió la boca. No tenía dientes, solo un agujero negro en la cara. Un sonido comenzó a formarse en su garganta, un chillido agudo que prometía dolor.
¡Crack!
Un virote de ballesta atravesó el cuello de la criatura antes de que el sonido pudiera salir. El Nester cayó hacia atrás, pataleando en silencio sobre los adoquines rotos.
Lyra se giró hacia Zane, horrorizada. Zane ya estaba recargando su ballesta con movimientos fluidos.
—Fallaste la prueba, Durmiente —dijo Zane, mirándola con desprecio—. Tu compasión casi nos mata. Ahí fuera... —señaló el cadáver pequeño—... eso no es un niño. Es una alarma biológica. Si no puedes apagar una alarma, no sirves para la guerra.
Lyra miró el cuerpo. Sintió náuseas, pero también una fría comprensión que se abría paso en su mente. Dax había muerto protegiéndola. Jarek había muerto para darle una oportunidad. Si ella seguía siendo la chica asustada del Bio-Domo, sus muertes habrían sido un desperdicio.
Se levantó, limpiándose una lágrima furiosa que se le había escapado. Caminó hacia el Nester muerto. Se agachó y recuperó el virote de Zane, tirando con fuerza para sacarlo del cuello. La sangre negra y espesa le manchó los dedos.
Volvió hacia Zane y le tendió el virote. Su mano ya no temblaba.
—No volveré a fallar —dijo Lyra. Su voz sonaba diferente en sus propios oídos. Más ronca. Más vacía.
Zane la miró un segundo, evaluando la nueva dureza en sus ojos. Tomó el virote y asintió una vez, secamente.
—Bien. Ahora muévete. La sangre atrae a los carroñeros.
Interior. La Ciudadela. Niveles Inferiores.
Kaelen aprendió que el infierno no era fuego; era vapor, ruido y el olor dulzón del aceite sintético quemado.
Llevaba tres "ciclos" asignado a las Entrañas, el sector de mantenimiento masivo que mantenía viva a la Ciudadela. Su trabajo consistía en meterse en los conductos de ventilación secundarios —tubos claustrofóbicos de metal caliente— y raspar el "Bio-Limo", una sustancia viscosa y bioluminiscente que se acumulaba como colesterol en las arterias de la gran máquina.
Era un trabajo agotador que te dejaba los músculos gritando y la piel cubierta de sarpullidos químicos. Pero Kaelen lo prefería a la celda. Aquí abajo, el ruido de las turbinas ahogaba los pensamientos sobre Tren, que se pasaba los días babeando en el rincón, perdido en el Loto.
—Cuidado con la válvula de presión, novato. A menos que quieras que te cuezan al vapor como a una langosta.
Una mano callosa agarró a Kaelen del hombro y lo tiró hacia atrás justo cuando un chorro de vapor hirviendo salía silbando de una tubería que estaba limpiando.
Kaelen tosió, frotándose los ojos irritados por el calor. Se giró para ver a su salvador. Era un hombre de unos cincuenta años —o quizás treinta muy mal vividos—, con el torso desnudo cubierto de quemaduras antiguas y el pelo gris cortado al ras. Le faltaba la mitad de la oreja izquierda.
—Gracias —dijo Kaelen, jadeando.
El hombre escupió un gargajo negro al suelo de rejilla. —No me des las gracias. Si te mueres aquí, me toca limpiar tu desastre, y ya tengo suficiente mierda que fregar hoy. Me llamo Brax. Llevo cinco años en este agujero.
Kaelen asintió, volviendo a su tarea con la espátula de metal. Brax trabajaba a su lado, con una eficiencia económica nacida de la repetición infinita.
—Te he visto en las duchas comunales —dijo Brax en voz baja, apenas audible sobre el estruendo de la maquinaria—. Tienes algo escondido en el tobillo. Un trozo de metal.
Kaelen se tensó. Apretó el mango de su espátula. —¿Eres un Soplón, Brax?
Brax soltó una risa que sonó como dos piedras frotándose. —Chico, si fuera un Soplón, ya estarías en la mesa de disección de Varys. Solo te doy un consejo de veterano: escóndelo mejor. Y no lo uses a menos que sepas que vas a matar. Si solo hieres a un Siervo, te despellejarán vivo.
Hubo un silencio mientras trabajaban. Kaelen evaluaba al hombre. Brax no tenía la mirada vacía de los drogados, ni la crueldad de los colaboradores. Tenía la mirada cansada de alguien que ha visto demasiado.
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Editado: 29.01.2026