Las Entrañas de la Ciudadela no conocían el silencio. Eran una sinfonía de pistones hidráulicos, silbidos de vapor a alta presión y el zumbido constante, casi subsónico, de los generadores de fusión fría que mantenían iluminado el paraíso de los Efigies.
Kaelen se secó el sudor de los ojos con el antebrazo manchado de grasa negra. Llevaba doce horas en el turno. Su piel, pálida por la falta de sol, estaba cubierta de quemaduras químicas menores y hollín.
—No te pares —gruñó Brax a su lado.
Estaban en el Sector de Ventilación 4, una galería estrecha suspendida sobre un abismo de maquinaria. Su tarea era limpiar los filtros de las turbinas colosales que reciclaban el aire del Domo. Si los filtros se atascaban, el aire arriba, en los palacios de mármol, dejaba de oler a lavanda y empezaba a oler a la podredumbre del mundo exterior.
—¿Lo tienes? —susurró Kaelen, mirando de reojo a los capataces Siervos que patrullaban la pasarela superior.
Brax asintió imperceptiblemente. —Tengo el diagrama en la cabeza. Pero el momento tiene que ser exacto. Si lo haces cuando los sensores de flujo están activos, saltará la alarma antes de que puedas esconder la mano.
De repente, la atmósfera cambió. No fue un cambio de temperatura, sino de presión. El aire se cargó de estática. Los vellos de la nuca de Kaelen se erizaron violentamente, como si una tormenta invisible estuviera a punto de estallar sobre sus cabezas.
Las luces de servicio parpadearon.
—Quieto —siseó Brax, agarrando a Kaelen del hombro y empujándolo contra la pared de metal vibrante—. Baja la cabeza. No respires si puedes evitarlo.
Por la pasarela principal, flotando a medio metro de la rejilla metálica, apareció una Efigie Azul.
Era diferente a la Dorada que había visto llevarse a Nia. Aquella era majestuosa; esta era aterradora de una forma inhumana. Su cuerpo era un esqueleto de cromo y cables azules expuestos, cubierto apenas por una túnica translúcida que ondeaba sin viento. No tenía rostro. Donde debería estar la cara, había una pantalla curva de cristal negro donde corrían líneas de código lumínico a una velocidad vertiginosa.
—Un Arquitecto —murmuró Brax, con terror en la voz—. Están haciendo una auditoría del sistema.
La Efigie se detuvo frente al panel de control principal de la turbina. No usó sus manos para teclear. Simplemente extendió sus dedos largos, terminados en conectores de fibra óptica. Unos zarcillos de luz azul salieron de sus yemas y se clavaron en el metal del panel, fusionándose con la máquina.
Kaelen observó, fascinado y horrorizado. La Efigie convulsionó levemente, como si estuviera recibiendo una descarga de placer. —Está... sintiendo la turbina —pensó Kaelen. Para esa cosa, conectarse a la red era como respirar. Podía ver cada fallo, cada microfractura, cada electrón moviéndose por los cables.
La Efigie giró su "cabeza" de cristal hacia los trabajadores. Kaelen sintió que el escáner invisible lo atravesaba. Pero la Efigie no se detuvo en él. Sus ojos digitales buscaban anomalías en el sistema: caídas de tensión, sabotajes electrónicos, hackeos. Kaelen, con su cuerpo biológico y su ropa sucia, era invisible para su percepción de datos. Era solo un engranaje de carne, irrelevante.
—El sistema está purgado —resonó una voz sintética, metálica, que salía directamente de los altavoces de la pared, no de la criatura—. Eficiencia al 98%. Reiniciando ciclo de enfriamiento.
La Efigie desconectó sus dedos y siguió flotando pasillo adelante, dejando tras de sí un olor a ozono quemado.
—Ahora —dijo Brax. Su voz era urgente—. El reinicio del ciclo tarda diez segundos. Los sensores digitales se apagan para recalibrarse. Durante diez segundos, esa cosa es ciega.
Kaelen no lo dudó. El odio le dio la velocidad que necesitaba. Se deslizó bajo la carcasa de la turbina número 3. El calor era sofocante. Frente a él, el eje de transmisión giraba a una velocidad letal. Si lo tocaba, le arrancaría el brazo. Pero Kaelen no iba a tocarlo. Metió la mano en su bota y sacó su "arma": el trozo de metal oxidado y afilado que había estado puliendo contra la piedra de su celda durante semanas.
—Cinco segundos —contó Brax desde fuera, vigilando—. Cuatro...
Kaelen localizó la manguera hidráulica secundaria. Era un tubo de goma reforzada que lubricaba el eje. Si la cortaba, el eje se sobrecalentaría. Pero no inmediatamente. Tardaría minutos. Para cuando la turbina fallara, la Efigie ya se habría ido y el registro mostraría un "fallo mecánico por desgaste", no un sabotaje.
—Tres...
Kaelen atacó. No había tecnología en su movimiento. Solo fuerza bruta y física simple. El metal afilado mordió la goma. Kaelen apretó los dientes y tiró con fuerza. El caucho se resistió, y luego cedió. Un chorro de aceite caliente le salpicó la cara, quemándole la mejilla. Kaelen ahogó un grito.
—¡Dos...! ¡Sal de ahí, chico!
Kaelen rodó hacia atrás, saliendo de debajo de la máquina justo cuando el zumbido de la turbina cambiaba de tono. Limpió el aceite del suelo con su propia manga para borrar la evidencia.
—Uno. Sensores activos —dijo Brax, volviendo a fregar el suelo como si nada hubiera pasado.
Kaelen se puso de pie, temblando, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se guardó el metal en la bota. Arriba, la luz de servicio de la Turbina 3 pasó de verde a amarillo. La Efigie Azul, que ya estaba al final del pasillo, se detuvo. Giró la cabeza. Kaelen contuvo el aliento. ¿Lo ha notado?
La Efigie escaneó la turbina a distancia. Kaelen podía imaginar lo que veía la criatura: los sensores decían que todo estaba bien. La electrónica funcionaba. Pero la física... la física estaba sangrando aceite lentamente. La máquina no podía detectar un corte manual en una manguera analógica hasta que la temperatura subiera lo suficiente. La Efigie pareció dudar un segundo. Luego, emitió un sonido de estática despectivo y siguió su camino.
#122 en Ciencia ficción
#1214 en Fantasía
ciencia ficcion y drama, ciencia ficción y fantasia, fantasía bélica
Editado: 29.01.2026