Ecos De Aion

CAPÍTULO 12: ECOS EN LA RED

La física tiene una regla cruel: toda acción tiene una reacción. Kaelen había cortado una manguera en el corazón de la Ciudadela, esperando causar una molestia. Lo que provocó fue un infarto en el sistema nervioso de la ciudad.

Cuando la Turbina 3 gripó y se detuvo con un chirrido que hizo vibrar los cimientos, la Inteligencia Central (presumiblemente una colmena de Efigies Azules) entró en modo de crisis. Para evitar el sobrecalentamiento del núcleo, el sistema desvió energía de urgencia.

Las luces de los salones de mármol no parpadearon. Los Efigies no sufren apagones. Pero para mantener su lujo, el sistema robó la energía de los sectores periféricos.

Afuera, bajo la lluvia eterna de Osteria, tres distritos enteros —el 7, el 8 y el 9— se sumieron en la oscuridad total. Las cámaras de vigilancia dejaron de zumbar. Las cercas electrificadas se convirtieron en simple alambre frío.

Exterior. Biblioteca Pública. Noche.

Rian estaba de pie junto a la ventana tapiada, mirando hacia la ciudad con unos binoculares militares agrietados. —Han caído —murmuró, sin poder creerlo del todo—. Los Sectores 7, 8 y 9 están a oscuras. La Malla de Sensores está muerta.

Kora se acercó con el mapa. —Debe ser un fallo masivo en la planta de reciclaje. Los Azules estarán volcando todos sus recursos en arreglarlo. Están ciegos, Rian. Totalmente ciegos en el perímetro oeste.

Rian bajó los binoculares. Sus ojos brillaron con la codicia del superviviente. —Es nuestra oportunidad. El Almacén Médico del Sector 8. Llevamos meses queriendo entrar, pero las torretas automáticas nos hubieran hecho picadillo. Ahora son chatarra.

Se giró hacia el grupo. —Zane, prepárate. Te llevas a Lyra.

Lyra, que estaba limpiando el barro de sus botas, levantó la cabeza. —¿A mí? ¿Por qué no vas tú?

—Porque yo soy el líder y no soy prescindible —dijo Rian con frialdad—. Y porque tú eres pequeña y rápida, y Zane necesita una mula de carga. Tenéis veinte minutos antes de que los Azules redirijan la energía. Entrad, llenad las mochilas de antibióticos y analgésicos, y salid. Si se encienden las luces y seguís dentro, estáis muertos.

Zane ya estaba en la puerta, ajustándose la ballesta. Le lanzó una mochila vacía a Lyra. —Muévete, Durmiente. Hoy es noche de compras.

Salieron a la carrera. La ciudad sin la vigilancia electrónica se sentía diferente. Más salvaje, pero menos opresiva. Corrieron a través de calles inundadas, saltando sobre coches oxidados. Lyra notó que sus piernas no le ardían. Su respiración era controlada. El entrenamiento del "Patio de Recreo" estaba funcionando.

Llegaron al límite del Sector 8. El Almacén Médico era un bloque de hormigón gris sin ventanas. La puerta electrónica principal estaba entreabierta; los cierres magnéticos habían fallado con el apagón.

—Fácil —susurró Zane.

Entraron. El interior olía a polvo estéril y plástico viejo. Zane encendió una linterna química de luz roja (menos visible desde lejos) y avanzaron por los pasillos saqueados. —Busca cajas con la franja azul —ordenó Zane—. Esas son las de grado militar.

Lyra comenzó a llenar su mochila. Encontró vendajes sellados, botes de pastillas con nombres químicos complejos y jeringas estériles. Era un tesoro. Con esto, podrían curar la tos de Kora o la infección de la pierna de Rian.

Mientras rebuscaba en una estantería, vio una puerta trasera que daba a un muelle de carga exterior. A través del cristal sucio, se veía una estructura inmensa a menos de doscientos metros. Un muro negro, alto como una montaña, con torres de vigilancia que ahora estaban apagadas.

Zane se acercó, masticando un trozo de raíz seca. Siguió la mirada de Lyra y soltó una risita cruel. —Imponente, ¿eh? Es la Entrada de Procesamiento Sur.

Lyra se pegó al cristal. —¿Procesamiento?

—Ahí es donde meten al ganado nuevo —dijo Zane, como si hablara del tiempo—. Por ahí entró tu novio Kaelen. Y el otro chico llorón. Probablemente estén justo detrás de ese muro, a unos quinientos metros de donde estás parada ahora.

El corazón de Lyra dio un vuelco. —Están... ¿están ahí? ¿Tan cerca?

Zane vio la duda en sus ojos. Vio cómo Lyra calculaba la distancia, cómo su mano se iba hacia la puerta trasera. —Ni se te ocurra, princesa —le advirtió Zane, su voz perdiendo el tono burlón y volviéndose peligrosa—. Sé lo que estás pensando. "Las luces están apagadas, puedo colarme".

—Podría... —susurró Lyra—. Si la cerca está apagada...

—Si cruzas esa puerta, te meto un virote en la pierna yo mismo —siseó Zane, agarrándola del brazo—. Ese muro no solo tiene electricidad. Tiene Siervos patrullando los pasillos interiores. Y aunque lograras entrar, ¿qué vas a hacer? ¿Gritar su nombre hasta que salga? No tienes armas, no tienes plan y no tienes mapa.

Lyra miró el muro. Estaba tan cerca que casi podía sentir el frío que emanaba. Sus amigos estaban allí, sufriendo, mientras ella robaba aspirinas para unos extraños que la trataban con desprecio. La culpa le mordió el estómago.

—Están tan cerca... —murmuró, con los ojos llenos de lágrimas.

—Cerca no es dentro —cortó Zane, empujándola hacia las estanterías—. Y muertos no servimos para nada. Carga la mochila. Nos vamos.

De repente, un zumbido agudo resonó en el almacén. Las luces de emergencia del techo parpadearon en ámbar. —Mierda —dijo Zane, mirando su reloj—. Han sido doce minutos. Los Azules son más rápidos de lo que pensaba Rian. ¡El sistema se está reiniciando!

—¡La puerta! —gritó Lyra.

Corrieron hacia la salida principal. El zumbido eléctrico subía de volumen. Clack-Clack-Clack. Los cerrojos magnéticos de las puertas de seguridad empezaron a activarse uno a uno. Zane se lanzó rodando por debajo de la persiana metálica que estaba bajando. —¡Vamos, Lyra!

Lyra corrió. La persiana estaba a medio metro del suelo. Se tiró en plancha, deslizando la mochila por delante. Sintió el metal frío rozándole la espalda. Logró salir al asfalto mojado justo cuando la puerta se sellaba a sus espaldas con un golpe definitivo.




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