Ecos De Aion

CAPÍTULO 14: EL RUIDO DE LA CORDURA

Exterior. Límites del Sector 7. Mediodía nublado.

Lyra se ajustó las correas de la mochila. Pesaba más que antes, cargada con suministros médicos robados y la radio Aegis. Frente a ella, Rian se apoyaba en el marco de una puerta destrozada. La frontera entre el territorio de los Bibliotecarios y la "Zona Muerta" del Oeste era una avenida de seis carriles convertida en un río de lodo y coches apilados como fichas de dominó.

—No te voy a decir que tengas suerte —dijo Rian, con el rostro inexpresivo—. La suerte es para los que no tienen puntería.

Lyra asintió. Zane estaba detrás de Rian, jugando con una moneda entre los dedos. —Si encuentras a esa Vanguardia... diles que no disparen a la Biblioteca si pasan por aquí. —Les diré que hay aliados aquí —respondió Lyra. Zane soltó una risa seca. —Aliados no. Supervivientes. No nos metas en tu cruzada, chica.

Lyra miró hacia el oeste. El horizonte estaba cubierto por una bruma amarillenta. Allí estaban las fábricas pesadas, los viejos astilleros... y supuestamente, el ejército fantasma. —Gracias por enseñarme a caminar sin hacer ruido —dijo Lyra. Rian le lanzó algo. Lyra lo atrapó al vuelo. Era un mapa táctico, dibujado a mano en un trozo de lona impermeable. —Es viejo. De antes del colapso del Estadio. Muestra los túneles de drenaje que cruzan la Zona Muerta. Si vas por la superficie, los Gárgolas te verán. Ve por abajo.

Lyra guardó el mapa. —Volveré. Y traeré ayuda para entrar en la Ciudadela. —Solo procura no morir antes de llegar —dijo Rian, dándose la vuelta y entrando en las sombras de la biblioteca.

Lyra dio el primer paso hacia el lodo. Dejó de ser una bibliotecaria. Ahora era una mensajera de guerra.

Interior. La Ciudadela. Barracones del Nivel 4.

El aire en la celda olía a vinagre y miedo. Kaelen regresó de la Jaula de Faraday con la mente llena de imágenes de hombres exprimidos como frutas. Pero lo que encontró en su celda borró todo pensamiento estratégico.

Tren estaba de pie sobre su camilla. Se había arrancado la bata. Se rascaba la piel del pecho con tanta fuerza que se había hecho sangre, dejando surcos rojos brillantes sobre su piel pálida.

—¡Están en las paredes! —chillaba Tren, con los ojos desorbitados—. ¡Oigo cómo caminan! ¡Tienen patas de alambre!

—¡Tren! —Kaelen se lanzó sobre él, tapándole la boca con la mano. Los dos cayeron al suelo duro—. ¡Cállate, maldita sea! ¡Te van a oír!

Tren mordió la mano de Kaelen. Kaelen ahogó un grito de dolor y lo soltó. Tren se arrastró hacia la esquina, jadeando como un animal acorralado. —¡Tú no eres Kaelen! —gritó Tren, señalándolo con un dedo tembloroso—. ¡Tú hueles a ellos! ¡Hueles a aceite! ¡Tú rompiste la máquina!

Kaelen se congeló. Lo había dicho. En voz alta. Tú rompiste la máquina.

Fuera, en el pasillo, se escucharon pasos pesados. Botas blindadas. No el paso suave de los Siervos, sino el paso marcial de los Pastores. Brax tenía razón. Tren era una sentencia de muerte.

Kaelen miró a su amigo. Tren lloraba ahora, abrazándose las rodillas. —Me duele la cabeza, Kaelen... quiero el Loto... quiero que las mariposas vuelvan... por favor, haz que pare...

Kaelen sintió que se le partía el alma. Recordó a Tren en el colegio, riéndose porque se le había caído el helado. Recordó a Tren en el Bio-Domo, prometiendo ser valiente. Ahora, Tren era un peligro.

Kaelen miró la almohada de la camilla. Era fina, sintética. O lo haces tú, o lo harán ellos. Se acercó lentamente a Tren. Agarró la almohada. —Voy a hacer que pare, Tren —susurró Kaelen, con lágrimas quemándole los ojos—. Todo va a estar bien.

—¿De verdad? —sollozó Tren, mirándolo con confianza infantil. —Sí. Cierra los ojos.

Kaelen levantó la almohada. Sus manos temblaban. Iba a hacerlo. Iba a matar a su amigo para salvar la misión. Para salvar a Nia. Para salvar al mundo. Apretó los dientes y se abalanzó.

¡BZZZZZZT! La puerta de la celda se abrió de golpe.

Kaelen escondió la almohada detrás de su espalda y se puso de pie de un salto, interponiéndose entre Tren y la puerta. Dos Pastores entraron. Llevaban máscaras de gas y porras eléctricas encendidas.

—¡Unidad 746! —ladró uno de los guardias, señalando a Tren—. Disturbio sonoro detectado. Nivel de estrés no permitido.

Tren, al ver a los guardias, entró en pánico total. Se levantó y corrió hacia ellos, agarrando al Pastor por la pechera de la armadura. —¡Fue él! —gritó Tren, señalando a Kaelen—. ¡Él tiene un metal en la bota! ¡Él cortó la manguera! ¡Yo lo vi! ¡Yo lo vi salir!

Kaelen dejó de respirar. Se acabó. Tren lo había delatado. Esperó el golpe. Esperó el disparo.

El Pastor miró a Tren, que seguía gritando incoherencias sobre mangueras y mariposas. Luego miró a Kaelen, que estaba rígido contra la pared. El Pastor soltó una risa distorsionada por la máscara. —Síndrome de Abstinencia Aguda —dijo el guardia con aburrimiento—. El sujeto alucina. Típico de los lotes defectuosos.

—¡No alucino! —chilló Tren—. ¡Revisadle la bota!

El Pastor empujó a Tren con fuerza. El chico cayó al suelo. —Cállate, basura. Nadie escucha a una batería rota.

Kaelen parpadeó, incrédulo. No le creían. Para los Pastores, Tren no era un testigo. Era una tostadora estropeada que hacía ruidos molestos. La deshumanización del sistema acababa de salvar la vida de Kaelen.

—¿Qué hacemos con él? —preguntó el segundo guardia—. ¿Enfermería?

—No. El Administrador Varys ha ordenado purga. No quiere gastar más Loto en unidades inestables. —El Pastor agarró a Tren por el pelo y lo levantó como si no pesara nada—. Llevadlo al Sótano 9. Reciclaje directo.

—¡No! —gritó Kaelen, dando un paso adelante instintivo—. ¡Esperen! ¡Puede trabajar! ¡Solo necesita descansar!

El Pastor apuntó su porra eléctrica a la cara de Kaelen. El arco voltaico chisporroteó a centímetros de su nariz. —Si das un paso más, 745, te vas con él. Tú decides. ¿Quieres ser útil o quieres ser abono?




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