Día 31 después de la Separación. Exterior. Biblioteca Pública. Amanecer.
El tiempo en el apocalipsis no se medía en horas, sino en capas de suciedad y callos.
Lyra estaba sentada en el suelo de la sala de lectura, rodeada por el botín de la incursión nocturna. Habían pasado treinta y un días exactos desde que Dax murió en la oscuridad del túnel y ella dejó atrás a Kaelen. Un mes de frío, de dormir con un ojo abierto y de aprender que la piedad era una forma rápida de suicidio.
Se miró las manos. Ya no eran las manos de una estudiante de secundaria. Las uñas estaban negras de tierra y tenía callos duros en las yemas de los dedos de tensar la cuerda del arco una y otra vez. Se había cortado el pelo con un cuchillo para que no le estorbara; ahora lo llevaba trasquilado a la altura de la mandíbula, dándole un aspecto angular y hambriento.
—Deja de mirarte las palmas, Durmiente. El futuro no está escrito ahí.
Zane entró en la sala, masticando una barrita energética rancia. Tiró una mochila pesada sobre la mesa. —Tenemos un extra —dijo con la boca llena—. En la mochila que trajiste del almacén. Al fondo. No sé cómo no la viste con esos ojos grandes que tienes.
Lyra se levantó y se acercó. Kora ya estaba allí, sacando un objeto rectangular, negro y pesado. —Es una radio táctica —susurró Kora, pasándole un trapo por encima—. Modelo Aegis. Es lo que usan los Pastores para coordinarse con las torres.
Rian, que estaba limpiando su ballesta en una esquina, se levantó de inmediato. Su cojera había mejorado, pero la humedad de la biblioteca le castigaba las articulaciones. —¿Funciona? —preguntó.
—La batería está al 15% —dijo Kora, encendiéndola. La pantalla LCD se iluminó con una luz verde tenue—. Normalmente estaría encriptada. Solo oiríamos ruido blanco. Pero...
—Pero la red está dañada —intervino Lyra. Recordó a la Efigie Azul y el apagón—. Su "malla" tiene agujeros. El sistema se reinició anoche. Quizás la seguridad bajó al estándar de fábrica.
Kora comenzó a girar el dial de frecuencia lentamente. El sonido de la estática llenó la sala silenciosa. Kshhhhhhh... clack... kshhhhh... Todos contuvieron el aliento. Era el sonido del enemigo.
De repente, entre la nieve auditiva, una voz surgió. Era metálica, distorsionada, pero humana. “...nforme de daños... Sector 4... Turbina 3 operativa al 40%... limpieza de residuos biológicos completada...”
—Es el canal de mantenimiento —susurró Rian.
Kora ajustó el dial milimétricamente. La voz se volvió más clara, fría y burocrática. “...confirmamos baja del sospechoso 745. Ejecución sumaria por sabotaje físico en manguera hidráulica. Se reanuda el protocolo. Alerta a todas las unidades: la Célula de Resistencia Interna se considera neutralizada.”
El silencio en la biblioteca fue absoluto. Zane soltó una carcajada baja. —Vaya. Parece que alguien dentro tiene agallas. Un sabotaje físico. Eso es de la vieja escuela. Cortar un cable con los dientes.
Pero Lyra no se reía. Su corazón latía desbocado. Sabotaje físico. Recordó a Kaelen. Él no sabía hackear. No sabía disparar armas láser. Pero sabía usar las manos. Sabía arreglar el viejo coche de su padre. —No lo han matado —dijo Lyra en voz alta, sintiendo una certeza que le calentó el pecho por primera vez en un mes.
Zane la miró. —¿Eres sorda? Han dicho "sospechoso eliminado".
—Han dicho que eliminaron a un sospechoso. Pero Kaelen... Kaelen es listo. —Lyra miró a Rian—. Él lo hizo. Sigue vivo. Y les está haciendo daño desde dentro.
Rian miró la radio, pensativo. —Si tienes razón... tienes a un aliado dentro que acaba de costarle a Synvion millones en energía. Pero está solo, Lyra. Y ahora van a estar vigilando hasta las sombras.
Lyra apretó los puños. —Entonces tenemos que darnos prisa. Kaelen nos ha ganado tiempo, pero no le durará para siempre. Mañana salimos al oeste. Vamos a buscar a esa Vanguardia.
Interior. La Ciudadela. El Nivel Olvidado.
Al mismo tiempo, treinta pisos bajo tierra, Kaelen marcaba la raya número treinta y uno en el hormigón debajo de su camilla.
—No... no quiero... mamá, apaga la luz... —gimió Tren desde la litera de abajo.
Kaelen bajó de un salto. Tren estaba hecho un ovillo, empapado en sudor frío. Llevaba dos días así. El sabotaje había alterado la logística: la comida con "Loto" no había llegado. Sin la droga, la realidad estaba volviendo a Tren como un tren de mercancías, y su cuerpo gritaba en abstinencia.
—Shhh, Tren, cállate —susurró Kaelen, poniéndole una mano en la frente. Ardía—. Si los Pastores te oyen gritar, te llevarán a la enfermería.
Tren abrió los ojos. Sus pupilas, antes dilatadas, ahora eran puntitos temblorosos llenos de terror lúcido. —Kaelen... —su voz era un rasquido—. Las luces... ya no son bonitas. Veo... veo lo que hacen. La sangre... huele a óxido. Sácame de aquí.
La puerta de la celda se abrió con un zumbido. Kaelen se apartó de un salto. No era un Pastor. Era Brax. —Vane. Muévete.
—No puedo dejarlo, está... —Si no vienes ahora, no podré enseñarte por qué estamos aquí realmente —le cortó Brax.
Kaelen miró a su amigo temblando. —Aguanta, Tren. Vuelvo pronto.
Siguió a Brax por pasillos de servicio que descendían a las raíces de la tierra. El zumbido constante de la Ciudadela comenzó a desvanecerse. Llegaron a una puerta pesada de plomo con una rueda manual. Brax la abrió y entraron.
El silencio fue instantáneo. —Una Jaula de Faraday —dijo Brax, cerrando la puerta—. Aquí no entran las señales. Ni el Wi-Fi de los dioses, ni la mirada de los Azules.
La habitación estaba llena de servidores antiguos cubiertos de polvo. Brax se sentó frente a una consola vieja que parpadeaba con código verde. —Llevas un mes aquí, Kaelen. Has sobrevivido a una inspección y has roto una turbina. Te has ganado el derecho a saber la verdad.
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Editado: 29.01.2026