Ecos De Aion

CAPÍTULO 10: LA ANATOMÍA DEL MIEDO

El "Patio de Recreo" no tenía toboganes ni columpios. Era un antiguo gimnasio escolar cuyo techo había colapsado parcialmente, permitiendo que la lluvia y las enredaderas convirtieran la cancha de baloncesto en un pantano de madera podrida y helechos gigantes.

Lyra estaba tumbada boca abajo en el suelo húmedo, con el sabor a sangre y barro en la boca.

—Muerta —dijo una voz desde las gradas.

Lyra escupió y se giró, furiosa y dolida. Zane estaba sentado en el borde de una barandilla oxidada, pelando una manzana arrugada con su cuchillo. —Has hecho ruido al pisar la madera seca. Un Gárgola te habría escuchado a dos manzanas de distancia. Un Siervo te habría disparado. Y si hubiera sido una Efigie... bueno, ni siquiera habrías sabido que estabas muerta.

Rian, el líder del grupo, estaba de pie junto a ella. Le tendió una mano. No había compasión en su gesto, solo un pragmatismo frío. —Levántate, Lyra. Otra vez.

Lyra tomó su mano y se impulsó con un gemido. Le dolía todo el cuerpo. Llevaba tres días con los "Bibliotecarios" (como ella los llamaba en su mente), y esos tres días habían sido más brutales que años de escuela. Sus manos, antes suaves, ahora estaban llenas de cortes y ampollas por practicar con el arco y trepar muros de ladrillo.

—No puedo moverme más silenciosamente —protestó Lyra, limpiándose el sudor sucio de la frente—. El suelo está lleno de escombros. Es imposible.

—Los animales lo hacen —replicó Rian con calma—. Los depredadores lo hacen. Tienes que dejar de caminar como un humano que espera que el pavimento esté despejado. Tienes que caminar como si el suelo te odiara.

Rian caminó hacia una mesa improvisada hecha con tablones sobre barriles de aceite. Encima había varios objetos extraños y un mapa de la ciudad dibujado a mano sobre una lona impermeable. —Descanso —concedió Rian—. Ven. Si no puedes moverte como un fantasma, al menos aprende por qué somos tan pocos.

Lyra se acercó, cojeando. Kora, la chica del pelo verde ceniza, se unió a ellos. Ella era la estratega y cartógrafa del grupo. Kora desplegó el mapa. Estaba lleno de marcas rojas (zonas de muerte) y unas pocas, muy pocas, marcas verdes.

—¿Somos los únicos? —preguntó Lyra de repente, mirando la inmensidad de la ciudad en ruinas—. Aparte de la Ciudadela... ¿no hay nadie más luchando?

Zane soltó una risa seca desde la grada y bajó de un salto. —Esa es la pregunta del millón, Durmiente. ¿Estamos solos en el universo?

—No estamos solos —dijo Rian, su voz tornándose grave. Señaló una zona lejana en el mapa, hacia el Oeste, cerca de las viejas zonas industriales—. Hay otros. Pequeñas células. Ratas escondidas como nosotros. Pero hay rumores... rumores de algo más grande.

Lyra se inclinó, interesada. —¿Más grande?

—Se habla de un grupo en el Distrito de Acero —explicó Kora, bajando la voz como si hablar de ello pudiera atraer mala suerte—. Los llaman "La Vanguardia". Dicen que están organizados. Que tienen generadores aislados, cultivos subterráneos y armas que funcionan.

—Y dicen que tienen un líder —añadió Zane, y por primera vez, Lyra no detectó burla en su tono, sino algo parecido al respeto o la envidia—. Nadie sabe su nombre, o al menos nadie que haya vuelto para contarlo. Pero dicen que no solo se esconde. Dicen que ataca.

—¿Ataca a las Efigies? —preguntó Lyra, incrédula.

—Hace dos meses, una torre de suministro de Synvion en el sector 9 colapsó —dijo Rian, mirando el mapa—. Nosotros pensamos que fue un fallo estructural. Pero los correos que pasan a veces dicen que fue un sabotaje. Explosivos caseros colocados en los cimientos. Un golpe quirúrgico. Ese líder, quienquiera que sea, logró entrar, volar una fortaleza menor y salir sin perder a su gente.

Lyra sintió una chispa de esperanza. —Entonces, ¿por qué no vamos con ellos? Si son fuertes, si luchan... podríamos unirnos. Podríamos tener una oportunidad real de rescatar a Kaelen y a los demás.

El silencio que cayó sobre el grupo fue pesado y repentino. Rian, Zane y Kora intercambiaron miradas oscuras. La esperanza de Lyra chocó contra un muro de dolor antiguo.

—No —dijo Rian, tajante.

—¿Por qué? —insistió Lyra—. ¡Somos veinte personas viviendo en una biblioteca comiendo latas caducadas! ¡Ellos atacan fortalezas!

—Porque los grupos grandes son tumbas grandes, Lyra —espetó Kora, con amargura en la voz.

Rian se pasó la mano por la cara, cansado. —Hace tres años, no éramos veinte. Éramos parte del "Asentamiento del Estadio". Éramos más de doscientos. Teníamos muros, teníamos huertos, teníamos familias. Nos sentíamos seguros. Pensábamos que si éramos muchos, podíamos defendernos.

Zane dejó de jugar con su cuchillo. Miró al suelo. —El problema de ser doscientos es que generas calor. Mucho calor. Y generas ruido. Y necesitas tanta comida que tienes que hacer expediciones diarias.

—Nos volvimos descuidados —continuó Rian—. Y llamamos la atención. No vino una patrulla de Siervos, Lyra. Vino una Efigie Azul para romper nuestras defensas electrónicas, y luego... luego vinieron los Violetas.

Lyra vio cómo Kora cerraba los ojos, como si estuviera reviviendo el momento.

—Fue una masacre —susurró Rian—. En una noche, doscientas personas murieron o fueron capturadas para la Cosecha. El caos fue total. Nos dispersamos. Algunos corrieron al sur, otros al este. Nosotros... los que ves aquí... somos los restos que logramos llegar a la Biblioteca.

Rian clavó sus ojos verdes en Lyra. —Decidimos que nunca más volveríamos a ser un objetivo grande. Nos mantuvimos separados de los demás supervivientes a propósito. No buscamos a La Vanguardia porque para unirse a ellos hay que cruzar la Zona Muerta, y porque un grupo grande es un faro para los monstruos. Aquí, siendo pocos, siendo silenciosos, sobrevivimos. La soledad es el precio de seguir respirando.

—Pero ese líder... el del Oeste... —murmuró Lyra—. Él lo está logrando.




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